Hay canciones que se escuchan una sola vez y quedan para siempre.
A los nueve años, en cuarto grado, Yasmin Garfunkel aprendió Oyfn Pripetshik en la escuela. No fue una canción más. «Me había fascinado. Pero fascinado», recuerda. Todavía conserva el cuaderno donde la anotó.
Durante casi veinte años no volvió sobre ella aunque la música ocupó cada vez más espacio en su vida. Estudió Artes en la UBA —hoy es licenciada por la Facultad de Filosofía y Letras— y se recibió como cantante en el Conservatorio Manuel de Falla, con formación orientada al repertorio lírico..
Cuando terminó sus estudios de canto en sus tempranos veinte y empezó a preguntarse quién era como artista, aquella melodía reapareció, junto con otras preguntas: qué músicas la representaban, qué lugar ocupaba su propia historia y qué relación quería construir con una tradición que conocía, pero que no había formado parte de su vida cotidiana. En su casa no se hablaban ídish ni ladino. En el entorno de su familia —de raíces ashkenazíes por un lado y damascenas por el otro— esas lenguas no circulaban. Quedaban apenas algunas huellas: un proverbio en ídish aprendido en una actividad escolar junto a su papá y su abuela, palabras sueltas en árabe, historias que le contaba su bisabuela Sofía.
A partir de esas huellas, Garfunkel construyó un recorrido singular. Hoy investiga repertorios ídish y sefardíes, integra tres proyectos musicales, da clases y trabaja con materiales de archivo. Es una de las caras visibles de una generación que recién empieza a mirar este repertorio. En estos días, además, se publica Parke Sessions Vol. 1, el segundo lanzamiento de Jevel, el sello que impulsa junto a Julián Brenlle y otros músicos.
En una mañana fría del otoño porteño, la cantante recibió a AJLA en el departamento que comparte con su pareja, Federico Garber, también músico, con quien además comparte el Trío Garfunkel, Garber y Brenlle. Entre libros, partituras y un bombo que en un momento terminó sonando, la conversación volvió una y otra vez al mismo punto: cómo una canción aprendida en la infancia terminó convirtiéndose, muchos años después, en una forma de encontrar una voz propia.
La canción que quedó
¿Cómo llega la música ídish a tu vida?
—En cuarto grado me enseñaron Oyfn Pripetshik y a mí me había fascinado. Pero fascinado. Era chica pero me conmovió profundamente y me quedó muy grabada. Cuando terminé la carrera y empecé a preguntarme quién era yo como cantante, como artista, por dónde quería ir, me apareció esa canción aprendida en la escuela, que permanecía intacta en mi memoria. Y dije: esa canción está en ídish. El ídish es un idioma judío que tiene mucho que ver con el alemán: empezó a formarse a partir del medio alto alemán, en la región del Rin, en lo que hoy es Alemania. Entonces, cuando terminé la carrera, me dije: voy a empezar a estudiar ídish. Porque además quiero conocer más música en ídish. Y me gustaría poder investigarla y cantarla.
Vos tenés ascendencia doble, ¿verdad?
—Sí. Por parte de papá, mi familia es asquenazí. Por parte de mamá, sefaradí, de Damasco. Pero en mi casa no se hablaban esos idiomas en absoluto. Sí el árabe, palabras sueltas. Mi abuela y mi mamá. Pero pienso mucho que si yo hubiese sido más consciente cuando tenía ocho, nueve o diez años, le hubiese preguntado tantas cosas a mi bisabuela. Le hubiese pedido que me hablara en ídish, porque se hablaba en su casa. «Kleine Kinder, kleine Zures, große Kinder, große Zures». Niños pequeños, problemas pequeños; niños grandes, problemas grandes. Y también: «Los niños pequeños no te dejan dormir, los niños grandes no te dejan vivir». Me quedó grabado. Pero no fue hasta hace unos seis años que volvió de alguna forma.
¿Qué hizo que te quedaras en la música ídish y ladina?
—Lo primero que pensé fue: esto me gusta mucho. Me di cuenta de que era muy importante difundir estas músicas y que suenen. El ídish es una lengua principalmente post vernacular. Ya no se habla como se hablaba hasta la Segunda Guerra Mundial en el mundo laico, aunque hay algunas comunidades donde todavía se habla exclusivamente en ídish. Pero una de las formas en las que más vuelve a sonar es la música. Hay mucha gente aprendiendo, tanto ídish como ladino. Yo me siento muy bien haciendo que estas lenguas suenen. Y que no solo la lengua sino su cultura esté presente. Hay mucha gente que no conoce que esto existe.

Tres proyectos
Hoy Yasmín Garfunkel participa de tres proyectos principales, que no son variaciones de lo mismo. Peretz Garcik trabaja klezmer tradicional, la música instrumental festiva de las comunidades ídish de Europa del Este; Trío Romanzas se dedica al repertorio sefardí en ladino, sin ningún vínculo con el klezmer; y el trío Garfunkel-Garber-Brenlle se especializa en música ídish de archivo, mayormente inédita, producida por inmigrantes judíos en la Argentina.
¿Qué preguntas artísticas aparecen en cada uno de esos proyectos?
—Peretz Garcik es un proyecto basado en la interpretación de una música popular con los instrumentos con los que se toca tradicionalmente esa música. Y a la vez desarrolla bastante más lo escénico, lo visual. Hay una búsqueda de hacerlo como klezmer tradicional, como klezmer de Europa. Aunque terminan apareciendo algunos elementos locales. Con Garfunkel, Garber y Brenlle y también con Romanzas tenemos un approach más camarístico. Hacemos mucha música de archivo y música específicamente inédita argentina. Nos especializamos en música ídish argentina. Rescatamos compositores que no son masivamente conocidos.
En el living de su departamento, Garfunkel se levanta a buscar partituras y vuelve con el bombo. Lo toca sin solemnidad, casi de pasada, y por un momento la conversación se convierte en otra cosa: no hace falta el escenario para notar que ahí hay una intérprete, Lo que la distingue no es solo el interés, sino la dedicación: lo hace a tiempo completo, y a la vez en ídish, klezmer y sefaradí, convirtiéndola en una flamante referente de esos géneros, única en su generación.

Documentos de un momento
¿Qué historias o formas de ver el mundo encontrás en estos repertorios que quizás no son los que te formaron?
—Las canciones son como una ventana a la historia: permiten imaginar o sentir lo que sentían estas personas en otros contextos. Pero al fin y al cabo las temáticas son las mismas que nos atraviesan hoy —de amor, de desamor—. Son documentos de un momento, pero expresan los mismos sentimientos de hoy, a través de un idioma distinto. Y el idioma es muy determinante: aunque hablen un poco de lo mismo, decirlo en un idioma que fue y es parte de una cultura las sitúa en otro lado. A mí me cambia mucho la percepción, no es lo mismo cantar en ladino que cantar en castellano.
¿Sentís que tu trabajo tiene algún rol en la transmisión de un patrimonio vivo o de una memoria cultural?
—Es distinto lo que ocurre con las distintas generaciones: la gente mayor escucha esta música evocando recuerdos y contexto familiar, muchos siguen en contacto con la cultura ídish como algo vivo, en parte a través de la música. Los hijos de esas personas fueron perdiendo el contacto con el ídish, y el vínculo toma una forma más compleja: no tienen la experiencia de crecer con el idioma, sino más bien palabras sueltas que escucharon. Con la música se produce ahí un redescubrimiento, un acercamiento desde un lugar personal. Y después están las generaciones más jóvenes, que tal vez, como yo, escucharon alguna canción en el colegio, o ni siquiera, y entonces descubren que esto existe y puede convocarlos, no siempre desde la evocación familiar sino desde lo cultural.
El sello, en palabras de Julián Brenlle
—Jevel nació porque queríamos sacar nuestros propios discos. No había otro plan. El germen apareció hace un par de años en São Paulo, en una charla con Gabriel Neistein. Me dijo algo que se me quedó grabado: que los músicos de klezmer e ídish acá andábamos cada uno por su lado, y que hacía falta juntarse, construir comunidad. Estamos muy vinculados a la escena de allá, que viene creciendo muchísimo. Ese comentario me dejó pensando, y con el tiempo imaginé que el sello podía servir para acercar personas y hacer circular los proyectos. Hace unos meses editamos el primer disco, Mateshpil, y ahora sale el segundo, Parke Sessions Vol. 1. En el medio se cruzan cosas más raras, como publicar una canción tradicional —Oyfn Pripetshik— en formato videojuego. En estos días vamos a arrancar una jam con músicos de distintas bandas, y estamos empezando a digitalizar grabaciones viejas: con Yas y Fede estudiamos mucho material de archivo, tratando de entender el lenguaje original para ver qué se puede decir hoy. Dentro de poco vamos a subir unos registros que nos compartió Ernesto Hönigsberg de su abuelo. En el fondo también está mi colección de discos de 78 rpm, de la que seguro van a salir más cosas. La verdad es que nada viene de un plan elaborado. Las cosas se van dando. Aparecen personas e ideas que nos gustan, y nosotros tratamos de seguirles la corriente.
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Es gestora cultural con más de 15 años de experiencia en el sector independiente y público. Fue co-fundadora y Directora de Contenidos del Club Cultural Matienzo, y participó en la creación y producción de numerosos proyectos artísticos emergentes. Se desempeñó como asesora en el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Actualmente está al frente de MAM, una consultora en gestión y comunicación para industrias creativas, dirige el área de Comunicación del Centro Cultural 25 de Mayo, y es Directora Ejecutiva de AJLA.
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