“Me interesa el error, porque la certeza es muy aburrida”

Vivi Tellas

Vivi Tellas llega diez minutos antes de la hora acordada. Viste de total negro en dos piezas (una pollera y una remera), con un detalle pequeñisimo de color plateado en la parte superior: un equilibrio perfecto entre despreocupación y finura. Parece una niña que observa todo por primera vez. Mira los detalles de la casa y nos mira también a nosotros, que intentamos esconder el nerviosismo; ella lo advierte y sospecho que lo disfruta, hasta quizás también ella lo esté, porque confiesa que estuvo haciendo tiempo en un café antes de tocar el timbre. Bebemos un poco de agua, nos quejamos del calor y nos ubicamos en el sofá del living donde vamos a charlar frente a una cámara y tres personas que nos miran. Vivi no tiene reparos para decir lo que piensa: «Odio los sets que parecen televisión por cable». Entonces quito un helecho que hay en cuadro, que da muy televisión por cable. Yo giro hacia ella, ella no; está sentada con su cuerpo mirando al frente. Por momentos me mira a mí, por momentos mira a la cámara. Detrás de sus anteojos una mirada risueña pregunta: “¿Empezamos?”

Quiero romper el hielo con algo que me dijo mi psicóloga y que me viene dando vueltas. “Si todo es urgente, nada es milagroso”. ¿Qué sensaciones te despierta esa frase? 

Bueno, en la vida hay cosas urgentes como la política o la visibilidad de los débiles, los diferentes o la gente que sufre. Eso es urgente. Pero yo en lo individual trato de no tener nunca una urgencia. Realmente me gusta desplegar el tiempo. Hago homeopatía, y en la homeopatía dicen “no hay urgencias”, todo se puede tratar, ¿no? Pero no sé a qué se refiere tu psicóloga. 

Creo que me lo dijo en el sentido de bajar la urgencia para poder observar el milagro. 

Pero a la vez es muy extremista porque también es urgente el milagro. Igual Los Milagros hay que ver qué son, ¿no? 

Que vos puedas observar en personas historias que contar en teatro, eso es milagroso. 

Claro, yo di en llamar a mi trabajo Biodrama para separarlo un poco, porque al principio, cuando lo inventé en 2001, fue muy resistido. Yo me sentí muy atacada y, por respeto a los actores y al teatro más tradicional, dije “por ahí no es teatro”. Entonces lo llamé “Teatro Documental”. 

Me quedé pensando, ¿cómo lo asociaste con el milagro?

Pensaba en la escena de Belleza Americana, ¿la viste? Cuando él está filmando una bolsa volando en el viento, y dice, “a veces hay tanta belleza en el mundo que no puedo soportarla”. Por eso: tomarse el tiempo para ser capaz de observar.

Mi vida es así, estoy todo el tiempo en ese estado de observación, de esperar que sea siempre algo más buscando momentos únicos, singulares. 

¿Tuviste períodos donde no hallaste eso? 

No, nunca, porque si estás aburrida, sos vos la que te aburrís, porque las cosas no aburren. Siempre trato de provocar, de producir algo, de organizar momentos, aunque sea algo simple como agarrar una flor en la calle y llevarla a mi casa. Siempre trato de que pase algo. 

Me interesa tu proceso creativo. ¿Cuáles son tus rituales? 

El principal es la curiosidad por las personas. Te veo a vos y digo, ¿cómo llegaste a esto? ¿Qué decisiones tomaste? Me da mucha curiosidad cómo las personas llegan a ser quienes son. Entonces también incorporo el teatro en mi mirada. Y si mirás como teatro los momentos de la realidad, bueno, ¡tenés un festival permanente!

Una de las cosas que fui descubriendo en mi trabajo es que el pasado es ficción. Porque ¿quién puede saber la verdad de lo que pasó? Son todas versiones. 

¿Cuándo descubriste esto? 

Yo soy una persona formada en el teatro y en las artes visuales: primero me recibí en la Escuela de Bellas Artes y después en Dirección Teatral. Entonces, todo este trabajo, más tarde llamado documental, empieza buscando elementos del teatro. Entonces un día, veía a mi mamá con mi tía mientras conversaban y las empecé a ver como personajes. Dos turcas judías, justamente, que no eran actrices, y armé con ellas mi primera obra. Estoy hablando del año 2001, hoy ya todo el mundo hace biodrama, pero en ese momento no existía.

¿Y cuál es tu relación con el judaísmo o cómo influyó en tu identidad y tu trabajo?

Hice dos obras muy importantes en relación al judaísmo. Una fue Rabbi Rabino en un festival súper de vanguardia en Nueva York; que era casi una obra de sitio específico, porque Nueva York es como una ciudad judía en sí, ¿no? En cualquier bar hay sopa de matza ball, es impresionante. En cualquier bar, no tiene que ser ni kosher. 

¿Te gusta la sopa de matza ball

Sí, ay, me encanta. Es como una bola, parece post nuclear. 

Y la otra obra fue en San Pablo: O Rabino e seu filho. Me parecía muy interesante esa idea del judaísmo de que los rabinos tienen una familia, tienen sexo, pueden tener hijos, como algo especial, singular.

O rabino e seu filho, 2012

¿Qué te atrajo de los rabinos como para contar su historia?

Es que yo no tuve una una educación religiosa, entonces siempre me dio mucha curiosidad eso que desconocía: el templo, la sinagoga, los rituales… Entonces, cuando hice el trabajo con los rabinos, lo interesante era que yo los veía como performers. Y encima en Estados Unidos que son todos como comediantes, ¿viste? Los judíos son especialistas en comedia. Encontré teatralidad en esos rabinos que están en un escenario, que tienen un público, que son otros elementos del teatro, ¿no? Pero descubrí que ellos controlan todo lo que pasa. Yo pensaba que eran sólo intérpretes, pero también eran directores, porque dirigen el ritual. Entonces éramos tres directores, y re discutíamos. ¡No me hacían caso! Encima, la posición del varón en la religión judía es muy pesada. 

¿Te llevaste alguna conclusión al vincularte con los rabinos?

Si. Cuando estábamos ensayando, ellos paraban todo y decían “Vivi, es la hora, tenemos que rezar”. Y estábamos ahí con mi asistente, esperando, cuando me di cuenta: quiero que haya una escena donde recen. Y les pregunté, “¿pueden hacer un rezo en la obra?”. Sí, sí, dijeron. “Prepárenme un rezo donde haya coreografía”. Coreo, que vayan para adelante y para atrás, que levanten el talit, ¡que hagan cosas! Un poquito más de expresión. Y me prepararon una que era buenísima, tenía mucho movimiento. Y entonces surgió la pregunta: ¿Dios está escuchando este rezo o entiende que es teatro?

¿Y qué te respondieron?

“Escucha este rezo, todo rezo”. Me divertí mucho con ellos.

¿Cómo llegaste a esos rabinos?

Entrevisté… Hice un casting de rabinos en Nueva York.

¿Hoy en día la judeidad es parte de tu identidad? ¿En qué cosas te atraviesa? 

Ay, no sé, es muy difícil. Me gustaría casarme con un hombre judío, por ejemplo. No sé de dónde saqué eso. ¿De dónde salió eso?  O sea, mirá que mi pareja de 20 años, que es el papá de mi hija, Alan Pauls… Veinte años de pareja, una pareja hermosa, una familia hermosa. Pero mi fantasía de casarme en el templo con un hombre judío, te digo, la tengo. Nunca me casé. 

¡Tenemos una primicia!

Hay una complicidad con los paisanos, con el judaísmo. Siento una complicidad, no sé. 

Vos viajaste mucho, ¿te pasa eso de conocer a alguien judío y sentir ‘‘pertenencia’’?

Re. Siempre me sentí judía pero viste cómo es, no le di mucha importancia, siempre fue la tradición, y ya. Pero cuando fui a la AMIA por primera vez sentí algo muy extraño —sobre todo después del atentado—… me sentí protegida. Es extraño, no sabría explicarlo bien, sentí… como que éramos todos judíos. ¡Un lugar donde éramos todos judíos! No sé.

¿Y ahora con estas cosas que se leen en las redes sociales, post 7 de octubre, te sentís menos protegida? 

Sí, hay más amenaza. Las diferencias están violentas: ser judío, gay, trans, ser distinto en general. Es insoportable. Y con respecto al judaísmo, es muy complicado lo que pasa con respecto a Israel y Gaza… Creo que no entendemos bien qué pasa. O sea, vemos el horror, la violencia, la guerra. Pero es muy difícil de entender cuál es la raíz de eso y qué futuro va a tener. 

Y si tuvieras que pensar una obra sobre la identidad judía en Argentina, ¿cómo la abordarías?

Por ahí con niños. Podría ser lindo, ¿no? O podría ser un musical de adolescentes. Es muy musical el judaísmo. 

Rabbi Rabino, 2011

Me interesa ese momento en que encontrás los personajes, ¿por qué creés que dicen que sí? 

Casi siempre, esas personas vienen de mi experiencia; obviamente, mi mamá y mi tía. O en Tres filósofos con bigotes, yo estaba en un curso de filosofía y ellos estaban ahí. Estas obras venían de las cosas que yo hacía. Tomé un curso para aprender a manejar en el Automóvil Club, y si bien no aprendí a manejar en ese momento, hice una obra con los instructores de la escuela. Entonces me iba encontrando con esa teatralidad. 

¿Cuál creés que es la chispa que hace que digan “quiero participar en esta obra”? 

Es notable. ¿Por qué un profesor de filosofía de la Universidad de Buenos Aires, de 30 años de cátedra, me dice que sí a hacer una obra de teatro? Pienso varias cosas. Hay algo que a las personas les gusta mucho y que es muy difícil, que es ser elegido. Me eligieron, ¿no? Como el pueblo elegido (risas). Volvemos al judaísmo. 

Después, gente que tuvo alguna fantasía de hacer algo así y nunca se animó o nunca se le dio. O gente que está mal o aburrida y de golpe se les abre la posibilidad de algo nuevo. Hay varios casos así. Y a la vez es desafiante, porque ¿qué saben ellos de hacer teatro? 

También hiciste una obra con senegaleses. 

Claro, ese fue mi último biodrama. Fui encontrando en la calle esta presencia africana que era rarísima en Buenos Aires, una ciudad súper blanca. De pronto aparecían estos africanos muy elegantes, hablando francés, dos metros de alto. Me llamaba mucho la atención, y me parecía muy teatral también, porque era muy contrastante con la ciudad. Ahí empecé a desarrollar el proyecto con los senegaleses, que fue muy complicado. Muy. Cuatro años de investigación.

¿Alguna vez tuviste que abandonar un proyecto porque no lograste convencer a los intérpretes? 

No hay que convencer a nadie. Porque si la persona dice que no y vos la tratás de convencer, al final siempre hacen lo que quieren. Nunca me pasó que me abandonaran a mitad de camino, por suerte, porque fui muy perceptiva de eso y me gusta hacer las cosas hasta el final, no las suelto. Pero sí me pasó de personas que me dijeran que no. Por ejemplo, los instructores de manejo. A uno, la mujer no lo dejaba hacer teatro porque siempre era de noche. Después, uno de los filósofos también dejó la obra porque la mujer… ¡Todas mujeres celosas!

Ahí hay otra historia, ¿no? Podés llamar a las mujeres celosas y hacer otro biodrama. 

De mujeres celosas (risas). Sí. Y el filósofo decía que ella le decía “¿Desde cuándo sos actor?” 

¿Qué tiene el biodrama que la ficción no alcanza? 

En el biodrama tengo una posición política-artística, que es el descontrol. Trabajar con personas que no están entrenadas: son cuerpos en el espacio, inocentes, en donde todo se vuelve muy inestable, muy azaroso, todo puede caerse. Te produce un efecto muy inesperado todo el tiempo, no sabés lo que va a pasar. 

En cambio, en la ficción y en el entrenamiento del cuerpo, en la danza o en la actuación, se transmite desde la escena la seguridad de que va a salir. Por supuesto, puede salir mal, se puede caer un tacho o que una actriz se olvide la letra. Pero acá es muy extremo eso. Yo practico mucho en mi trabajo el no control, dejar que algunas cosas sucedan, el error. Me interesa mucho el error, porque la certeza es muy aburrida.

¿Qué otras cosas te aburren?

El virtuosismo no lo soporto, tampoco. No aguanto lo virtuoso.

En todo esto de lo inesperado, ¿hubo alguna situación límite que te hizo frenar?

Como trabajo con personas sobre sus vidas, son como mis coautores. Entonces tenemos que estar de acuerdo: yo reescribo las historias y ellos tienen que aceptar o no. Yo creo que un límite en este trabajo es el pudor. Ese es el límite. Y es muy personal el pudor: a vos te puede dar pudor que te miren los dedos de los pies.

¿A vos qué te da pudor? 

El amor me da bastante pudor. 

¿Más que el desamor?

¡Más! El amor, estar en ese estado de enamoramiento, me da bastante pudor. 

Y sí, uno se pone muy pelotudo.

¡Sí! 

¿Y qué les da pudor a los intérpretes? ¿Hay un patrón que se repite? 

La intimidad… puede ser algún evento problemático de la vida o algo vinculado a una traición. En general, la familia da pudor.

Pero es donde está lo más interesante, ¿cómo hacés?

Bueno, hay partes de eso a las que podemos llegar, pero si la persona dice “me da pudor”, es un borde, trato de no ir ahí. 

¿Cómo cargás con la emocionalidad de los demás? ¿Te afecta? 

Sí, todo me afecta. No sé, me da profundidad, la verdad. Me da comprensión, piedad, también. Soy muy piadosa. Como que digo, ¡cómo sufrimos todos! ¡Qué vida inexplicable que tenemos! Estamos ahí, lanzados a la vida sin un mapa. Y me pone muy comprensiva también. Qué complejo es hacer tu vida y estar feliz. Hay mucha desgracia. Es impresionante la cantidad de historias de dolor. 

¿Creés que hay algo de sanador en hacer biodrama? 

Yo creo que mi trabajo es poético. Entonces, si eso ayuda de alguna manera… yo creo que sí, que la belleza del arte es sanadora, pero no tiene un propósito sanador.

En este contexto donde el discurso del poder está cada vez más violento, legitimando el odio, ¿el arte, o el biodrama en particular, puede resignificar esas narrativas?

Sí; salir de la industria, de la certeza: todas esas son posiciones de política artística que van en contra del control social, de lo que debe ser, de la hegemonía, y que abre a las diferencias. Y justamente, todo este odio a lo diferente, en realidad es una manipulación del mercado para que hagas lo previsible, para que te puedan vender más productos, para que sigamos siendo una colonia y que esté la fuerza en otro lugar. 

Para mí el biodrama tiene una raíz en la presencia, digo, versus la desaparición en la Argentina. Estemos presentes y visibles. 

¿Harías un biodrama con alguno de estos temas? 

Es que yo me concentro en las personas. 

¿Qué alimenta tu arte? 

Siempre estoy viendo cosas, trato de ver todo lo que hay en la ciudad, mi vida es… Trato de vivir adentro del arte. Y veo de todo.

¿Hay algo que nos puedas recomendar? 

Bueno, la ciudad está inundada de propuestas de biodrama, eso me encanta. Por ejemplo, El Rayo de María Ucedo, que súper recomiendo. Me gustan muchas ahora. Punto de costura, de Cynthia Edul, también es interesante. En libros, estaba en Córdoba leyendo La llamada, de Leila Guerriero. Y viendo Twin Peaks otra vez, en homenaje a Lynch, que me parece increíble. 

¿Ves muchas cosas dos veces? 

Sí, hay obras que me gusta ver varias veces. Como los discos, ¿no? Por ejemplo, la obra de Diana Szeinblum, ¡Adentro!, que es muy linda. 

¿Te gusta leer no ficción? 

Sí, me encanta.

Pero viste que es muy criticada la escritura del yo. 

Y sí, como todo. Hay una confusión porque creen que hablás de vos mismo, pero no, nada que ver. Es un desafío convertir ese material biográfico en un mundo poético. Y a la vez, realmente hay una visibilidad impresionante de las historias. Más en un país como la Argentina, de gente desaparecida, que vos no podés ser quien sos. Y me parece muy colonizado también el arte, siempre estamos mirando autores europeos, o sea, nos interesa más eso que tu pequeña historia de cómo llegó tu abuela en barco a la Argentina. Y a veces es importante ver eso, ¿no? 

Y cómo judíos y judías, estar invisibilizados, estar escapando. Mi abuela mandaba a mi mamá y a mi tía a jugar a una iglesia para que no sepan que éramos judíos. Eso está en la obra, porque yo les pregunto, “pero ustedes tenían que actuar de católicas”. Sí, hasta que vino el momento en que tenían que tomar la comunión, que les daban el vestido y mi abuela dijo “no, hasta ahí”.

Mi mamá y mi tía, 2003

¿Y ahora estás trabajando en algo?

Me llamaron de la editorial Planeta para escribir un libro. Estoy pensando en un libro medio autobiográfico. Mi biografía y el método. De cómo fui creando y transitando por biodrama mientras voy viviendo. Estoy en eso. 

¿Y se te entrecruzan los cables? Tu vida se convierte también un poco en un biodrama. 

Sí. Sí, sí. Sí, bastante. Sí, sí. 

¿Y qué sos en ese biodrama? ¿Intérprete, directora? 

Es una buena pregunta. Un poco de todo. Yo como directora también soy bastante intérprete, porque actúo mucho cuando estoy dirigiendo y soy muy activa en el escenario, no estoy sentada. Trabajo mucho con las personas, tengo mucha energía. Y muchas veces en la vida me tengo que cuidar porque empiezo a generar situaciones. La gente no me soporta, o se divierten mucho, o algunos se asustan, porque dicen “voy a estar a fondo con todo”. Todos quieren quedar a veces más tibios. Soy una persona muy curiosa, con muchas preguntas. 

¡Me siento identificada! ¿Te divierte querer saberlo todo de las personas?

Muchísimo. Y quiero provocar cosas, quiero que la gente haga cosas en vivo, que me muestre, entonces fuera del teatro alguien cuenta algo y le digo “Ah, mostrame, ¿cómo era que hizo?”. Entonces la gente empieza a actuar y no se dan cuenta. Uy, me divierto mucho con eso. 

Básicamente dirijo, ¿no? Dirigir es mirar. ¿Vos dirigiste también?

He dirigido. 

Porque cuando dirigís, sos como la primera espectadora de lo que estás haciendo. Entonces tengo una mirada muy entrenada. Y las situaciones están afectadas si yo estoy mirando. Hay algo que pasa: la gente ya lo siente. 

Y ya soy… como un clásico. Un clásico de la vanguardia. Ya estoy en este lugar. 

Voy a hacer la última que debería haber sido la primera, haciendo honor al no control: ¿qué es el biodrama?

Biodrama es cómo construir algo escénico con la biografía. Es esa exploración, no hay una forma certera. La pregunta es: ¿hay momentos que vos reconoces como teatrales? Y digo teatro como “ partes que parecen estar más construidas”.

El subtítulo de Biodrama es “la dramaturgia del destino”. Entonces, el destino, que es una dialéctica: el destino parece lo que no tiene dramaturgia, lo que está pasando, pero si vos mirás de cerca y analizás, vas a ver que tiene una dramaturgia. Y que las cosas tienen una conexión. Ese es el trabajo del Biodrama, hacer una nueva versión de tu biografía. Cómo armar nuevas conexiones.

Vivi Tellas y Maia Tarcic

Foto de portada: Nora Lezano

  • Maia Tarcic es actriz, directora y guionista. Estudió cine, dramaturgia y narrativa, y participó del Programa de Cine de la UTDT. Editó los libros “Besar una puerta” (ed. Pánico el Pánico) y “Las cosas que parecen un error” (ed. Random Penguin House), escribió y dirigió la obra teatral "Bitácora" (presentada en el teatro Margarita Xirgu) y realizó íntegramente los cortos "Rita", "Todos los días", "Siempre que nos vimos fue en invierno", "Aeropuertos" y "La pulserita". Actualmente organiza y cura el ciclo de narrativa “Diarios del fuego”, dicta clases de escritura creativa, escribe su primera novela y compone letras de canciones para músicos junto a Tweety González.

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