«Fuenteovejuna lo hizo», dice el pueblo, torturado para confesar quién mató al tirano. Fuimos todos. En el clásico teatral de Lope de Vega, Fuenteovejuna —que remite a una aldea real del sur de España—, la población entera asume la autoría del asesinato del Comendador, un funcionario que abusaba sistemáticamente de las mujeres y del pueblo. El sacrificio colectivo obtiene su fruto: el perdón de los Reyes y la liberación del yugo señorial tras un acto de justicia por mano propia.
Para el escritor y dramaturgo Samuel Rotter Bechar, ese mecanismo de resistencia ciudadana resuena en la actualidad de su país: «Más allá de la intervención de Trump, la caída de Maduro es el producto de activistas que llevan décadas luchando». Ese paralelo abre una visión única sobre la situación política en Venezuela y es el corazón de Fuenteovejuna/Venezuela, la obra en la que un colectivo de actores, escritores y artistas venezolanos exiliados en Madrid explora sus traumas y fantasías más radicales.
Rotter pertenece a esa estirpe de artistas que convierten el destierro en materia prima. La obra del caraqueño, residente desde 2017 en Madrid, España, orbita alrededor de la memoria, el trauma y la resistencia colectiva, e irradia desde la escritura hacia el escenario y la pantalla: la novela Nada nos pertenece, obras teatrales como Un recuerdo después del Holocausto —basada en sus abuelos polacos, sobrevivientes de la Shoá— y films como autor, actor o productor.
Fuenteovejuna/Venezuela, estrenada en octubre de 2025, es su apuesta más reciente y radical. Aquí, el conflicto de la obra del siglo XV se traslada a la Venezuela contemporánea: al poder opresivo de un Comendador moderno, se le opone un pueblo asfixiado que decide romper el ciclo de violencia estatal.
Un mes después de la operación militar estadounidense del 3 de enero de 2026, que capturó a Maduro y su esposa en Caracas, la obra adquiere una resonancia inquietante. Lo que en escena era fantasía colectiva se topa con una intervención externa que derrocó al régimen pero abre preguntas sobre soberanía popular, intervención foránea y el riesgo de nuevos autoritarismos.
En conversación con AJLA, Rotter reflexiona desde la diáspora judío-venezolana sobre el arte como espacio de protesta, la dimensión espiritual de la lucha popular y los usos de la memoria colectiva.

¿Cómo surgió el interés por trabajar sobre Venezuela a través de Fuenteovejuna?
Es una adaptación totalmente libre de Fuenteovejuna. No hay casi nada del texto original de Lope de Vega, pero la premisa básica se mantiene: la historia de un pueblo oprimido por un tirano que, al punto de la desesperación, debe recurrir a la fuerza o a la violencia para salir de su yugo.
Lo que ha pasado en Venezuela ha sido una de las peores crisis de refugiados en la historia del hemisferio occidental. Ocho millones de personas —el 30 o 35% del país— han sido forzadas a migrar; eso me incluye a mí y a mi familia, y a la mayoría de gente con la que crecí. Entonces para nosotros era importante que el elenco sea venezolano. Era fundamental aprovechar esa oportunidad para que actores y actrices venezolanos hablaran con libertad de este tema que está en sus corazones.
El objetivo siempre fue terapéutico y de catarsis, tanto para los que pasan por el proceso mismo de la obra como para quienes asisten a verla. Se da un espacio para soltar esos impulsos que surgen frente a una injusticia tan despiadada como la que se ha visto en Venezuela: desapariciones forzadas, tortura, presos políticos, familias destruidas y miles de migrantes que han muerto de pobreza o miseria. Hay mucha rabia colectiva acumulada. El arte es un medio muy sano y poderoso para poder canalizar toda esa energía en lugar de realmente cometer actos violentos o hacerle daño a alguien.
¿Cómo se formó ese colectivo de actores venezolanos en Madrid y cómo fue el proceso de la obra?
Se presentaron más de 40 personas para los ocho roles que debíamos llenar. Al final quedamos con un equipo con el que ha sido una maravilla trabajar. Nunca hubo ningún tipo de fricción ni de desacuerdo; había un sentimiento de amor y compañerismo hermoso, lo cual ayuda mucho cuando la obra es tan dura. Tienes que saber que estás en buenas manos, porque hay escenas de violencia física, maltrato y violación. La idea es que todos estemos en un espacio seguro.

«La premisa básica de Fuenteovejuna se mantiene: la historia de un pueblo oprimido por un tirano que debe recurrir a la violencia para salir de su yugo.»
El texto de la obra incluye fragmentos de textos bíblicos. ¿Cómo fue trabajar con actores venezolanos que no son judíos a partir de esas fuentes?
Soy judío, pero siempre he tenido una relación muy cercana con gente de otras religiones, especialmente en Venezuela. Y realmente influyen más sobre la obra el catolicismo y el lado chamánico de Venezuela: la cultura yoruba, la santería y el folclore venezolano, que siempre me ha interesado muchísimo.
La razón por la cual hay tanto ese tipo de texto es porque, para nosotros, la lucha en Venezuela se ha vuelto un tema casi espiritual. Se trata de la corrupción del alma: cómo lograr que padecer tantas injusticias, destierro y maltrato no te destruya ni te vuelva un monstruo.
María Corina Machado, la líder opositora, estuvo recluida durante un año y medio, prácticamente presa en una casa que nadie sabía dónde. Cuando le preguntaron cómo hacía para sobrevivir a ese nivel de presión, ella dijo: «rezando».
¿Sos una persona religiosa?
En absoluto, pero la obra no se trata tanto de lo que opinamos Samuel Rotter, Carolina Perelman [la co-guionista] o Ricardo Campelo [el director], sino de la esencia del venezolano. ¿A qué nos aferramos en los momentos de lucha? ¿Qué rol tiene Dios en nuestras vidas, para soportar tanto daño? El venezolano toma mucha fuerza de ahí.
También pretendíamos que ser testigo de la obra fuera una suerte de experiencia espiritual. Es una obra que te lleva al límite de la violencia y el dolor. Hay una violación casi explícita en escena, gente azotada, bañada en sangre o ahogada con bolsas de plástico.
El público venezolano no está acostumbrado a ese tipo de teatro; a muchos los agarró desprevenidos y entraron en una especie de estado de shock. Pero cuando la gente dice «qué duro», yo respondo que si les indigna esta simulación simbólica del dolor, ni les cuento lo que pasa todos los días en Venezuela. Estamos acostumbrados a que todo sea placentero y dopamínico; a veces la violencia es necesaria para romper el trance y la distracción en la que estamos en esta época.

«¿A qué nos aferramos en los momentos de lucha?
¿Qué rol tiene Dios en nuestras vidas, para soportar tanto daño?»
El corazón de Fuenteovejuna es la responsabilidad colectiva. ¿Cómo se traduce esta idea en tu versión, mientras se discute sobre soberanía e intervención externa?
Creo que hay gente que se concentra más en el actor que en el acto en sí. Más allá de ser una intervención arbitraria, esto es también el producto de activistas que llevan décadas denunciando la causa venezolana ante la OEA, la ONU, gobiernos extranjeros. Y el movimiento de María Corina Machado, pacífico y civil, logró deslegitimar al gobierno exponiendo el fraude electoral y mostrando que es una dictadura aferrada al poder por el miedo y las armas.
Entonces, la soberanía de Venezuela no recae en Maduro sino en el pueblo. El derecho internacional no está para que permanezcan regímenes que cometen crímenes contra la humanidad, sino para respetar la soberanía popular de pueblos que logran autodeterminarse.
Entre el estreno el pasado octubre y ahora, la situación en Venezuela cambió.
Creo que la obra nunca perderá relevancia, porque intenta condensar simbólicamente lo que hemos sentido y soportado los venezolanos por tantos años. Ojalá este régimen termine de caer, pero estos casi 30 años de opresión ocurrieron, nuestros muertos murieron y los torturados tienen que vivir con eso el resto de sus vidas.
El peor error que podríamos cometer es el de olvidar. Como judíos sabemos muy bien lo importante que es mantener vivo lo que pasó. No es un tema de victimización, sino que hay un valor fundamental en la memoria, tanto para prevenir como por las víctimas que no merecen ser olvidadas.
El objetivo de la obra es dejar una huella de lo que es nuestro espíritu. Éramos un pueblo alegre, cariñoso y de brazos abiertos, ¡y hemos pasado a ser un pueblo gótico! Incluso la literatura venezolana actual, como la de Rodrigo Blanco Calderón, es gótica: trata de muerte, destierro y opresión.

«Los venezolanos éramos alegres y de brazos abiertos, y hemos pasado a ser un pueblo gótico.»
¿Cómo ves a la comunidad judía en este contexto de destierro y opresión? ¿Los que permanecen en el país viven un poco aislados en torno a la comunidad?
La gran mayoría de la comunidad con la que crecí se fue. Y lo de la vida en burbuja no es tan así. Puede ser cierto para los niños, cuya vida gira en torno al colegio y al club judíos, pero en la universidad era imposible permanecer en una burbuja. La mayoría de mis amigos judíos se juntaron con el resto de la sociedad y tienen amigos de todo tipo.
Además, los judíos siempre tuvieron un rol muy interesante en Venezuela. En el mundo de las artes, la primera película venezolana en Cannes fue de Margot Benacerraf; Isaac Chocrón fue uno de los dramaturgos más importantes; Sofía Imber fundó el Museo de Arte Contemporáneo. Siempre hubo interés social. Mi mamá es profesora universitaria y trabaja con derechos humanos.
En 2022 publicaste tu primera novela a través de una editorial venezolana, y también presentaste allí tu obra teatral anterior, Un recuerdo del Holocausto. ¿Cómo fue la experiencia y qué tan difícil fue presentar obras críticas?
Publicar la novela no fue difícil. Creo que es porque la literatura no está en su máximo apogeo. Además, ¡no creo que el régimen se preocupara de que una novela pudiera revolucionar a las masas! A pesar de que el libro es muy duro con él.
Y la obra fue una experiencia increíble. Fue muy importante poder presentarla en Venezuela, porque trata de mis abuelos, que tuvieron su familia y su negocio y vivieron la mayor parte de su vida ahí. Y el público venezolano es muy sensible y generoso. Creo que en parte por todo lo que han sufrido, sienten historias como las de mis abuelos a flor de piel. Muchos sabían de judíos que llegaron a Venezuela, pero no se imaginaban la magnitud del trauma que cargaban y lo fuertes que fueron muchos para salir adelante y aportar muchísimo a la sociedad.
Para mí, fue surreal volver a Venezuela tras casi cinco años sin ir, y lograr conformar un elenco totalmente venezolano y conocer a gente tan talentosa me conmovió muchísimo.

¿Te gustaría volver?
¿A vivir o a visitar?
No sé.
No lo sé. Me fui a los 18 años a Estados Unidos, luego a Madrid, y hoy me siento un poco en tierra de nadie. Como buen judío, mi familia ha tenido muchos movimientos migratorios. Veo la situación de Venezuela con cautela; si en un futuro mejora la seguridad, la libertad de expresión y hay un Estado de Derecho, consideraría volver. Me identifico al 100% como judío venezolano, es lo que soy y siempre seré, pero de momento estoy contento en España.
¿Cómo es ser judío en Madrid hoy?
Por suerte no he sentido discriminación directa. Me he sentido incómodo por momentos, creo que aquí la gente es muy expresiva y dice mucho, pero de ahí a una agresión física o a un acoso hay un abismo, al menos en Madrid. Por supuesto que hay gente muy antisemita, pero sobre todo es en redes sociales, porque se esconden detrás de la pantalla; luego ya los ves en persona y están ahí, tienen su opinión y listo. Y siempre y cuando yo me sienta cómodo diciendo la mía, pues todo bien.
Después del 7 de octubre, muchos amigos míos estaban sorprendidos por el antisemitismo, pero yo les decía: “¿No lo puedes creer? Mi abuela acaba de morir y ella sobrevivió al Holocausto”. ¿Y qué son 60 o 70 años en la historia de la humanidad? En términos históricos, fue ayer nomás cuando millones de personas fueron testigos de cómo aniquilaron a nuestro pueblo en cámaras de gas y muy pocos hicieron algo al respecto.
Ser judío siempre ha sido difícil. Pero ese sentimiento de no pertenecer, porque tienes un entorno cultural que no te termina de aceptar, te permite observar la sociedad desde otro punto de vista, más outsider. Y pienso que el rechazo puede hundirte o bien potenciar todo tu deseo artístico. Yo siempre he sentido eso: «¿Me querías matar? Pues ahora voy a vivir el doble». Ese desafío siempre nos ha caracterizado como judíos. Pero quizás es porque yo soy una persona muy punk y esa es mi forma de hacer arte también.
Fuenteovejuna/Venezuela se presentará en Madrid el 27 y 28 de febrero a las 20 h. Adquiere entradas aquí.

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