Conocí a Yanina Safirsztein en 2011, en Buenos Aires. Un rabino había decidido candidatearse para un cargo público y algunos jóvenes no estábamos tan de acuerdo, de modo que nos congregamos alrededor de Judíos por la Profundización Democráctica para decir que no en mi nombre. Ya por entonces, cuando aún trabajaba en AMIA y no se había recibido de psicóloga, Yanina mostraba una ductilidad en el uso del lenguaje. A las palabras, les sacaba chispas. Tenía con ellas una muy personal relación incandescente, que se producía no sólo por la asociación inesperada de dos ideas, sino por una aguda observación física. No era precisamente una flâneuse; quiero decir, no necesitaba perderse por la ciudad como un hada abstraída del tiempo. Funcionando a la misma velocidad que cualquier transeúnte, ella podía ver cosas que a los otros se les pasaba de largo.
Caminando por el barrio porteño del Once o yendo al Hospital de Agudos Paroissien, en Isidro Casanova (provincia de Buenos Aires), donde hacía su residencia en salud pública, la flamante licenciada se daba maña como sin esfuerzo para atrapar aquellos peces dorados de los que hablaba David Lynch. Esa mirada sobre el gesto de una señora mayor; o la frase ínfima en el voladizo trasero de un colectivo; o la iridiscencia que despertaba a la conciencia la estampa en un buzo raído. Todo gesto urbano le servía para poblar su reino de una mirada semántica.
Yanina tiene cientos de esos textos y quienes admiramos su prosa le venimos insistiendo que publique. A pesar de esa tozuda resistencia, AJLA consiguió casi de contrabando —un contrabando autorizado, digamos— algunos textos que hacen honor y memoria a su abuelo. Un viaje. Una carta. Y el bordado leve que une a dos tiempos históricos y sus respectivos mundos.
—Exequiel Siddig, editor de AJLA
La vereda de enfrente
Se acercaba la cena de Pesaj y pensé que esa era la oportunidad para hablar con mi abuelo sobre el viaje. Venía evitando esa conversación por miedo a sus respuestas. Por temor a lastimarlo.
Hersz Jozef Safirsztejn. Así figura escrito su nombre en la partida de nacimiento que apenas se alcanza a leer, confeccionada en Varsovia, el 4 de febrero de 1922. Para mí y para toda su familia, Enrique. Mi zeide Enrique.
Mi zeide Enrique tiene 94 años, vive solo y es el portador de los ojos celestes más hermosos que jamás haya conocido. Aunque reniega de sus orígenes polacos (nunca volvió a pisar esa tierra desde que la abandonó para salvar su vida), habla como un extranjero. Aunque lleva 84 años viviendo en Argentina, no deja de decir, cada vez que abre la boca, que es un inmigrante. Que no es de acá, que fue arrancado de su patria.
Por entonces estaba en pareja con Patrick desde hacía dos años. Nos habíamos conocido en una red social de citas el día de Iom Kipur. Yo estaba en mi casa en un horario atípico; no había ido a trabajar aprovechando los beneficios secundarios de mi judaísmo. Patrick me saludó y al siguiente mensaje me di cuenta de que no era argentino. ¿De dónde sos?, le pregunté. ¿Se nota? respondió. Soy de Alemania, estoy en Buenos Aires por unas semanas, por trabajo. A mí se me heló un poco la sangre. Por reflejo histórico. Pero decidí ir más allá de mis prejuicios.
Me invitó esa misma noche a tomar una copa de vino. Le conté de Iom Kipur, hablamos brevemente, y acepté su propuesta. Desde ese día no volvimos a separarnos.
(Cuando nos conocimos, yo ya tenía planeado un viaje a Madrid con una amiga desde hacía más de un año. Un día estaba trabajando en la guardia del hospital y mi hermano me llamó por teléfono para avisarme que había una promoción que terminaba en unas horas —de esas que no tienen sentido— para comprar pasajes a Europa a un precio regalado. Nos escapamos de la guardia con mi amiga y nos fuimos a su casa a comprar los pasajes. Un pasaje hacia un futuro incierto, pero baratísimo. Volaríamos a Madrid por monedas al año siguiente. Es decir que cuando conocí a Patrick ya tenía el boleto para ir a visitarlo. Tenía nuestra cita en Europa antes de haberlo conocido. A veces uno no sabe por qué hace ciertas cosas; las respuestas suelen llegar de la mano del tiempo.)
Cuando el vuelo de ida se acercaba, tomé coraje y le conté a mi abuelo que viajaría a Polonia. Que tenía planeado ir a Alemania y que se me había ocurrido la idea de cruzar la frontera y conocer Varsovia, su ciudad de origen. Terminé de decirlo y mantuve los ojos cerrados unos segundos —unos segundos más de lo habitual— esperando su respuesta. Lejos de molestarse, lejos de ofenderse —como yo pensaba que podía suceder—, comenzó a hacerme preguntas, a interesarse por el plan: cuándo me iría, con quién, qué lugares pensaba recorrer.
Entonces seguí y le pregunté si recordaba dónde quedaba su casa de la infancia. De inmediato, como si esa información hubiera estado disponible desde siempre, esperando que alguien pasara a recogerla, me dijo la dirección precisa con una voz que me resultó extraña. Nunca había escuchado a mi abuelo pronunciar palabras en su lengua materna.
Saqué el teléfono y busqué la dirección en Google Maps. Y ahí estaba ese punto, ese lugar exacto en el planeta donde Enrique había nacido.
Se lo mostré y juntos comenzamos a recorrer esas imágenes. “Ahí queda la plaza donde jugaba con mis hermanos”, “Ahí queda la casa de mi tía”. “Esta es la calle donde quedaba mi escuela”. Yo contenía el aliento mientras veía cómo sus ojos celestes miraban la pantalla de mi teléfono como si fuera un niño. Ese niño que había sido arrancado de su plaza, de su barrio, de su lengua de origen. Pasamos un buen tiempo conversando con el mapa desplegado sobre nuestra mesa de Pesaj.
Finalmente regresé a mi casa. Esa noche me quedé tranquila y conmocionada. Las dos cosas por igual, las dos cosas al mismo tiempo.
Unos días más tarde sonó mi celular, y en la pantalla reconocí el número de línea de la casa de mi abuelo. Casi nunca me llamaba, salvo para saludarnos por los cumpleaños o por las fiestas. Atendí. Me preguntó cómo estaba. Y sin esperar respuesta me dijo que quería darme algo para que le lleve a su tía en Varsovia. Le dije que por supuesto: pensé que la noticia de mi viaje lo había perturbado, que le había ocasionado un estado de confusión. Ninguna tía ni familiar de él quedaron vivos en Varsovia. Al menos nadie que yo supiera. Quedamos en vernos el fin de semana siguiente.
La luz brillante de un sol otoñal y un pequeño dolor de cabeza me despertaron aquel sábado. Al llegar al departamento de mi abuelo en la avenida Rivadavia, en el barrio porteño de Almagro, toqué su timbre, el 6º C. “Ya bajo, querida”, se anticipó, sin preguntar quién era. Lo vi acercarse a abrirme la puerta sonriendo. En el ascensor me preguntó cómo venían mis preparativos. Siempre sereno. Siempre con dulzura. Con una dulzura que pocas veces conocí en un ser humano.
Entramos a su casa y vi que en la mesa había unas tazas para tomar el té, unas rodajas de limón y unos bombones. También vi que había una carta, alcancé a leer el encabezado. “Querida Yani”, decía. Y entonces respiré, porque no había confusión en su mente. Igual, seguía sin saber el contenido.
Finalmente nos sentamos a la mesa y nos servimos el té. Así, con absoluta parsimonia, mi abuelo me dirigió un pedido. Me dijo que se había quedado pensando en mi viaje a Varsovia, que se dio cuenta de que había algo que quería encargarme. Que tenía algo pendiente para hacer allá y que estaría muy agradecido de que yo pudiera hacerlo en su nombre. Mientras pronunciaba las últimas palabras, me acercó con su mano temblorosa la carta que estaba apoyada sobre la mesa. Yo me acerqué a él para leerla juntos. Le di la mano.
La carta me estremeció y lo sigue haciendo hoy, 10 años después de haberla recibido. La letra de mi abuelo, su pedido, el amor, la actualidad del trauma.
Querida Yani:
Con motivo de tu viaje a POLONIA, y en especial a Warsovia donde yo nací, tu abuelo ENRIQUE, quiero pedirte un favor muy especial. Se trata de mi querida tía JAIALE (que en PAZ descanse). Ella es la que ayudó, por la gracias del TODO PODEROSO, para salvarnos del infierno de la SHOA. Querida Yani, cuando llegues DIOS mediante y estés en VARSOVIA (WARSZAWA) y llegues a la calle Hoza (se pronuncia Joya 13), hacé lo siguiente. Suponé que estás saliendo del edificio, tienes que tomar a tu izquierda y vas yendo a la próxima cuadra que casi seguro se llama CRUCHA, y de allí vas a tu derecha, hasta la próxima esquina,y llegás a la calle SPULNA N° 20, es si mal no recuerdo media cuadra, y es en la vereda de enfrente, donde vivía mi querida tía. Te quiero pedir con todo mi corazón, que te pares 1 o 2 minutos y pronuncies en silencio un breve y siguiente rezo: AIL MULEI RAJAMIM, DIOS TODO PODEROSO, te pedimos tu protección por el ALMA de nuestra querida TÏA JAIALE, que por tu intermedio y por la inteligencia de ella, pudimos salvarnos de la SHOA. GRACIAS Y MUCHAS GRACIAS.

En el tren de gran velocidad
Subí a un tren en Frankfurt que viaja a 300 km por hora. Dos asientos delante mío viaja una señora ciega y sorda con su perro labrador que la guía. Frente a mí, se acomodan una madre oriental y su pequeña hija. También veo que avanza por el pasillo una mujer con síndrome de Down y se detiene para charlar con la señora ciega que no escucha ni una palabra de lo que le dice. Yo, que observo la escena con simpatía, me acuerdo de que soy judía, y empiezo a temer que en cualquier momento nos inviten a todos a una duchita de cortesía.
Genealogía polaca
Estuve en Polonia hace algunos meses intentando conocer una parte de mi vida de la que nunca supe mucho, pero con la que siempre sentí una fuerte cercanía. En Varsovia recorrí el barrio donde mi abuelo vivió hasta sus 12 años, cuando tuvo que viajar junto a su madre y su hermanita hacia Argentina. Caminé por el perímetro del gueto, apoyé mis manos sobre el muro que aún existe y que marcaba con ladrillos el límite entre la vida y la muerte. Encendí una vela en el monumento a los que cayeron resistiendo. Lloré de emoción pero también de impotencia.
Sin saber muy bien a dónde iba, caminé hasta un instituto de investigación sobre la historia judía, y entré. Visité las muestras de arte que se exponían y, al salir, me encontré con una puerta y un cartel que tenía escrita en inglés la palabra genealogía. Cuando el joven que atendía me preguntó qué buscaba ahí, le dije que quería saber un poco más sobre mi historia, y me senté con él más de dos horas a seguir los rastros de mi abuelo y su familia.
Nunca antes había visto una lista tan larga con personas que tenían mi mismo apellido, como cuando el joven, Noam, pulsó Enter después de escribir SAFIRSZTEIN sin pedirme que se lo deletreara. Era como si hubiera abierto en Argentina la guía telefónica en la página de los García. Soy de acá, pensé. Este lugar me pertenece.
En la computadora, fuimos encontrando familiares, mientras intentaba conectarme con mi abuelo a través del whatsapp de mi papá para hacerle las preguntas que no le había podido hacer antes. Noam buscaba información simultáneamente en diferentes bases de datos. Cuando se desplegó el listado enorme con personas que llevaban mi apellido, cuando busqué entre todos esos nombres que me resultaban familiares, exclamé con emoción, en el mejor inglés que pude: “¡Ese es mi papá!” Porque ahí, en la pantalla, estaba escrito su nombre:
Jacobo David Safirsztein
“No, ese no es tu papá”, me corrigió Noam, que era como un Sherlock Holmes de la genealogía. “Esta lista es de los muertos en la Shoá”, me explicó. Quedé pasmada. Eran pantallas y más pantallas llenas de hombres y mujeres que se llamaban como yo, Safirsztein. Eran muchos, demasiados, una lista que parecía que nunca terminaba. Un señor que yo pensé que era mi padre, que quizás haya sido un familiar, un tío, un primo, o quizás nada, ese hombre había sido asesinado en un campo de exterminio.
Cuento esta historia porque acaba de terminar el 27 de enero, que es el Día Internacional de Recordación de las Víctimas del Holocausto. Cuento esta historia porque en una semana exactamente será el primer cumpleaños de mi zeide Enrique -el nacido en Varsovia, una hermosa piedra de zafiro– sin su presencia física. Cuento esta historia para que se sepa y se recuerde. Cuento esta historia porque yo podía haber sido una más en esa lista de la muerte. Cuento esta historia porque hay dolores que dolerán por siempre.
(Este texto es un fragmento de un trabajo más extenso.)

Yanina Safirsztein (Buenos Aires, 1981) es licenciada en Psicología (UBA), psicoanalista y técnica en producción musical (ORT). Trabaja en el Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte desde 2014. Es canillita de Juan Forn a través del newsletter Contratapa Forn. Publicó un ensayo sobre Diego Maradona en el libro Todo Diego es político. Construye un archivo colectivo de sueños maradonianos.
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Yanina Safirsztein (Buenos Aires, 1981) es licenciada en Psicología (UBA), psicoanalista y técnica en producción musical (ORT). Trabaja en el Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte desde 2014. Es canillita de Juan Forn a través del newsletter Contratapa Forn. Publicó un ensayo sobre Diego Maradona en el libro Todo Diego es político. Construye un archivo colectivo de sueños maradonianos.
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