Esta nota de Alan Grabinsky se publicó originalmente en inglés en la edición de otoño boreal de 2026 de Jewish Renaissance, la revista británica de cultura y artes judías. La revista circula solo en papel, aunque este artículo puede leerse también en PDF en su sitio. Lo reproducimos aquí, traducido y con autorización de la revista. Agradecemos a Jewish Renaissance y a su editora, Rebecca Taylor, por su generosidad; a Alan Grabinsky, por el texto; a las artistas Sara Camhaji y Elián Stolarsky y la curadora Tamara Crespin, por compartir su testimonio; y a la fotógrafa Gabriela Gleizer, por retratarnos.
El 6 de octubre de 2023, el artista argentino Agustín Jais inauguró una exposición de su obra en su taller de Jerusalén1. A la mañana siguiente, se fue rápido y dejó todo en desorden: herramientas sin limpiar, dibujos a medio terminar. No ha vuelto desde entonces. Jais llevaba cuatro años en Jerusalén, donde trabajaba como curador y artista. Era miembro de ArtCube Artists’ Studios, una institución con sede en el centro de la ciudad, y por fin había encontrado el espacio para desarrollar una práctica más “personal”. Cuando empezaron a llegar las noticias de los ataques de Hamás del 7 de octubre, la decisión de irse del país fue rápida y, según admite, ingenua. “Pensamos ir a casa de mi hermano, en Barcelona, ver qué pasaba y volver”, me contó. “No volvimos”.
Llegó a Buenos Aires. Fue allí, en la ciudad en la que había crecido, donde Jais empezó a entender qué tenía que hacer.

Romper la burbuja
En Argentina se encontró con artistas en crisis. Personas que habían pasado su carrera moviéndose entre su identidad judía y su vida profesional de pronto se encontraron solas, con su obra politizada de la noche a la mañana por una guerra de la que no eran parte y con sus proyectos cancelados. Pero también halló algo que no esperaba: artistas que le decían que necesitaban crear algo.
“Después del 7 de octubre me seguía cruzando con gente que decía: ‘Necesito hacer algo con esto [el 7 de octubre]’”. Esa doble realidad —más urgencia por crear, menos suelo bajo los pies— se convirtió en la tensión fundacional de lo que estaba a punto de construir.
En 2024, Jais, junto con Maia Minovich (a quien conocía desde sus años en Netzer Argentina, el movimiento juvenil sionista reformista), fundó Arte Judío Latinoamericano, o AJLA, una red, un medio digital y un espacio de investigación dedicados a apoyar a los artistas y trabajadores culturales judíos de América Latina y a promover el arte y la cultura contemporáneos de la región. Es la única organización de su tipo. En árabe, ajla significa ‘dulce’; en hebreo coloquial, se usa para decir ‘excelente’ o ‘genial’.
La idea empezó a tomar forma en Israel, donde Jais descubrió un mundo de infraestructura artística judía —redes, residencias artísticas, instituciones— que simplemente no existía al sur del Río Bravo. “Alguien debería activar esto en América Latina”, recuerda haber pensado. Ya en Buenos Aires, concluyó que ese alguien tendría que ser él.
Otro integrante del núcleo del equipo, que forma parte de AJLA desde el comienzo, es el periodista y guionista Exequiel Siddig. Tiene 20 años de recorrido en los medios argentinos, los más recientes como guionista de A Big Shtetl, una serie de televisión sobre las huellas judías de Buenos Aires.
“En Argentina, AJLA es el único lugar cool donde se puede pensar la vida judía desde una perspectiva artística e intelectual”, dice Siddig, hoy editor en jefe de AJLA. “Intenta romper la burbuja del consumo interno de la comunidad. Es un judaísmo para el mundo”. Le tiene cariño a Nueva Sion, la revista de la izquierda judía, pero dice que los medios judíos que existen en Argentina están dirigidos, en su mayoría, hacia adentro. “Le hablan a la comunidad. A nosotros nos interesa encontrar algo judío en la obra, y desde ahí lo investigamos”, dice Siddig, quien supervisa todo el material que publica la organización.

Un desierto artístico
En 2025, AJLA publicó la primera investigación sistemática sobre el ecosistema de las artes judías de América Latina, que recogió respuestas de 402 artistas y trabajadores culturales, principalmente de Argentina, Brasil, México y Uruguay. Es el primer estudio de su tipo, y sus hallazgos incomodan por razones que van más allá del aumento del antisemitismo, ya bien documentado.
La mitad de quienes respondieron había colaborado profesionalmente con instituciones judías, que exhibieron su obra o sus presentaciones. Pero esas colaboraciones fueron, en su mayoría, voluntarias. No existen redes ni organismos profesionales dedicados a apoyarlos o financiarlos. AJLA no es la excepción: le ha costado conseguir financiamiento, y la mayor parte de su equipo es voluntario.
Además, desde el 7 de octubre el 52 % de quienes respondieron dijo haber experimentado antisemitismo de forma directa en espacios culturales, mientras que el 44 % afirmó que su interés por expresar su identidad judía había crecido en ese mismo período. Sin embargo, la mayoría no cuenta con un canal para llevarlo adelante.
“Es un desierto”, dice Jais. “Hay pequeñas islas de apoyo, pero no existe un esfuerzo articulado para crear cultura judía a lo largo de toda la región”. Cuando leyó las respuestas, dos expresiones se repetían una y otra vez: ‘gracias’ y ‘soledad’.
Cuando se presentaron los resultados de la investigación, ante un auditorio repleto en Buenos Aires, llamó la atención la reacción de muchas de las instituciones judías tradicionales presentes. “Les abrió los ojos sobre lo aislados que se sentían los creadores judíos”, dice Jais, quien espera que esta nueva conciencia derive en una colaboración más estrecha. “Nos gustaría trabajar con instituciones de toda América Latina para generar oportunidades para que los artistas creen obra nueva, la exhiban y lleguen a nuevos públicos”, afirma.
La arquitecta e investigadora urbana Tamara Crespin, de 27 años, vive en la ciudad brasileña de São Paulo. Creció en un mundo íntegramente judío: fue a la escuela judía, a Bnei Akiva y al club Hebraica, hasta que la carrera de Arquitectura le abrió la puerta a otra relación entre identidad y ciudad.
Durante la pandemia, sola en su casa, empezó a vincular su identidad judía con sus estudios: hacía collages sobre la diáspora e investigaba la ubicación del eruv (un área dentro de la cual los judíos observantes pueden cargar o empujar objetos en Shabat) en el contexto de la planificación urbana.
Ese trabajo evolucionó hasta convertirse en algo mucho más grande: el Bloco Klezmer Bom Retiro, una comparsa que desfila por Bom Retiro, el primer barrio de inmigrantes judíos de São Paulo, hoy hogar también de comunidades coreanas, venezolanas y paraguayas.
El primer desfile, en febrero de 2024, reunió a unas 100 personas. El segundo, en 2025, convocó a casi 300 e incluyó a actores que interpretaban arquetipos ídish, como la idishe mame y la casamentera, y que serpenteaban a través de un espectáculo callejero de klezmer.
“Nuestra identidad judía está donde estamos, aquí y ahora”, dice Crespin, y agrega que el Bloco se inspiró en la palabra ídish doykayt, que parte de la idea bundista de que la identidad judía está arraigada allí donde los judíos efectivamente viven: no en Israel ni en el shtetl, sino en esta ciudad, en esta calle.
Ahora, junto con AJLA, coordina MESA, un espacio virtual de encuentro periódico que reúne a creadores de toda América Latina para aprender unos de otros sobre distintas prácticas artísticas y conversar sobre proyectos futuros o desafíos. Las sesiones se realizan en portuñol, una mezcla improvisada de portugués y español.
Los encuentros han dado lugar a algunas conexiones sorprendentes: una música punk del puerto bonaerense de Bahía Blanca se conectó con un compositor hispanohablante en Israel, y terminaron escribiendo canciones juntos. Una artista de Manaos, en la región amazónica de Brasil, compartió la historia de los primeros judíos de la Amazonía. Un venezolano que vive en Guayaquil, Ecuador, contó su experiencia de vivir en un rincón remoto de la diáspora.
“Una música punk de Bahía Blanca se conectó con un compositor hispanohablante en Israel”.

“No es eurocéntrico”
Para la artista uruguaya Elián Stolarsky, AJLA se ha convertido en una importante red de apoyo. Creció en Montevideo, hizo una maestría en la Real Academia de Bellas Artes de Gante, en Bélgica, y actualmente termina un doctorado en Madrid. Dice que su obra siempre ha sido una forma de “digestión simbólica”, una elaboración de tercera generación de traumas que no vivió. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, sus abuelos polacos eran muy jóvenes; para cuando ella nació, toda referencia al Holocausto había sido reemplazada por silencios, gestos y terrores heredados que no podía nombrar. En su trabajo, que combina textiles con collages y pintura, desteje esa herencia a partir de símbolos de la Cábala (una tradición del misticismo judío).
Desde el 7 de octubre celebra el Shabat con más frecuencia y se siente motivada para construir una comunidad judía a su alrededor en Madrid, porque es consciente de que, a veces, la gente caía en un lenguaje antisemita sin darse cuenta del impacto de lo que decía.
“En mi vida profesional siempre he tenido miedo”, dice. “Incluso cuando el arte que creo surge de una sensibilidad judía, evito mencionar esa parte cuando hablo de mi trabajo, por miedo a cómo me van a recibir, y también por el financiamiento. No puedo probarlo, pero si menciono explícitamente que mi trabajo es judío, es probable que mis posibilidades de conseguir becas sean todavía menores”.
Para Stolarsky, AJLA es un lugar donde el arte judío latinoamericano puede surgir sin tener que pasar primero por un filtro europeo. “AJLA fue el primer lugar con el que me encontré que daba visibilidad al arte creado en el marco del judaísmo y de América Latina. No es eurocéntrico”.
“Encontrar a otros outsiders es muy nutritivo”.
Sara Camhaji es una poeta, escritora y performer mexicana que conoció a Jais y descubrió AJLA a través de Asylum Arts, una red global de más de 700 artistas judíos e israelíes. “Como artista con contenido judío, siempre existe la sensación de que tu obra tiene que ser moral o didáctica. Para mí, el arte no tiene ese objetivo. La posibilidad de ser una artista que trabaja con materiales judíos sin esa responsabilidad religiosa, social, pedagógica resulta refrescante.
“La identidad judía te pide lealtad a algo, una posición política”, lo que lleva a muchos artistas a no reivindicarla siquiera, incluso cuando atraviesa todo lo que hacen, dice Camhaji. Una de sus performances recientes fue una pieza de butoh, una forma de danza de vanguardia, para uno de los festivales judíos de la Ciudad de México. La obra, Adama BeEynaim (en hebreo, ‘Tierra en los ojos’), trata sobre la tradición de que el primogénito coloque tierra sobre los párpados de su padre o de su madre al morir. “Un poco oscuro, como te imaginarás”, dice entre risas. Para ella, AJLA es un lugar donde los artistas judíos pueden ser outsiders juntos. “Encontrar a otros outsiders es muy nutritivo”, afirma.
La visión de Jais para AJLA es ambiciosa: una bienal itinerante de arte judío latinoamericano que cruce fronteras. El desafío, dice, es entretejer las escenas locales —las personas que trabajan aisladas a lo largo de enormes distancias— hasta formar algo poderoso. “Hay una enorme cantidad de talento en América Latina y una libertad para crear y producir, incluso en el contexto del antisemitismo. Eso es muy especial, muy singular en este momento”.

Foto de portada: Los fundadores de AJLA (de izquierda a derecha) Exequiel Siddig, Maia Minovich y Agustín Jais en Buenos Aires, septiembre de 2026, por Gabriela Gleizer.
- Nota del traductor: La exposición se llevó a cabo en la galería Kol HaOt de Jerusalén y no en ArtCube Artists’ Studios, donde Jais era artista residente y desarrollaba iniciativas como curador y productor cultural. Más información en artiststudiosjlm.org. ↩︎
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Alan Grabinsky es un periodista mexicano radicado en Barcelona. Escribe para Tablet y JTA. También es director estratégico de SEFER, una plataforma dedicada a la literatura judía en el mundo hispanohablante.
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