GRAZNAN GAVIONES NEGROS EN BREMEN
Tres días después de arribar al puerto de Buenos Aires, luego de una exhaustiva revisación médica, a los pasajeros judíos del vapor Weser los quisieron hacer bajar. Era el sábado 17 de agosto de 1889. Preocupaba que trajeran la fiebre amarilla, que había azotado a la ciudad hacía casi dos décadas. Se trataba de un contingente de más de ochocientas personas. Provenían —lo más preciso sería decir que escapaban— de Kamenetz Podolsky, la capital del voivodato de Podolia, en el imperio ruso. Cultores de la ley mosaica, por supuesto, se negaron: era shabat. ¿Habría de ser la presunción de un mal augurio? Noticias nefastas los esperaban en tierra firme.
Un año antes, Eliezer Kaufman había sido designado entre los emisarios para negociar en París la mudanza de aquellos judíos a otras tierras. Necesitaban huir de los pogroms desatados tras la muerte del zar Alejandro II y la asunción del III, heredero del trono de Iván el Terrible. Se dijo que los judíos, acostumbrados a ser chivos expiatorios, tenían sangre imperial en sus manos.
En la capital francesa, a pesar de sus obligaciones, Kaufman tuvo tiempo de maravillarse con la ciudad. Estaba en plena construcción la Torre Eiffel, que sería inaugurada en la Exposición Universal del año siguiente. Frente a la Place de la Concorde, sacó el nervioso aire de sus pulmones, y traspasó las puertas del Hôtel de Saint-Florentin. Allí funcionaban las oficinas del barón de Rothschild. Horas más tarde, se dio por vencido: sus ruegos no encontraron eco. Sería en cambio la Alliance Israelite Universelle la que le haría de enlace con la Oficina Oficial de Informaciones de la República Argentina.
— V’i iz der nōmen? (¿Cómo es el nombre?) —preguntó.
—Argentine.
Hacia allí se encaminó.
Ese día, los ojos de aquellos pioneros verían por última vez en sus vidas el continente europeo. Salvo tres familias, según dicen algunos, no regresarían jamás.
Aunque el país sudamericano aún no era conocido entre los judíos “rusos”, cualquier lugar sería mejor que Kamenetz-Podolski y sus alrededores, rincón infecto de persecución y muerte. Kaufmann se puso en movimiento: no había tiempo que perder. Bordeó a pie el Boulevard des Batignolles por una media hora hasta llegar al edificio de cuatro pisos color crema de la Legación Argentina, cerca del Parc Monceau. En la oficina de aquel país ignoto, un representante de Rafael José Hernández Pueyrredón, hermano menor del José Hernández autor del Martín Fierro, terminó vendiéndole campos para que al llegar recalaran en la provincia de Buenos Aires.
Sin saberlo, Eliezer Kaufmann fundaría un nuevo episodio en la permanente errancia judía desde la expulsión de la ciudad de Jerusalem en el 70 d.C. Argentina Se convertiría en el quinto país con más judíos en la Tierra.
Pero para ese viaje iniciático, faltaba un año. Kaufmann debía volver a su pueblo, dar la noticia, hacer que todos cruzaran el continente en dirección noroeste hasta llegar al Mar del Norte. Al finalizar todo el periplo, si llegaban sanos y salvos, en una ciudad del imperio de Prusia debían subirse a un transatlántico por primera vez en su vida.
Cuando el vapor soltó amarras en la ciudad de Bremen, era el 14 de junio de 1889. Desde cubierta, los pasajeros alzaron la vista, desconcertados por los graznidos de aquellos gaviones gigantes de lomo negro que sonaban terribles. Les recordaron a los gritos desesperados de cuando ardieron sus casas.
Ese día, los ojos de aquellos pioneros verían por última vez en sus vidas el continente europeo. Salvo tres familias, según dicen algunos, no regresarían jamás.
El vapor Weser arribó al puerto de Buenos Aires justo dos meses después, el 14 de agosto de 1889. El primer pasajero del listado oficial no era judío. Mucho menos un judío ruso (en el siglo XX, Kamenetz Podoslky se convertiría en Kam’yanets’-Podil’s’kyi, en Ucrania). El barco, que había levado anclas originalmente en Bremen, al norte de Alemania, llevaba el primer contingente de una larga cadena de viajes que iniciarían con él y que involucrarían a judíos de toda Europa Oriental. Un éxodo masivo.
Antes de cruzar el Atlántico, el viaje había tenido paradas en los puertos de Antwerpen (Bélgica), Coruña y Vigo (España). En el número 1 de la lista escrita en alemán y portugués figuraba el carpintero Christian Buchter, sexagenario, nacido en “Deutschland”. El segundo era un tal Ferd. (sic) de Poel, belga, de 58 años. El tercero era el joven español Gerardo Rodrigues, con s, acaso sefardí, de 22.
Después de ellos, en el listado del Weser se inicia una extensa hilera de nombres que venían escapando de las matanzas en una tierra que el documento consigna como “Rusoland”, que no era otra que Kamenetz Podoslky y sus alrededores. Los 824 hombres, mujeres, niños y niñas de la tercera clase. Las 136 familias.
Nadie prestó demasiada atención al nombre del capitán del barco. ¿O quizás sí? Por dos meses en altamar, sería su guía, su faro. Firmaba como H. Bruns, de igual apellido que Curt Bruns, también capitán, el primer jerarca nazi que más adelante en la Historia, en 1945, unos meses después de la rendición de Hitler, sería ejecutado por Estados Unidos por crímenes de guerra.
Podría ser una mera casualidad —ambos eran del Norte, de la isla de Juist uno, trabajador de Bremen, al borde del río Weser, el otro—, pero: ¿habrán sido familiares? Si así fuera, en un extremo del hilo genealógico, el abuelo que ayuda a trazar el camino de la libertad y, en el otro, el nieto homicida. Moisés y el Faraón, en la misma sangre.
Es el domingo 27 de mayo de 2025 cuando en la ciudad de Buenos Aires subimos al micro unas cincuenta personas. El tour está organizado por la Fundación Zamir, La Casa de la Música Judía en Latinoamérica. La mayoría de los viajantes son parejas e individuos que van entre los 65 y los 85 años. También viajan músicos jóvenes que hacen música —klezmer, tangos, vidalitas— cuyo hilo conductor es el ídish. Los organizadores llamaron a este viaje “Ritmos y Ecos de Moisés Ville”. La propuesta consiste en visitar las colonias judías de Santa Fe, cuyo inicio se consagra a la historia de los judíos del vapor Weser.
Partimos de la esquina del templo Benei Tikvá, en el barrio de Belgrano, y nos dirigimos a Moisés Ville, la primera colonia agrícola judía fundada en 1891 a instancias del barón de Hirsch. La Asociación de Colonización Judía fue la empresa transcontinental que creó este noble muniqués para salvar a los judíos de los asesinatos en masa en Europa y trasplantarlos al Cono Sur.
Saliendo a la Panamericana, la rabina Judith Nowominski recita la Tefilat Haderej, la oración de los viajeros:
| “Sea Tu voluntad, oh Adonai, Dios nuestro y de nuestros padres y madres, de conducirnos en paz, encaminando nuestros pasos y haciéndonos arribar con vida, alegría y en paz al lugar que deseamos llegar…” |
El micro hace su primera parada en la Axxion de Funes, a las afueras de Rosario, ya en la provincia de Santa Fe. En un cantero dispuesto al lado del inflador de neumáticos, se abren bolsas de panadería de donde surgen docenas de facturas. La rabina “Judi” se sirve café. Lo primero que pienso es que tiene un rostro profesoral, ojos diminutos que parecen dominar toda la escena. Su forma de vestir escandalizaría a las mujeres “ortodoxas”, que tampoco admitirían que una mujer fuese rabina. En cualquier caso, para ellas no guardaría el debido recato; eso significa que no usa pollera por debajo de las rodillas ni peluca. Viste, en cambio, unos jeans celestes, una camperita rosa de running y zapatillas negras tipo All Star con plataforma. Sobre la cúspide del cabello, lleva una diminuta kipá negra de lana que a primera vista pasa inadvertida.
Judi es la flamante rabina de la comunidad Benei Tikva, cuyo templo, durante el tiempo de su esplendor en los años 80, disputaba mano a mano los festejos de bar y bat mitzvá con su vecina, la sinagoga “conservadora” de Bet El, fundada por el rabino norteamericano Marshall Meyer.
—Tuve vocación desde que tenía 19 años —me dice, sentada ahora en un asiento del primer piso del bus—. Cuando iba al curso de Psiquiatría Pastoral de Marshall Meyer, una vez le conté que quería ser rabina. Él me dijo: ‘Argentina no está preparada todavía para eso; tenés que esperar a que pase primero en Estados Unidos, y después eso baja’”.
Esa charla había transcurrido en el año 1981. Cuando la maestra de Hebreo y Valores Judíos Judith Nowominski se decidió por dejar la docencia para ponerse a estudiar en el Seminario Rabínico de Buenos Aires, habían pasado tres décadas. Estaba casada, tenía dos hijos. Terminó la cursada estudiando seis meses en 2016 en Israel. Al aterrizar nuevamente en el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, ya era una maestra religiosa.
Cuando en agosto de 1889 los judíos rusos bajaron del transatlántico en Buenos Aires, el terrateniente Hernández Pueyrredón, en vísperas de su cumpleaños número 49, se negó a reconocer lo pactado. No sabemos con certeza si porque las tierras habían elevado su precio en el año transcurrido desde lo convenido en París, o porque la información desde Europa no había llegado a tiempo y la propiedad había sido vendida a mejor postor.
—Got zol dir helfn vi a toytn bankes!, le habrán escupido en el idish que traían en sus gargantas los recién llegados. “¡Qué Dios te ayude como los remedios ayudan a un cadáver!”
Tiempo después, varados en el Hotel de los Inmigrantes, hoy en el barrio de Puerto Madero, otro terrateniente de nombre Pedro Palacios —abogado de judíos alemanes y franceses ya afincados en el Plata— les ofreció tierras al sur de la provincia de Santa Fe.
Los inmigrantes debían trasladarse en otro barco hasta Rosario y desde allí tomar un tren hasta la localidad santafesina. Se las habría vendido a cinco veces el valor del lote. No es que les prometiera el oro y el moro, pero les dijo —según me contará más tarde la museóloga moisesvillence Eva Guelbert— que había un pueblo esperando su llegada: casas, manutención, herramientas de labranza y semillas. Resultó un blef. Aquellas familias judías, sin saberlo, partirían hacia un lugar que heredaría el nombre del dueño —Palacios—, pero que era todo lo contrario de lo que el apellido sugería.
Aquellas familias judías, sin saberlo, partirían hacia un lugar que heredaría el nombre del dueño —Palacios—, pero que era todo lo contrario de lo que el apellido sugería.
En el puerto de Buenos Aires, a los niños judíos provenientes del imperio ruso les divirtió ver esos pajaritos de pechera amarilla y antifaz oscuro cuyo canto se asemejaba al pitido de un silbato. ¡Qué sonido tan nuevo!
El listado del vapor Weser fue publicado por el cirujano plástico y genealogista Guillermo Blugerman en un posteo de Facebook del 22 de noviembre de 2024. En él se puede comprobar que la familia más numerosa del contingente de judíos rusos venidos en 1889 era la del patriarca Hirsch Redel, que había viajado con su esposa Fege y veintiún descendientes entre hijos y nietos. En la comitiva había muchos niños, tanto los recién nacidos (nacidos en altamar) como otros ya mayorcitos. Por ejemplo:
- Rebecca Palatnik al arribar tenía 2 años, así como Pereg Kaufman y Jacob Weinschelbaum.
- Israel Rosenstein, de 13 años, ya era bar mitzvá.
- El matrimonio de Jacob y Rachel Hoffman, ambos de 19, no tenían hijos aún.
- Moses Schlieman, el primogénito de los siete hijos de Bar o Berl Schlieman —que habría viajado sin su esposa— tenía 22 años (un año más de lo que fijaba el Código Civil argentino para la mayoría de edad).
- Burik Siegel, de 40, había traspasado el Atlántico solo, con las calles de las nieves en la memoria de su saco raído.
- El rabino Aron Goldman, líder espiritual del grupo, que había viajado junto a su esposa Rose y sus seis vástagos, bajó del Weser con un cajoncito: dentro estaba el cuerpo de su hija Malke.
Es improbable que las casi 800 personas provenientes de Kamenetz Podolsky y sus alrededores pudieran comunicarse en castellano. Claro que trajeron su Torá, sus onomatopeyas y sus canciones. Melodías pícaras, tristes, de los judíos eslavos, nevados, del idish.
Sí es posible que en algún momento de las 386 millas náuticas que navegaron entre Puerto Madero y Rosario, o durante las diez horas a bordo del Ferrocarril Central Argentino hasta Palacios, hubieran cantado alguna canción hablando de su esperanza o del infortunio que parecía perseguirlos como la verdadera peste.
De seguro no cantaron “Vu nemt men a bisele mazl”, el hit de los judíos idishistas de la Diáspora, porque ese tema sería creado más adelante por un polaco nacido en 1907. Pero, por lo que les esperaba en Palacios, su letra —que cantarían sus descendientes— les hubiera calzado a la perfección:
| ¿De dónde sacar un poco de suerte? ¿De dónde sacar un poco de felicidad? La rueda de la vida ya debería girar, y traerme la suerte de vuelta. | וווּ נעמט מען אַ ביסעלע מזל? וווּ נעמט מען אַ ביסעלע גליק? דער רעדל זאָל זיך איבערדרייען און ברענגען דאָס מזל צוריק. |
EL CANTO DEL RUISEÑOR
En el piso de la planta baja del bus, siguiendo la cabina de los choferes, van sentados los pasajeros que no deberían, por salud física, subir ni bajar demasiadas escaleras.
En el pasillo, hay cuatro bobes paradas que conversan. Dos, Sara Berkowicz y Berta Kapelusznik, se conocen de larga data de Quilmes, lo que me sorprende (tengo a la ciudad mucho más asociada a la cerveza homónima y al alemán Otto Bemberg, su creador). Las otras son Lili Fijtman y Libe Bogszewicz.
—Mi marido era de Moisés Ville. Murió hace unos años. Lo conocí en Madrid; él había sido el fundador de la librería más famosa de Bogotá, la librería Lerner.
La que habla es Libe. Me sorprendo por la coincidencia. ¿Es siempre así entre judíos? ¿Nos seguimos los pasos? También en 2022 yo había estado en aquella librería de Bogotá. En 2023, había recorrido las calles de Pultusk, en Polonia, un pueblo ínfimo cerca del campo de concentración de Treblinka, donde habían nacido los ancestros de Judi la rabina. Los hechos de una vida no cobran su cabal sentido si no es con el paso del tiempo. Y con el encuentro con los otros.
(Mientras Libe habla, un recuerdo me aparece vagamente: en la Lerner me habían fotocopiado un extenso artículo aparecido en una revista muy colorida sobre la obra de su fundador Salómon Lerner, cuyo segundo apellido era Mutzmajer. Trotamundos, contaba que había recalado en Colombia en marzo de 1955, cerca de sus 25 años. Luego descubriré que en la contratapa de su biografía, Empezar de nuevo, figura una frase del pintor Fernando Botero: “Salomón es mi personaje inolvidable”. Salomón fue su mecenas. El 1 de marzo de 2024, la afamada galería Sotheby’s inauguró la exhibición “Fernando Botero, mi amigo”, de la colección Salomón & Rosita Lerner.)
No le digo todo esto a Libe en el micro que se dirige a Moisés Ville. Lo primero, porque no lo recuerdo al instante; lo segundo, porque lo averiguaré después.
Libe lleva puesto un suetercito lila que combina con su sonrisa cantarina. Es muy placentero escucharla. Habla con un garbo amable, pausado y cercano, como si al emitir sonido su voz flotara sin urgencia. Lo notorio es que, desde que Salomón Lerner se fuera del país, él nunca había vuelto a poner un pie en Moisés Ville. Se había mudado a Madrid en 1974, donde murió en 2022. Libe entonces decidió regresar a Argentina y esta es la primera vez que visita la tierra natal de su amor.
—Para él no era importante regresar a sus pagos; para mí imaginarás que ahora sí.
Faltan aún cuatro horas para llegar a destino. El ómnibus sube por el país de los ganados y las mieses. Remonta sin sobresaltos la ruta que bordea el río Paraná. Los nombres de los parajes por los que pasamos —Granadero Baigorria, Capitán Bermúdez, Puerto General San Martín— nos recuerdan que son tierras conquistadas militarmente por el naciente Estado argentino de hace dos siglos.
A las cuatro mujeres del autobús se les barruntan las palabras; quieren decir, contar quiénes son, de dónde vienen. Sin embargo consiguen una coordinación radiofónica: cuando una boca se eleva sobre el resto, las tres mujeres restantes callan, escuchan, observan. Se tienen respeto.
Lili cuenta que escribe teatro, que practicó actuación durante siete años, que milita en Llamamiento Judío. Sara dice que un tío suyo llegó a presentar un libro en Rusia. Berta recuerda que su propio tío, hermano de su padre, al llegar a Estados Unidos sin los progenitores le cambiaron el apellido de Berkowicz a Ross, por Rossanovich, el nombre de soltera de su madre.
¿Por qué vienen al viaje?, les pregunto.
Libe, que está enfocada en Berta, gira lentamente el cuello como el delicado tingazú y, alzando los hombros, sin perder suavidad, dice:
—Vengo porque lo judío me constituye.
—Vengo porque lo judío me constituye.

La Fundación Zamir, La Casa de la Música Judía en Latinoamérica fue creada cuando en 2014 unieron fuerzas y preocupaciones el cantor litúrgico Diego Rubinsztein y Ariel Rozen, director de la Escuela Musical Coral de Buenos Aires. La inquietud era la carencia de estímulos, la falta de formación de los maestros y maestras de escuelas judías. El contexto: la paulatina desaparición de escuelas judías progresistas en la ciudad latinoamericana con mayor número de judíos.
Le pusieron Zamir porque significa ruiseñor en hebreo; sobre todo, porque aparece en un verso del Cantar de los Cantares del Rey David. En el poema, cuando llega Pesaj (el festejo por la liberación de los judíos de Egipto) en el hemisferio norte es primavera y se escuchan los ruiseñores cantar. Et HaZamir Higuía, dice la letra. Que significa que “el tiempo de la música —del canto, del ruiseñor— ha llegado”.
En 2014, juntaron al universo de profesionales de la música judía en un evento: hicieron un “ulpán (curso) de shirá (música)” para morim (maestros), jazanim (cantores litúrgicos) y músicos sinagogales. Ofrecieron cursos: “Repertorio para docentes”, “Música de la Shoá”, “Técnicas para conducción de coros”. Cerraron el encuentro con más de quinientas personas en el templo Amijai, en el barrio chino de Buenos Aires, con un concierto del dúo klezmer formado por César Lerner y Marcelo Moguilevsky.
Tanto éxito tuvieron, que repitieron el evento cada dos años —menos 2020, por la pandemia—, trayendo músicos, musicólogos y profesores de renombre mundial, como los violinistas israelíes Pinchas Zukerman y Schlomo Mintz.
—Zamir es una organización inclusiva, que alienta la diversidad, visibilizando a las bandas y artistas de la comunidad judía porque creemos que la música es un excelente recurso para construir identidad —me cuenta antes de bajar del micro Ariel Rozen, uno de los fundadores.
Es la noche del domingo 27 de abril de 2025. Nos bajamos en Moisés Ville directamente en la puerta del teatro Kadima para que comience la función. Unos minutos después, de la boca del jazán Diego Rubinsztein, emerge una voz grave, como si albergara una bóveda con pájaros recién liberados que reverberan en el techo de la sala. El cantor litúrgico, “un apasionado de la música sinagogal” —como él se define—, pasó catorce años siendo la voz del templo porteño “de Libertad”, donde cantó el mítico Léivale Schvartz, padre de Adrián Suar. De su gola salen plegarias que existieron en otra época y que siguen existiendo. Cautiva.
Antes del jazán, bailaron rikudim en ronda el grupo Adjut, de cuyas nueve bailarinas algunas son judías. Luego canta el coro de mujeres Moisés Ville Canta, que inauguran una canción de un hijo dilecto del pueblo, que volvió para este día y está en la sala.
De esas mujeres, no sé si por efecto de mi ñoñera sentimental, me resulta que la señora vestida de azul es parecida de algún modo a mi madre; que la de camisola roja, a mi otra madre de crianza; y que aquella de trajecito rosa podría ser mi abuela polaca. Las escucho cantar en hebreo el “Aleluya” de Leonard Cohen con lágrimas de huérfano.
El teatro Kadima es un edificio reluciente de 720 m2, restaurado hace unos años, pintado de blanco y oro. Fue inaugurado el 21 de octubre de 1929 por los judíos de “las 12 Casas”, un asentamiento cercano a Moises Ville. Me cuenta Eva Guelbert, la señora de azul que me recuerda a mi madre, que en el afiche de inauguración figura que cantó la soprano rusa Rita Kitena, de la Ópera de Moscú, lo que equivale a decir del teatro Bolshoi.
Eva sabe de lo que habla: fue Directora del Museo Histórico Comunal de Moisés Ville durante más de treinta años, hasta 2021. Sin embargo, ni desde la oficina de Prensa del Bolshoi ruso ni en la biblioteca del Teatro Colón en Buenos Aires me pueden confirmar que Rita Kitena haya existido.

El teatro conserva las 469 butacas confeccionadas hace casi un siglo por la empresa Tomás Darín y Cia. El piso de pinotea, las 137 sillas del primer piso y, en general, todo el complejo, pintado de blanco y gris, fueron restaurados hace pocos años. Esta noche, el cine-teatro Kadima, declarado Patrimonio Histórico Cultural en 2020, luce espléndido.
Esta noche, el cine-teatro Kadima, declarado Patrimonio Histórico Cultural en 2020, luce espléndido.
El número central es la presentación del conjunto Peretz Garcik, que vino desde Buenos Aires en el micro de Zamir. Tocan canciones tradicionales en ídish, otras que hasta hace poco tiempo existían solo en partituras, además de composiciones propias.
“En algunas de las canciones hay modos típicos del klezmer, otras son tangos o tienen aires folklóricos argentinos. Alguna podría ser parte del folklore ruso también. Otras son canciones típicas del teatro musical neoyorquino de los años 20 o 30”, me explicará más tarde la cantante Yasmín Garfunkel.
Yasmín no solo canta estupendamente en ídish sino que es profesora de la lengua en Buenos Aires, en el IWO (Idisher Wisnshaftlejer Institut, el Instituto Judío de Investigaciones), una organización nacida en Vilna, la capital de Lituania, en 1925. También Yasmín se presenta con el trío formado por el vientista del grupo, Julián Brenlle, y el pianista Federico Garber, su marido.
Los músicos son jóvenes, rondan los treintas. Menos Olex Ivanov, de más edad, un trotamundos ruso que toca la mandolina y la balalaika. Los Peretz Garcik se visten con ropa “de época”: chalecos, pantalones que no llegan a cubrir los tobillos, paños de tonos marrones. Son parte del comando especial en Argentina para la permanencia del idish como idioma en este mundo. Por caso, en el IWO estudian entre 120 y 170 alumnos.
—Yo tengo formación clásica— me había contado en el micro Yasmín, que tiene 34 años —. Un día en 2020, plena pandemia, me di cuenta que la música clásica europea no me pertenecía. Comencé a estudiar ídish y el movimiento hacia el klezmer me fue natural. Hoy todo lo que hago o anhelo hacer es en relación al ídish.

El trío Garfunkel-Garber-Brenlle es un prodigio. En el escenario del Kadima —que en hebreo significa “Adelante”— empieza con un hit: “Bay mir bistu sheyn”, “Para mí sos hermosa”. Es un clásico de clásicos, nacido de un musical de 1932 en Brooklyn (Men Ken Lebn Nor Men Lost Nisht, “Podrías vivir pero no te dejan”). Es un tema que parece comenzar en las honduras brumosas del alma y que luego se transforma en un suave goce festivo del cuerpo.
| “Muchas chicas hermosas me han deseado, y de todas ellas sólo te elegí a ti. Porque para mí eres hermosa, para mí tienes gracia, para mí eres única.” | fil sheyne meydlekh hobn shoyn gevolt nemen mikh, un fun zey ale oysgeklibn hob ikh nor dikh. vayl bay mir bistu sheyn, bay mir hostu kheyn, bay mir bistu eyner af der velt. |
Esa convivencia entre el tono amargo y la dulce melodía, el parlamento punzante entre el cuerpo y el alma es la esencia del temple judío, pienso: a la destrucción, a la desgracia, se le antepone siempre la risa, la fiesta. Una vez escuché a un rabino contar la siguiente historia: cuando ocurrió la destrucción del templo de Salomón en Jerusalem por los romanos, se vio a un sabio bailando sobre las ruinas. Le preguntaron: “¡¿Qué está haciendo?! ¿Por qué festeja, Rab? ¿Acaso no ve que han destruido nuestro más bello hogar?” Él atinó a responder: “Claro que lo veo. Justamente por eso. A partir de ahora, no nos queda más que crecer”.
Esa convivencia entre el tono amargo y la dulce melodía, el parlamento punzante entre el cuerpo y el alma, es la esencia del temple judío.
Me saca de mis elucubraciones el solo de la violinista Tamy Bromber, de los Peretz Garcik, cuyo nombre hace juego con el famoso radioteatro argentino de los años ‘40 y ‘60 en Radio El Mundo, “Los Pérez García”.
El teatro Kadima ahora es por entero un espectáculo que parece alargar la vida de un pueblo que supo albergar a cinco mil judíos y que hoy tiene apenas como miembros de la kehilá, la comunidad judía local, a unas cien personas, de las cuales no todas viven aquí. Mientras tanto, el flautista Brenlle toca un solo como poseído, como si el instrumento estuviera atado a su cuerpo por el cordón umbilical.
—Buenas noches, gracias por los aplausos. Y ahora sí, como prometí —anuncia la cantante—, vamos a tocar la canción que nos trajo hasta aquí, que es “Moisés Ville” o “Mozesvil”.
La canción que anuncia Yasmín es de Jevel Katz, un comediante judío lituano de Vilna —“un cantor callejero, juglar parodista”, lo describe Wikipedia— que vestía de esmoquin y galera y que murió a los 38 años a comienzos de 1940.
| “Judíos, alégrense ahora, tuvimos suerte. En un pequeño rincón de Argentina, el Mesías ya está aquí. Allí no hay cristianos, solo judíos, grandes y chicos. El farmacéutico y el encargado de los baños, el policía y el juez.” | Yidn, zayt itst freylekh, in a mazldiker sho. In a vinkl argentine meshiekh iz shoyn do. Dort iz nishto keyn kristn, nor yidn kleyn un groys. Der apteyker un der beder, der komisar, der “khoys”. |

Al final del recital, en el hall me encuentro con descendientes de italianos piamonteses que vinieron del pueblo de Primera Junta y que aún conservan las tierras de los pioneros. Afuera veo a un hombre de mediana edad con rulos rubios atados hacia atrás sobre su cabeza, moisesvillense —me dicen— que vino de visita desde Israel.
Bajo un cielo de estrellas, antes de subir al micro una mujer del grupo de Zamir dice que necesita un Paracetamol. Son casi las 9:30 de la noche.
—Cruzá la plaza y tocale timbre a Tenenbaum, el farmacéutico —le dicen.
Así que cruza la plaza, toca el timbre y Tenembaum el farmacéutico, cuyo comercio había cerrado, le abre y le dice que sí, que cómo no un Paracetamol.
Como era cuando Jevel Katz le cantaba a Mozesvil. Como siempre fue entre los judíos.
OÍD CANTARES
Bajo del micro que nos trae hasta Palacios en esta mañana prístina, hoy lunes 28 de abril de 2025, segundo día del viaje de Zamir. Un sol rebosante brilla con apenas algunas nubes que menguan la luz, estáticas, como vacas retobadas en medio del campo. Los organizadores del viaje me habían dado permiso para fotografiar la estación, que nos queda de pasada. El edificio, de buen aspecto, pareciera abandonado; tiene paredes de ladrillo, tres ventanas obturadas con maderas y un techo de tejas españolas. Al lado, hay un frondoso eucalipto de ramas que caen hacia las vías de un tren que ya no para.
Si la provincia argentina de Santa Fe tiene forma de bota, Palacios es una localidad ubicada en el cuádriceps. Ahora, en este recoveco de la Pampa Húmeda, donde viven apenas 534 habitantes, el aire es dulce. Sobre un ventanal tapiado, cuelga un cartel de lona que dice “Lavadero El Pipi”. Le tomo al conjunto una foto, dos, varias, diez, con el árbol de costado.
Este sitio contiene la memoria agridulce del comienzo de la historia de los migrantes judíos de la Europa Oriental. Para aquellos que escapaban de los pogroms perpetrados por sus vecinos en el imperio ruso, materializó, al fin, una tierra de libertad, una llanura verde y gaucha que no conocía la palabra antisemitismo.
Vuelvo al micro. Casi una semana después descubriré, viendo estas imágenes, que al lado de la estación hay un anciano encorvado, vestido de gris de pies a cabeza, con una gorra con visera del mismo color tapándole medio rostro y apoyado sobre un poste de luz. No irrumpe en la imagen, sino que se cuela con discreción, camuflado en el paisaje.
Me pregunto si cuando bajé del micro estaba tan tieso, como pegado a la quietud de Palacios, que no lo vi. O si sólo apareció ahora en mi celular.
Para aquellos que escapaban de los pogroms perpetrados por sus vecinos en el imperio ruso, materializó, al fin, una tierra de libertad, una llanura verde y gaucha que no conocía la palabra antisemitismo.

Alberto Tolcachier bromea con el pasado. El sol persiste en la mañana de este lunes 28 de abril, mientras con el grupo nos dirigimos en el micro a Monigotes. Este es uno de los tres pueblos que quedan del entramado de colonias agrícolas judías que orbitan alrededor de Moisés Ville. Alberto es médico, tiene 71 años y la cara hinchada porque la noche anterior, bajando del micro, se dio de bruces contra el suelo. La zona todavía guarda algunos peligros para los descendientes de los judíos migrantes. Su padre era de Basavilbaso, una de las colonias que el proyecto del Barón Hirsch fundó en la provincia fronteriza, en Entre Ríos.
—Cuando visitamos el cementerio de Basavilbaso con mi papá y llegamos a una serie de lápidas, se rió. Me dijo [y Alberto imita al padre, señalando tumbas imaginarias]: “A esta le gustaba éste, pero se casó con aquel otro porque éste era un seco”.
Pero si hay alguien que está ejecutando esta mañana un acto de memoria es su esposa Vivi, cuya mirada tiene el brillo dulzón del canto de una calandria. Viviana Diner es la única que puede bajar del micro antes de llegar a la sinagoga. La acompaño. Se para frente a una casa verde agua, despintada, de la que sobresale el sellado de una chimenea.
—¿Me sacás algunas fotos?
Entonces posa frente a la morada del rabino de Monigotes en 1944, el Rebbe Salomón Jinich, que también era shojet y mohel, el matarife y el encargado de realizar la circuncisión ritual judía al bebé varón.
Viviana, de 66 años, conserva la tez tan blanca como sus antepasados. Apoya las manos en las paredes sintiendo su calor. Es el mismo gesto que millones de personas practican desde tiempos inmemoriales en el Muro de los Lamentos. Para ella, esa pared es también un objeto ancestral.
El micro para frente a las vías del tren, en la calle Mardoqueo (Mordejai) Derazne. Bajamos en la sinagoga Tiferet Israel, que significa Belleza de Israel en hebreo. Todavía es media mañana. El templo fue remodelado en 2014 pero la fachada tiene manchones grisáceos sobre las paredes blancas. En lo alto, hay tres estrellas de David y un cartel que representa las Tablas de la Ley con una inscripción hebrea: Beit Elohim, Casa de Dios.
—A la Torá se la llevaron a otro pueblo, porque esta sinagoga no funciona y los rollos no podían quedar inactivos —dice parada frente al Arón HaKodesh Ysolina Ternavasio de Villarreal, la guía del pueblo. El Arón HaKodesh es el armario sagrado donde se guarda la Torá.
El templo conserva en armarios y repisas reliquias del pasado. Un samovar de la familia Wolochin, una carpeta modelo del “Registro de Nupcialidad”. El contador y médico Saúl Rozenblum lee un diario en idish y castellano.
Cuando termina la visita y la gente sale hacia el micro, me quedo prendado a una serie de fotos que hay sobre la pared. La más impactante es una cuya primera inscripción parece haber sido borrada y que tiene inscrita en letras de molde sobre un fondo gris las palabras —tal vez cortadas— “Lia Venino”. La imagen muestra una familia con dos adolescentes mujeres, dos niñas y un niño varón rodeando a una pareja sentada: ella, robusta y de mirada sufrida; él, recio, de rostro cuadrado y quijada prominente, vestido enteramente de gaucho: bombachas, rastra sobre la cintura, reloj pulsera moderno, saco clarito haciendo juego, camisa blanca, un gran anillo negro en el anular, y una bandana con un nudo sobre el cuello que parece a punto de acogotarlo. El gaucho judío.

La historia de la “Pampa gringa”, que trasnformó a judíos enjutos venidos de la estepa rusa en labradores de la tierra y “hombres de campo”, fue descripta en el libro Los Gauchos Judíos, de Alberto Gerchunoff. Prologado por el abogado y escritor Martiniano Leguizamón, la primera edición, de 1910, saldría desde los Talleres Gráficos: Joaquín Sesé, de la ciudad de La Plata.
El libro formaba parte de los festejos del Centenario argentino, que conmemoraba la Revolución de Mayo. Gerchunoff, cuyo padre había sido asesinado por un gaucho ebrio, abogaba por el mentado “crisol de razas”. Esto es, la integración de los inmigrantes como iguales en la argamasa de la identidad nacional.
Ya desde el prefacio del libro arrima su vocación:
| Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos redimidos, arrodillémonos y bajo sus pliegues enormes, junto con los coros enjoyados de luz, digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oid mortales…. |
El Himno Nacional argentino era, para estos judíos, el nuevo Cantar de los Cantares.
Pasaron cien años para que se constituyera en Moisés Ville lo que hoy es el Museo Histórico Comunal Rabino Aarón Halevi Goldman, cuyo nombre homenajea al líder espiritual de los judíos esteparios que bajaron del barco en 1889.
Quien se ocupó de impulsar semejante obra fue Eva Guelbert. En 1985, como morá de la escuela, había pedido a sus alumnos que rastrearan sus raíces. Ese fue el puntapié inicial. Dos años más tarde, ya Coordinadora del Área Museo de la Comisión de Cultura de Moisés Ville, con un grupo de voluntarios fue casa por casa buscando fotos, cartas, recuerdos, mobiliario, lágrimas y alegrías. Encontró un buen caudal. En 1989 el Museo abrió sus puertas y ella se inició como la primera directora, cargo que desempeñó hasta 2021.
Hablo con Eva después del viaje. Le propongo conversar “un ratito”; terminamos haciéndolo por más de una hora. Eva tiene una memoria prodigiosa. Quisiera chequear varios datos con ella, pero por algún motivo sobre todo me intriga saber si los 60 niños que murieron de tifus alrededor de la primavera de 1889, cuando el abogado Palacios los dejó tirados en la estación que lleva su nombre, tuvieron sepultura.
—Es que no se sabe si murieron de tifus o de inanición o simplemente por falta de higiene.
No se sabe quiénes eran los chicos muertos. Por varios motivos, “aún si lo contrastáramos con el listado de los pasajeros del vapor Wesser”, dice Eva. Primero porque algunos jovencitos se fueron a trabajar en las vías férreas de Monigotes la Vieja, Rafaela o San Cristóbal. Luego, porque los chiquitos no tuvieron lápidas: el cementerio de Moisés Ville, el más antiguo de América Latina luego del de Curaçao, no se fundó hasta un año después. Además, porque el libro de nacimientos, casamientos y defunciones que había traído Pinkus Glasberg desde Podolia en el vapor Weser recién tiene consignaciones en Argentina —incluída la venta de ganado— desde 1891.
—Mi papá Nahum Guelbert, que era jefe de correo —sigue Eva—, me contó que en la década del 70, mientras cortaban el césped en la parte de atrás del cementerio se golpearon con un material duro bajo la tierra. Levantaron tumbas chiquitas. Pero si correspondían a esos sesenta niños, no lo sé.
Lo que sabe Eva es que en 1889, en Palacios, esos cuerpitos fueron puestos en cajones de bulones y en latas de kerosene, mientras sus padres, desgarrados, esperaban todavía que este páramo fértil se convirtiera —¿podía convertirse acaso?— en la tierra prometida.
En 1889, en Palacios, esos cuerpitos fueron puestos en cajones de bulones y en latas de kerosene, mientras sus padres, desgarrados, esperaban todavía que este páramo fértil se convirtiera —¿podía convertirse acaso?— en la tierra prometida.

El sol sigue ardiendo.
Aún es este lunes 28 de abril de 2025. El que sostiene un gran cuadro con dos estampillas creadas por el correo postal de Israel, una con su cara —con su cara y su nombre— es Adrián Racca.
Descendiente de piamonteses, nacido y establecido en Sunchales, trabaja a 38 kilómetros de su casa aquí en Las Palmeras, antigua colonia judía fundada en 1904. Tiene 52 años y los últimos treinta y cinco ostentó el cargo de Secretario Comunal de este pueblo de 697 habitantes.
— Y sí, es muy importante —me responderá unas semanas más tarde, por audio de whatsapp—. No sé si es un récord: la persona con la que yo había trabajado estuvo cuarenta y dos años.
Todo el contingente ahora mira el cuadro que muestra Adrián en la sinagoga de Palmeras —una casa de una sola planta pintada de blanco y con una estrella de David celeste en el frente—, que data de 1920. El templo está perfectamente conservado y tiene dos Torot de origen ruso en las vitrinas. En 2013, fue declarado Monumento Histórico Provincial, lo que permitió conseguir el dinero para su remodelación.
La sala contigua al templo contiene una miscelánea de objetos. Las dos estampillas —la otra es de la entrada de la sinagoga— las hizo el Estado de Israel a instancias de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, creada por el palmerense Baruj Tenembaum en honor al diplomático sueco que salvó miles de vidas judías en Hungría durante la Shoá.
Trudis Meinrath, una señora rubia, mayor, que está entre el público y viste un pullover celeste entretejido como los de antes, nos cuenta que casi toda su familia llegó de Alemania a Las Palmeras, pero que algunos “no alcanzaron a salir”.
A la salida, en el camino al quincho del Club Deportivo Las Palmeras para el almuerzo, con la socióloga Ana Wortman nos detenemos a hablar con una mujer joven, rubísima, como si fuera salida de la Selva Negra alemana.
Debe tener unos treinta y pico de años, y sostiene en brazos un bebé tan rubio como ella. Nos cuenta que se llama Ana Ulmansky, que acaba de mudarse con su marido desde Rosario para instalarse y abrir una carnicería.
––Es que acá hacen falta muchas cosas —dice.
—¿Vos venís de los Ulmansky originarios de Las Palmeras?
—Sí, pero mi abuelo se casó con una mujer que no era judía. Los Ulmansky-judíos son los de la otra cuadra.
El secretario comunal nos había contado que en el pueblo quedan apenas cinco familias de judíos originarias: además de los Ulmansky y los Meinrath, están los Azeretzky, los Soesman y los Kartún, probablemente familiares del dramaturgo Mauricio —de aquí era su padre—, autor de “Terrenal”, en el que recrea la reyerta bíblica entre los hermanos Caín y Abel como dos vendedores ruteros de la Pampa Húmeda.
Justamente ahora, a la vera de la ruta 34, cerca de donde pasa por única vez en la semana el Tren del Norte hacia Santiago del Estero, está el club, donde la intendenta de Las Palmeras nos espera al frente de mozos y mozas.
Nos sentamos en tres mesas largas. Hay ensaladas de zanahoria, de achicoria, patys y chorizos de carne vacuna kashrut —“correctos” según la ley dietética del judaísmo— traídos especialmente en una heladerita desde Buenos Aires por la rabina.
Los paseantes del tour de Zamir y Benei Tikvá parecen de una energía irreductible. Son hombres y mujeres llenos de vigor, de sueños. En este mediodía hablan animosamente, ríen: pasame el agua, la hamburguesa está seca, qué querés si es kasher.
Sara Berkowicz, una de las cuatro bobes de la planta baja del micro, particularmente se muestra contenta: en este viaje se encontró con Jorge, la pareja con la que su marido solía jugar dominó en el country Mi Refugio.
—“Es como robarle los chorizos a Richi.”
—¿Qué cosa?
— ¡Así decía mi esposo! Cuando una jugada le salía bien, no sé por qué —cuenta Sara—. Para el cierre tenía otra: “¡Paren la procesión porque el cura está con diarrea!”. Decile a Jorge que te cuente bien.
El jazán Diego ya agarró la guitarra. Después del postre, todos cantan “Zamba para olvidar”, “Am Israel Jai”. Cierran con el hit israelí inspirado en el Salmo 133, “Hine ma tov”, que se entona en las escuelas y en algunos templos reformistas con la gente abrazada.
| ¡Qué bueno y qué delicioso es que los hermanos habiten juntos ¡Qué bueno y qué delicioso es que los hermanos habiten juntos! | הִנֵּה מַה טוֹב וּמַה נָּעִיםשֶׁבֶת אָחִים גַּם יַחַד הִנֵּה מַה טוֹב וּמַה נָּעִיםשֶׁבֶת אָחִים גַּם יַחַד |
La memoria de un país, de un pueblo, está guardada también en los pliegues del recuerdo colectivo de millones de personas como las de este viaje. Historias que quizá nunca sean públicas. Anecdotarios familiares que incluso se pierdan en la memoria descascarada de los descendientes. Vivimos en un mundo de cacofonías y pantallas, un mundo sin oídos para la historia latente bajo el humus de un país, de una sangre, de una diáspora —de una familia— que espera ser oída.
La memoria de un país, de un pueblo, está guardada también en los pliegues del recuerdo colectivo de millones de personas como las de este viaje.

Como Buenos Aires, Moisés Ville tuvo dos “fundaciones”. La primera, cuando los judíos que llegaron a Palacios se movieron unos kilómetros y el rabino Goldman sintió que era la tierra que Moisés había prometido a los judíos esclavos del Faraón. La segunda, poco después, en 1891, como parte del proyecto del barón Moritz von Hirsch auf Gereuth, oriundo de la Münich de la Confederación Germánica, que dotó de dinero para que los judíos que estaban siendo masacrados al este de Europa pudieran salvarse.
auf Gereuth connotaba su abolengo, puesto que ese nombre remitía a la propiedad que había adquirido su abuelo Jacob en 1815, cuando por intercesión del rey de Baviera Maximiliano I “se convirtió —como escribe Haim Avni en Argentina, ¿Tierra Prometida?— en uno de los pocos judíos alemanes poseedores de un título nobiliario”.
Moritz von Hirsch —“Mauricio” en las futuras crónicas pampeanas—, junto con su cuñado, era el dueño del Banco F. Bischoffsheim-De Hirsch en Bruselas, manantial financiero con el que construyó una de las mayores fortunas de la Europa restauradora.
Su vida cosmopolita y bon vivant —tenía palacios y fincas rurales en varios países— se desmoronó cuando su hijo Lucien de 31 años fue aniquilado por una pulmonía, en 1870. Salió de aquella tristeza encomendándose a un tarea que ya le ocupaba buena parte de su tiempo, la filantropía. Su recuerdo quedó impregnado en una frase célebre: “He perdido a mi hijo, mas no a mi heredero; la humanidad recibirá mi herencia”.
Así, en 1891 el barón de Hirsch creó la Jewish Colonization Association, una organización filantrópica que debía abastecer de sustento material a los judíos de Europa del Este para que pudieran escapar del antisemitismo homicida. Para eso, se fundarían colonias agrícolas en el sudoeste del hemisferio occidental.
Moisés Ville, en Argentina, fue la primera.
Por la tarde del lunes 28 de mayo nos reciben en el Museo Histórico Comunal Rabino Aarón Halevi Goldman, de Moisés Ville. Las guías son la entrerriana Ester Gabriel (71) y Analía Fischer (63), que es quinta generación de moisesvillense por parte de los Levisman, venidos con el vapor Weser.
El museo de Moisés Ville no sólo está dedicado a la memoria de la inmigración judía, sino que contiene en sí la ruralidad agrícola y cooperativista de la Pampa Húmeda en el medio siglo que va desde fines del XIX hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Son cinco salones en donde se pueden apreciar un globo terráqueo escrito en idish, la lámpara de luz ultravioleta que usaba el Doctor José Arcavi o el soberbio armario de madera que La Mutua Agrícola Ltda le dedicó a la memoria de Don Noé Cociovitch, autor de Mosesviller bereshit (Génesis de Moisés Ville).
Sin embargo, lo que más me atrae está en la sala de la entrada. Este espacio, llamado “Orígenes”, es el más luminoso del museo; aquí están exhibidos pasaportes, cartas y fotos, muchas de judíos alemanes que pensaron en huir cuando asumió Hitler como Canciller en Alemania (1933), o luego de la Noche de los Cristales Rotos (1938). Algunos objetos, incluso, son de aquellos que llegaron a Moisés Ville durante y después de la Guerra.
Es un archivo cautivante. Me interesan especialmente las fotos con judíos en el ejército alemán.
En una aparece “el padre de Herman Gerson” entre tres decenas de soldados alemanes posando en 1916 como las típicas formaciones de selecciones de fútbol antes de un Mundial. A juzgar por el sobretodo, el cuello con dos volados, el tipo de sombrero y la malla metálica del cinturón, parecen ser aviadores de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea alemana.

El grupo de nuestro viaje sigue con la guía a la otra habitación; yo me quedo fascinado mirando el retrato del soldado alemán Max Fritzler, que un día de 1916 está sentado en una robusta silla de madera al lado de una mesa con mantel bordado. Lleva el mismo traje militar, usa el mismo bigote y está igual de ladeado —girando el mentón hacia cámara— que el soldado que aparece en un pequeño retrato al lado suyo, apoyado sobre el mantel.
Aparece también en otra foto más contemporánea el soldado Paul Fritzler —no indica el año— posando de la misma manera que el anterior y usando el mismo bigote que Max Fritzler y que el soldado del retrato al lado de Max, en un efecto de espejo infinito.
Publico la foto del soldado en una story de Instagram.
—Arítule, ¿es tu zeide? —escribe mi amigo Gastón en un grupo de whatsapp de amigos suyos, reenviando el posteo.
Ariel Fritzler responde abochornado:
— Uhhhh de donde salió??? Es nazi? No entiendo. No que yo sepa, no es de la flia. Voy a consultar.
Ariel, que nació en Buenos Aires en 1978, de ocupación textil, y que no tiene nada que ver con la cultura castrense, efectivamente va a consultar con su familia, aunque antes acota:
— Pero moisesville sí es mi familia, pero imposible nazi, era una pequeña colonia del barón hirsch.
Los amigos le retrucan que es de la I Guerra Mundial, Ariel dice que puede ser. A la mañana siguiente, en la seguidilla de whatsapps que manda brilla una emoción:
| ➦ [Reenviado] Es el bisabuelo de Miriam Fritzler!! El bisabuelo de Denise ➦ [Reenviado] Saqué la información del árbol genealógico!! ➦ [Reenviado] Primo de mi Abuelo!! Julio Fritzler |
El árbol de la memoria familiar se ilumina. Pían las claves de la vida de los Fritzler que nacieron después. De soldados alemanes a comerciantes argentinos. Y entre ambos extremos, el fino hilado de luces y sombras que progresan en su sangre.
“Todo está guardado en la memoria”, canta León Gieco. Pero si esa memoria no se dice, si esa memoria no se escribe, si esa memoria no se traspasa, va desapareciendo del mundo. Un fading out de esta película que lleva milenios.

Me doy cuenta de que el viaje a Moisés Ville —que incluyó una visita al cementerio y un encuentro ecuménico en la “sinagoga Brener”— es un ovillo del que uno puede tirar infinitamente. Si pongo la cinta en retrospectiva, puedo ir desde la estación Palacios, en Santa Fe, hacia el puerto de Buenos Aires, siguiendo por Río de Janeiro y cruzar el Atlántico con destino prusiano. Luego cruzar por tierra toda Europa en dirección sureste hasta Podolia y, desde allí, como hizo alguna vez el escritor Marek Halter en La Memoria de Abraham, enhebrar la historia judía por generaciones y generaciones hasta el primer patriarca.
Es una pasión. Hay algo atávico en ese juego que jugamos los judíos que es el quién conoce a quién: “¿Conocés a…?” Siempre alguien es amigo de un amigo, o primo de un primo, o nieto de un amigo de nuestros abuelos. Y si seguimos, terminaremos concluyendo que “quizá seamos familiares lejanos”.
No somos gregarios, los judíos: después de tantos viajes, buscamos incesantemente reencontrarnos con la familia. Por eso en cualquier lugar del mundo, un judío al instante le abre las puertas de su casa a otro.
Después de tantos viajes, los judíos buscamos incesantemente reencontrarnos con la familia.
—¿Conocés a la rabina Delphine Horvilleur? Ella dice que los judíos sabemos hurgar en el pasado pero que no sabemos mirar hacia el futuro —escucho ahora en el micro de regreso a Buenos Aires. Horvilleur es la tercera mujer ordenada como rabina en Francia. Es periodista y autora de libros exquisitos como Vivir con nuestros muertos.
Martes 30 de abril: tercero y último día de este periplo. El sol se empeña en el firmamento. Acabamos de salir de Sunchales, donde dormimos anoche. Antes de regresar a Buenos Aires, pasaremos a visitar la sinagoga de Rosario, la capital cultural de Santa Fe.
El judaísmo en la Diáspora argentina, conforme nos alejamos de aquel momento fundacional de judíos ashkenazíes traídos en el vapor Weser, de sus hijos de profesiones liberales, de sus nietos deportistas, artistas y empresarios, va virando, en su peso institucional y en su número, en favor de lo que comúnmente se llama la “ortodoxia” más conservadora. Como en Israel.
—En el ’66 había cincuenta escuelas, de las cuales cinco eran religiosas y el resto laicas. Hoy hay veintitrés, de las cuales quince son religiosas —dice Ariel Rozen, uno de los organizadores del viaje, ya de regreso a Buenos Aires.
Dice también que la población estudiantil de escuelas que otrora congregaba al sionismo kibutziano y pacífico en los barrios porteños de Paternal y Villa Crespo —el Dr. Hertzl de la calle Acevedo, el Hertzlia, el Scholem Aleijem, el Bialik— fueron cooptadas por la ORT, que dejó de ser una escuela para la comunidad judía, en retroceso en cuanto a número.
— En 4º año de ORT hay dieciséis cursos, hasta 4º “O”. 50% por ciento son judíos, 50% goim. En cuarenta años, los judíos laicos de la Diáspora van a desaparecer —dice.
Luego de la parada en Rosario, el micro avanza hacia Buenos Aires por la Ruta Nacional 9, bordeando el Paraná. Va a una velocidad constante, como si flotara. Dejamos atrás Villa Esther, Arroyo Seco, la salida de Ramallo. El sol tubular del atardecer pega en los rostros traspasando el vidrio, persuadiendo a varios viajeros de que es finalmente hora de disfrutar de una buena siesta.
Al lado mío, mirando algunos videos en su celular, está Marcelo Epstein, aquel pelilargo de mediana edad, argentino-israelí, que encontramos la primera noche a la salida del teatro Kadima.
Marcelo me cuenta que hizo aliá, es decir que emigró a Israel en 2002, en el contexto de la gran crisis económica y política de Argentina. Que en su nuevo hogar se casó con una chica marplatense que conoció en el ulpán de hebreo para inmigrantes, que tuvieron dos hijos sabras —como se conoce a los israelíes entre los judíos— y que luego se separó. Es dibujante, creador de la Academia del Cómic. Volvió en estos días a Moisés Ville no sólo porque es su tierra natal, sino para que sus hijos reconocieran sus orígenes.
—Moisés Ville le salvó la vida a miles de personas en el pasado —dice. Entre ellas, su abuela Ester, que en materia de idish fue su primera traductora, “mi Duolingo”, bromea.
¿Cómo encontraste el pueblo?, le pregunto.
Marcelo da un largo respiro. Afuera, el sol empieza a esconderse tras los campos de soja de estas pampas. Una bandada de pájaros atraviesa la luz de la tarde. Me devuelve la mirada desde el otro lado del pasillo y responde:
—No es Volver al Futuro. En la calle donde vivían los Fritzler, ahora hay gente que no conozco. La casa de los Rubin está vacía. En ciento veinte años, tres generaciones nos fuimos mudando de país y de continente. Mis bisabuelos y abuelos vinieron de Grodno [en Bielorrusia], Alemania, Ucrania, Rusia y también de Bialystok, en Polonia. Y yo me fui a Israel.
Y así será, acaso.
Quizá Moisés Ville esté condenada a desaparecer como pueblo “judío” en algunas décadas, cuando las últimas generaciones ya no estén más. Como desapareció la condición judía de Kamentez Podolsky, o del shtetl polaco de Zamość, o del barrio Bataween de Bagdad. O de la ORT.
Pero lo que nunca morirá es esta compañía trashumante, que va moviéndose de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de continente en continente, por los siglos de los siglos, llevándose a cuestas no sólo los Textos Sagrados, sino esa pulsión menos palpable que la Torá —pero igual de inasible— que es la de constituir familia.
Quizás por eso, nos empeñamos en seguir bordando ese tejido milenario que nos enlaza con Adán y Eva. El que nos hace visitar a hermanos, tíos y abuelas que nunca hemos conocido, y que en cualquier parte del mundo se convierten de inmediato en familia. No “como familia”, sino familia. Somos la familia de pájaros que surca el mundo y siempre tiene un nido donde encontrar sosiego. El nido que aún existe en la estación Palacios. El que sigue existiendo en Monigotes, en Las Palmeras y en Moisés Ville.
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Exequiel Siddig (Buenos Aires, 1974) es comunicador digital y periodista. Estudió Relaciones Internacionales (USAL) y la Maestría en Periodismo (Clarín/UTDT/Columbia). Trabajó como cronista, editor y/o guionista para la revista Ñ, Semana (Colombia), GQ (México), Newsweek Argentina, Miradas al Sur, Endemol y editorial Planeta, entre otros. Fue corresponsal en Israel, Tailandia, España, Rusia y China. Escribió artículos sobre cine, teatro, ciencias sociales, turismo y gastronomía. Co-guionó y condujo el programa “A Big Shtetl. Las huellas judías en Buenos Aires” (Canal Encuentro). Escribió el libro colectivo Voltios (ed. Leila Guerriero), y participó como actor de las obras “La tribu” y “La boda de Fanny Fonaroff”. Trabajó en estrategias SEO y desarrollo de contenidos de educación financiera en Nubank (EEUU, Brasil y Colombia). Actualmente es asesor de comunicación para empresas y speakers internacionales.
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