Adriana Riva: “Ruth no cae en los clichés”

Hay personajes que se escapan de sus libros. Ruth, novela de Adriana Riva (Buenos Aires, 1980), narra la vida cotidiana de una mujer judía de 82 años que está basada en la madre de la autora. Dos años y ocho ediciones después de su lanzamiento, Ruth ya no es solo literatura: desde este año vive también en el teatro, encarnada por Ana María Bovo bajo la dirección de Mariana Chaud en Dumont 4040. Hablamos con su autora sobre cómo se construye un personaje que rompe todos los clichés, qué le debe la literatura a las mujeres mayores, y por qué todavía hoy la autora tiene que esforzarse para que le den el carnet de judía.

La adaptación teatral de Ruth representa un paso más para que la protagonista se convierta en uno de los grandes personajes judíos argentinos. ¿Tenías otros personajes como referentes para Ruth?

No. No buscaba una única etiqueta que calzase con el personaje que yo estaba creando. No buscaba una persona mayor-judía-argentina-y-viuda; simplemente, ese fue el personaje que creé. 

Lo que sí encontré fueron distintos personajes que me encantaban, que habían trascendido y que tenían algunas de esas características, aunque no todas. Por ejemplo, personas mayores, como Olive Kittredge, un personaje creado por la escritora norteamericana Elizabeth Strout. Por esa novela ganó el premio Pulitzer. Después sacó, hace relativamente poco, lo que sería el spin-off: Luz de Febrero, donde Olive ya es vieja, más o menos de la misma edad de Ruth. Ahí había una voz y un personaje que logró cobrar vida propia. 

¿Lo buscaste a conciencia?

Se dio solo. De hecho, durante mucho tiempo la novela no tuvo nombre. Ni siquiera sabía que iba a ser una novela de personaje. Yo trabajo un poco sobre la marcha, no es que ya sé de antemano a dónde me dirijo. Siempre digo: es como cuando una maneja de noche e ilumina hasta ahí y va avanzando. No ves toda la carretera.

Y aunque había algunos personajes que me encontraba en películas o en la literatura, creo que el personaje más grande que tenía era a mi mamá: ella es mi musa inspiradora. Justamente lo que me gusta de ella es que es tan particular, tan —para mí— inclasificable. Creo que a mucha gente le debe pasar eso con sus madres. No podría decir que se parece a alguien; justamente no se parecía a nadie. Y por eso, entre otras cosas, la necesidad de narrarla y las ganas de convertirla en un personaje.

Mi mamá es mi musa inspiradora porque no se parece a nadie. Por eso la necesidad de narrarla”.

En general los personajes femeninos judíos tienen como encanto la familiaridad: que todos reconozcamos a nuestra ídishe mame o a nuestra bobe. Ruth rompe esos estereotipos. ¿Hay características de su carácter que asocies a su identidad judía?

Es que yo siempre estoy en el camino inverso. Mi mamá es tan poco judía y yo soy tan poco judía… ¡Mi apellido es Riva! En la Feria del Libro Judío de Buenos Aires, una escritora me preguntó por qué estaba ahí. Siempre tengo que esforzarme por parecer judía. Así como hay gente que no quiere que se la identifique como tal, yo tengo que decir: «Sí, yo también soy judía», pero nadie me da crédito.

¿Por qué?

Es que yo no tengo nada del mundo típico judío. No tengo una ídishe mame, no tengo una bobe, ni siquiera sé pronunciar bien la palabra “Israel”. Porque si bien mi mamá es cien por ciento judía y no renegó de eso, nunca lo manifestó hasta ser muy grande. Entonces todo es para mí un descubrimiento. Por eso no caigo en los clichés: porque no los conozco. Creo que lo particular es que mi construcción de Ruth va en el camino opuesto al que hace todo el mundo. Todo lo que la gente quiere deconstruir, yo lo intento construir, y no lo hago desde lugares típicos porque no los tengo.

“Siempre tengo que esforzarme por parecer judía, pero nadie me da crédito. Porque no tengo nada del mundo típico judío. Por eso Ruth no cae en los clichés: porque no los conozco”.

Adriana Riva (der.) junto a las actrices Ana María Bovo y Elvira Onetto y la directora Mariana Chaud

Lo judío también tiene mucho que ver con cómo somos vistos en contraste con cómo nos vemos a nosotros mismos. ¿Hay en Ruth una mirada de afuera hacia adentro sobre su identidad judía, o no le importa cómo la ven?

Dejando en claro que esta es la particularidad de este personaje basado en mi madre —puede no tener nada que ver con otras personas—: sí, sí le importa. Siempre. Es inevitable que la miren y a ella lo que la desvela es, justamente, esa incapacidad de correrse. Ella es judía y lo va a ser siempre, aunque no lo muestre. 

Pero siempre está la mirada del otro que define qué es judío y qué no. Por ejemplo, desde la caricaturización, que es la forma más obvia. Hannah Arendt describía a una familia judía en Alemania que se cree completamente alemana. Es impresionante cómo puertas adentro se veían y se entendían de una manera, pero para los alemanes eran inevitablemente judíos. Eso pasó con judíos que pelearon en la Primera Guerra y que en la Segunda ya no eran vistos como alemanes sino solo como judíos. 

Como si —con toda la persecución que siempre hubo— no pudiera existir el judío sin todo lo que se piensa y se dice de él. Tan importante como la identidad propia es que esta siempre estuvo en conflicto con la otredad, que es el mundo entero. Además, siendo tan, tan pocos. Es increíble el peso que tiene en Occidente un pueblo mínimo. 

Es como si no pudiera existir el judío sin todo lo que se piensa y se dice de él, lo que es increíble siendo tan, tan pocos”.

¿Fue tu mamá al teatro a ver la obra? No es lo mismo leerse que verse en escena.

Fuimos al estreno con mi mamá, hermanos y familiares, y todos nos reíamos. En Ruth, todo es ficción y todo es real, se mezcla constantemente. Y mi mamá, cuando quiere, es cien por ciento Ruth, y cuando quiere, no tiene nada que ver y es un personaje ajeno. 

Pero la verdad, la obra hizo una construcción muy linda del personaje. Si leíste el libro, vas a ver que es una excelente adaptación, y muy fiel. Pero es otra cosa, no es el libro.

¿Cómo fue el proceso de adaptación? ¿Sentiste que tuviste que dejar ir al libro, como se deja ir a un hijo?

Lo dejé ir con mucho gusto, porque sé poco de teatro y de dramaturgia. No es algo que se me dé muy bien, incluso soy de ir poco al teatro. El cine me encanta; el teatro me es bastante ajeno, siempre me costó. Por eso, cuando me propusieron si quería trabajar en la adaptación, dije que no, porque no sé nada de cómo funciona. Hay cosas que no puedo tener en cuenta porque no me vienen a la cabeza. Cómo pensar el espacio, cómo se van a mover, incluso cómo conseguir una persona mayor que pueda retener tanto texto.

Javier Beretschek y Andrés Gallina fueron los que terminaron haciendo la adaptación; me parece que eran mucho más idóneos para eso. Siento que era fácil de adaptar el libro, porque es casi un monólogo interior, pero había ciertas cuestiones que ajustar. Por ejemplo, la obra se llama Ruth, pero en escena son dos personas: Ruth [interpretada por Ana María Bovo] y Luisa [Elvira Onetto] . 

Eso permite exteriorizar mucho de ese monólogo interior. 

A Luisa se le adjudicaron un montón de líneas que en el libro las dicen el hijo, el nieto y otros. La actriz, Elvira Onetto, cubre todos esos personajes, va haciendo distintas voces. Está buenísimo. Son esas pequeñas cosas que a mí no se me hubiesen ocurrido y que se resolvieron muy bien. 

“Me metí muy poco en la adaptación porque sé poco de teatro, y sentía que todo el equipo era buenísimo. La obra es muy fiel, pero hay cosas que había que ajustar y que a mí no se me habrían ocurrido”.

Ana María Bovo y Elvira Onetto como Ruth y Luisa.

Dijiste muchas veces que faltaban mujeres mayores en el arte y que no se muestre a los viejos como descartables o de forma infantilizada, pero se ven más y más artistas que muestran otra perspectiva. ¿Hay un riesgo de ir para el otro lado y mostrarlas de forma igualmente irreal, como heroínas, olvidando que también es difícil ser mayor?

Sabemos un montón de todo lo malo de la vejez. Bueno, sepamos algunas de las cosas buenas. Sin caer en el ridículo de pensar que una persona de 80 años puede hacer paracaidismo, pero me parecía que estaba bueno en todo caso pecar para ese lado. Es como con el feminismo: está tan presente lo malo que mejor pecar para el otro lado. Ruth tiene un buen pasar económico, y el cuerpo no le da para la maratón pero sí para un montón de cosas y por muchos años más. 

De todos modos, en mi caso intenté no hacerlo, y por eso me parece que hay muchas cosas tristes en Ruth: arranca bastante deprimida, está viuda, perdió a su marido, se le mueren las amigas. Y está muy cerca de la muerte. Por más que le queden diez años, para atrás tiene ochenta; para adelante le quedan diez. Traté de mostrar eso, pero también las partes luminosas que a veces la gente se olvida. 

“La vejez tiene tan mala prensa que, sin caer en lo inverosímil, es mejor pecar para el otro lado y mostrar la parte luminosa”.

Dirigís la revista literaria “El gran cuaderno” junto a Natalia Rozenblum, autora de Baño de damas, que también narra a mujeres mayores. ¿Qué relación tienen ambos libros?

Me encanta Baño de Damas y lo leí incluso antes de que se publicase, pero son dos libros distintos. En todo caso, ella abrió el camino. Hay pocos libros sobre mujeres adultas; debería haber muchísimos más. Hace poco salieron Budín del Cielo, de María Luque, y Unos ojos recién inaugurados, Martín Felipe Castagnet, en el que habla con su abuela todos los días antes de dormir. 

Y va a haber más, de a poco, porque me parece que la señora mayor es un gran personaje, y hay un público que lo está esperando. También de ahí creo que viene lo bien que le fue a Ruth: yo nunca me imaginé que había tanto interés por este tipo de personaje, que siempre son secundarios. Siempre es sobre la vida de alguien joven y hay una abuela en el medio, pero nunca es la protagonista.

“Las señoras mayores siempre son personajes secundarios, pero son un gran personaje y hay un público que los está esperando”.

Además de tu madre, ¿habías tenido experiencia junto a personas mayores?

Poco. No tuve abuelas: mis abuelas maternas murieron antes de que yo naciera, mi abuela paterna se murió cuando ella era muy chica, y a mi abuelo paterno tampoco lo conocí. Mucha gente al principio me preguntaba si Ruth era mi abuela.

Por supuesto que una vez que empecé a escribir Ruth, solo podía ver viejos y viejas en el mundo. Pero no lo empecé a escribir porque quería escribir sobre la vejez, sino sobre mi madre. Si ella hubiese tenido cincuenta años, habría prestado atención a otro universo. No fui a los mayores: fui a mi madre, y mi madre resultó ser una persona mayor en el umbral de los ochenta. Entonces ahí le presté atención a ese universo.

Sí me puse a leer un montón de literatura afín, porque mi mayor miedo era caer en algo inverosímil. Mi trabajo de campo fue más intelectual que de contacto directo: sobre todo, la lectura de ensayos filosóficos, como La vejez de Simone de Beauvoir, que es un tocazo así [abre los dedos dibujando un libro enorme]. 

Empecé a ver cuáles son las temáticas: desde lo obvio —las caídas, el Alzheimer, esas cosas que una ya conoce de oído— a otras. Y en ese proceso, el personaje inspirado en mi madre se fue separando. Porque ya empiezo a agarrar un montón de cosas que no tienen que ver solo con esa persona.

¿Pensaste cómo será tu vejez?

A veces me siento vieja, y otras veces digo: «Te queda un montón». Pero me gusta estar más en el aquí y ahora. Soy muy ansiosa, entonces es muy fácil correr hacia adelante, pero trato de no adelantarme.

No pienso en mi propia vejez. Me gusta más la filosofía del aquí y ahora. No vale la pena adelantarme”.

Natalia Rozenblum, Tali Goldman, Nurit Kasztelan, Silvia Bacher, Hinde Pomeraniec, Valeria Sol Groisman, Adriana Riva y Silvia Arazi en la Feria del Libro Judío de Buenos Aires, en julio de 2025.

Antes de terminar, mencionaste antes la Feria del Libro Judío de Buenos Aires. ¿Cómo fue participar de la mesa de escritoras?

Me gustaron mucho las diferencias, que haya diversidad de opiniones y que se respeten. Al mismo tiempo, siempre estoy pidiendo que me hagan un lugar.

Como si hubiera alguien que abre o no la puerta.

Yo no estudié en una escuela judía, no hice mi bat mitzvá, ¡ni siquiera festejé Iom Kipur con mi familia! Porque algunos me dicen “en mi familia también somos cero religiosos”, pero eso sí está.

Mi mamá sí viene de una infancia diferente. Mi abuelo se llamaba Abraham, mi tío, Isaac, y ellos sí se juntaban para las fiestas. Vivían en un pueblo en La Pampa y eran judíos hasta la médula. Mi mamá no tenía que pedirle permiso a nadie. Ella es. Intentó durante años no serlo y no puede, es más fuerte que ella. 

En cambio yo no tengo nada de eso. En ese sentido, sí tengo que arañar un lugar. Es raro, porque nadie me da el carnet. Por eso me encantó ser parte de esa mesa. Es también reivindicar quién soy y quién es mi madre.

A veces me pregunto cómo le inculco esto a mis hijas. Me gustaría que sepan que es parte de ellas; después, que hagan con eso lo que quieran. Pero es difícil porque, a diferencia de mi mamá, yo no lo viví. Solo les puedo decir: «Ustedes son judías, no se olviden».

“Ruth intentó no ser judía durante años y no pudo, es más fuerte que ella”.


Ruth, protagonizada por Ana María Bovo y Elvira Onetto bajo la dirección de Mariana Chaud, se puede ver los jueves 9, 16 y 23 de abril, el domingo 19 de abril, y los viernes 1 y 8 de mayo en Dumont 4040. Entradas por Alternativa Teatral.

  • Agustin Jais

    Agustín Jais (Buenos Aires, 1985) es artista y diseñador. Fundó el Club Cultural Matienzo, donde fue curador de exposiciones y director artístico de festivales y programas de residencia. Trabaja como consultor para organizaciones dedicadas a la educación judía y la inclusión social. Fue speaker en congresos internacionales, traductor de inglés y hebreo y docente de arte y cultura digital. Vivió en Jerusalem entre 2020 y 2023. Es presidente de AJLA.

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