Eruv: cerrar la calle para abrir la casa

Eruv

Cuando cursaba el quinto año de arquitectura en la Escola da Cidade, en São Paulo, empecé a preguntarme cómo traer mi identidad judía a lo que producía. Fue en esa facultad, con su carga fuerte de historia del arte, que encontré el eruv. Desde entonces —hace ya seis o siete años— no dejé de estudiarlo: como práctica de interpretación del espacio urbano, como tema de mi maestría y también como una fiesta de barrio. Algo de eso conté en la tercera edición de MESA, el espacio de aprendizaje colaborativo de AJLA.

Un hilo, veinticinco horas

Eruv quiere decir «mezcla» en hebreo. Materialmente es un hilo de nylon, transparente, tendido entre postes, que cerca una porción de la ciudad. Durante las veinticinco horas del shabat hay una serie de trabajos prohibidos, y uno es cargar objetos entre el espacio privado y el público. El eruv existe para eso: para que, dentro de esa zona, se pueda salir de casa con la comida, un sidur, un talit, los tefilín, o un hijo que todavía no camina y va en cochecito.

Dicho así suena a tecnicismo. Pero sin eruv no hay abuelas con bastón, ni personas en silla de ruedas, ni madres con bebés en brazos yendo a la sinagoga en el día más comunitario de la semana. Las fotos que mostré son de Higienópolis, donde vive buena parte de la comunidad paulistana.

Cómo el judaísmo define el espacio

La ley distingue los reshut harabim, los espacios públicos: calles a cielo abierto que cruzan la ciudad de punta a punta, de unos siete metros de ancho y por las que pasan cerca de 600 mil personas por día. En São Paulo, la avenida Paulista. Y los reshut hayajid, los privados: cualquier espacio de unos 80 centímetros de altura y unos cuatro por cuatro amot de superficie.

Como esas dos categorías no alcanzan para describir una ciudad entera, los rabinos crearon otras. La que más me interesa es carmelit: lo que no es ni público ni privado. Una calle de barrio por la que pasan cien personas por día es carmelit. Y ahí está la clave: el eruv no cerca un espacio público —sería imposible—, cerca un espacio carmelit. Todo sucede primero dentro de la definición: hay una interpretación del texto y después una marca real en el tejido urbano. Las leyes judías viven en esas brechas: cómo hago para que aquello que importa a mi comunidad —seguir juntos, seguir perteneciendo— pueda suceder. Hay una idea de Borges que me acompañó toda la clase: algunas cosas, por implicar destinos, ya son poéticas. El plano de una ciudad, por ejemplo.

Dos postes y un hilo

Físicamente, el eruv es un tzurat hapetaj: forma de puerta. Dos postes bien pegados a los muros de las construcciones, uno en cada vereda, y un hilo que los une por arriba. Si queda una abertura de más de dos metros, ya no vale.

En la sobremesa de MESA, uno de los participantes desplegó la lógica: ¿qué tiene una casa? Cuatro paredes. Una pared con una puerta sigue siendo una pared; y una pared hecha de una puerta al lado de otra puerta, también. Entonces dos postes y un hilo son una puerta, muchas puertas son una pared, y cuatro paredes son una casa. Y una casa tiene una sola cocina: por eso, cuando se instala un eruv, la brajá que se dice es la de la comida. Suele ser una caja de matzá —es kasher y dura mucho— guardada en un lugar al que toda la comunidad tiene acceso. No es que mi casa se vuelva pública: es que todas nuestras casas pasan a ser un mismo espacio.

El caso extremo es Manhattan. La isla entera es un eruv, pero sus avenidas son claramente reshut harabim. La solución: una vez al año, de madrugada, se coloca un tablado de madera enorme sobre uno de los puentes, y durante dos minutos la isla se cierra como una puerta. Es, literalmente, una instalación.

Todos los viernes a la mañana alguien recorre en moto los eruvim de la ciudad para verificar que ningún hilo esté cortado: para eso está el nudo de cinta. No hace falta ser judío para hacerlo. A la tarde llega el mensaje al grupo de WhatsApp: el eruv está kasher para este shabat.

Marcar la ciudad sin ser hegemonía

El eruv es un hilo que casi nadie ve. Se confunde con un cable de teléfono, forma parte del paisaje. Algunos ultraortodoxos no lo usan porque lo consideran una burla a la ley, y buena parte de la comunidad ni sabe que existe. Yo crecí en una comunidad ortodoxa y sabía del eruv, pero nunca lo había mirado así.

Creo que esa sutileza tiene que ver con no ser hegemonía. Los católicos tienen catedrales; nosotros tenemos un hilo, y una mezuzá que se saca y la casa deja de estar marcada. Algo parecido pasa con las encruzilhadas en Brasil: marcas mínimas que sacralizan la ciudad y que reconoce solo quien sabe. El espacio público es siempre un espacio de conflicto: qué memoria se preserva y qué memoria se superpone a otra. En São Paulo, Liberdade es considerado un barrio japonés, pero se levantó sobre un barrio negro demolido y borrado. En MESA, alguien observó algo que me quedó dando vueltas: ¡qué derecho tan pequeño e invisible es el que reclama la comunidad judía sobre el espacio público!

Y sin embargo el eruv también es poder. Para considerarlo válido, la comunidad exige que el municipio lo autorice: hay un contrato simbólico de alquiler del espacio público, por dos reales, renovado cada año y firmado por el intendente. El primer eruv de Brasil se instaló en 2012. Vale preguntarse qué comunidades pueden conseguir una firma así. Hay además disputas entre rabinos sobre qué eruv es válido —en Buenos Aires, sin ir más lejos— y conflictos con vecinos no judíos, en Estados Unidos o Londres, que ven en el hilo una marca religiosa sobre un espacio laico.

Artistas que caminan la frontera

Sophie Calle fotografió los eruvim de Jerusalén: hilos finísimos que delimitan el paisaje, hasta acá sí, hasta allá no. No son apenas un objeto artístico: hay una intervención directa en la vida de la gente, porque el hilo es físico y la creencia también.

Francis Alÿs recorrió a pie la frontera entre Israel y Palestina con una lata de pintura verde agujereada: aquella línea trazada alguna vez con un lápiz verde sobre un mapa, ahora caminada, con su topografía y su gente adentro (The Green Line). En When Faith Moves Mountains, una fila de personas con palas corre una duna algunos centímetros en Lima: la fe de que juntos podemos mover algo. En Paradox of Praxis empuja un bloque de hielo por Ciudad de México hasta que se derrite, usando el espacio público sin utilidad ninguna; queda una marca de agua que después se evapora.

El eruv y muchas prácticas de la diáspora comparten eso: la voluntad de dejar una marca que también sabe desaparecer. Convertir el espacio en lugar. Makom es uno de los nombres de Dios y quiere decir, justamente, lugar.

La fiesta del Bom Retiro

Todo esto llegó también a una fiesta. La Casa do Povo nació en 1946: sobrevivientes de la Shoá y judíos que habían huido de Europa entendieron que la mejor manera de honrar a los muertos era un monumento vivo, un edificio donde la cultura fuera la celebración. Hubo teatro, una escuela de vanguardia —la Scholem Aleichem— y un periódico en ídish que durante la dictadura fue un camino de noticias: en portugués la censura las reemplazaba por recetas de cocina, pero en ídish la noticia quedaba. Desde 2010 la Casa volvió como institución cultural, ya no solo para los judíos sino para Bom Retiro: barrio de italianos y portugueses, después de judíos ashkenazíes, de coreanos, y hoy de bolivianos y paraguayos.

Desde 2022, la Casa do Povo propone una lectura secular del concepto y organiza ERUV, una fiesta hecha por el barrio. La calle se cierra parcialmente, se arma una mesa larguísima y se sirve un tcholent enorme —de carne o vegetariano— para todos. Cada colectivo define qué es el descanso: hacer teatro, un círculo de lectura en ídish, cantar. La comida es lo que instaura el eruv: al compartirla se establece un territorio común.

Este año, la quinta edición sucede el 21 y 22 de agosto y coincide con los 80 años de la Casa do Povo (programación completa acá). A mí me sirve para pensar que un concepto judío puede salir de la religiosidad y ponerse a prueba en la producción cultural, en el territorio, en el arte contemporáneo. No solo dentro de la comunidad judía, sino con todas las comunidades que hacen parte de nuestras ciudades.


Esta nota surge de MESA #3, dictada el 5 de agosto de forma virtual. MESA es un espacio de aprendizaje colaborativo e intercambio para artistas y profesionales de la cultura de América Latina con vínculo con lo judío: en cada encuentro alguien comparte una enseñanza surgida de su investigación, y después se abre una sobremesa de conversación. El único requisito para participar es el compromiso de compartir los propios saberes en una próxima edición. La clase completa, junto al intercambio con los participantes, puede verse en el video que acompaña esta nota. Inscripción a las próximas MESA: aj-la.org/mesa.

  • Tamara Crespin é filha de Luciana, que é filha de Dora, que é filha de Trena – que nasceu no shtetl de Lódz, mas morou no Bom Retiro, São Paulo. Desenvolve uma prática transdisciplinar situada entre produção cultural e processos editoriais, com ênfase nas relações de diáspora e memória judaica, literatura e arte contemporânea e as disputas simbólicas dos territórios urbanos.

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