Detrás de una vidriera del tranquilo barrio de Durazno de la Ciudad de México relucen unas papayas de neón naranja. Es una instalación lumínica del mexicano Alejandro Glatt, la misma que fue vandalizada en la Semana del Arte por activistas propalestinos y que ahora se muestra orgullosa junto a un cartel en letras hebreas y sin lugar para interpretaciones: Am Israel Jai, el pueblo de Israel vive.
“Nos rompieron y nos pueden querer apagar, pero unidos somos fuertes” es a todas luces el mensaje de Diáspora, la exhibición de arte judío —así figura, gigante, en la invitación— que se completa con obras de las artistas Mónica Czukerberg, Pola Lobatón, Raquel Cheja y Kimy Kalach y el célebre Pedro Friedeberg Z’L, nacido en Italia en 1936 y fallecido hace apenas días en su hogar de San Miguel de Allende, Guanajuato. [Para quienes no conozcan la obra de Friedeberg, cuya silla-mano fue calificada por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura de México como “un ícono eterno”, recomendamos Pedro, documental de Liora Spilk Bialostozky que puede verse en Netflix].
Distintos imaginarios vinculados a la identidad y la cultura popular judía se repiten en pinturas y obras tridimensionales que los artistas describen como Joyful Jewish Art, arte judío alegre. “Muchas familias tienen las mismas piezas de judaica, muy estándares, y en Israel se empieza a ver un arte muy oscuro y difícil. Pero el arte judío no tiene por qué ser sobrio ni triste; nosotros somos mexicanos, alegres y coloridos”.


En Diáspora no solo hay papayas. Hay un Jai hecho de mostacillas. Una pintura donde una mujer soldado con pinta de Lara Croft posa frente a un tanque que resguarda el Muro de los Lamentos. La Estatua de la Libertad flameando una bandera con la leyenda Zion. Una mezuzá con mapas de Israel, un decálogo de «el camino a la paz verdadera» y el sticker «I 💙 Jewish Girls». Entre estas imágenes, las obras de Friedeberg se elevan como tótems que validan el camp y la saturación visual pero operan en una frecuencia distinta.
Si unas configuran una suerte de manifiesto frontal donde la iconografía pop afirma su lugar en el presente —un lugar del campo político-cultural bien específico, sobra aclarar—, la sofisticación ornamental del maestro mexicano parece observar las disputas de sentido desde una distancia mística y atemporal.


De cualquier modo, la mayoría de las piezas de la exhibición son de Glatt. ¿Cómo llegó a enarbolar la misión de reinventar el imaginario visual judío?
El guión de su biografía tiene giros inesperados: “Fui a una escuela judía y participé de un programa de un año en Israel —responde Glatt desde la Ciudad de México—, pero cuando volví lo puse a un lado. En cambio, me fui a vivir a Tulum, aprendí sobre culturas ancestrales y empecé a hacer pirámides mayas hechas de fruta. Hasta que me topé con un libro que me habían regalado para el Bar Mitzvá y me di cuenta que estaba batallando por encontrar respuestas en otras culturas, explorando en los lugares equivocados.”
Glatt compró un boleto de ida a Tel Aviv. Allá comenzó a estudiar Torá con otros inmigrantes latinoamericanos y vincularse con la escena artística local. “El 6 de octubre de 2023 —sigue— inauguré una exposición sobre la festividad de Sucot, me fui a dormir y me desperté al día siguiente con las alarmas. Regresé a México casi a la fuerza, obligado por mis padres, pero se me prendió el foco y dije: soy un artista judío. Al llegar creé la plataforma Jewish Artists Together con la que hicimos una subasta para donar una ambulancia a Hatzalah. Desde entonces, viajé a Art Basel Miami, NYC, Costa Rica, Brasil y Argentina exhibiendo mis piezas y platicando sobre qué significa ser judío y cómo fue para mí estar el 7/10 en Israel. Ahora, como parte de la Bienal de Arte de Jerusalén, estoy organizando un viaje a Israel para jóvenes artistas de la diáspora para crear, aprender de otros artistas y hacer voluntariado”.
La exposición Diáspora puede verse hasta el 18 de marzo. Para entender su contexto y el lugar simbólico que ocupa, hay que comprender su génesis. Por eso, Alejandro Glatt narra el proceso creativo en siete pasos.


- SALIR A LA LUZ:
Me invitaron a hacer una exhibición en la sala de la Alcaldía M. Hidalgo (donde está el barrio de Polanco), a propósito del Día de Conmemoración del Holocausto. Es una galería de dos pisos y había solo tres semanas de antelación, pero acepté: que yo sepa, era la primera vez que se mostraría arte judío en un espacio público en la ciudad. Y aunque muchas organizaciones de la comunidad dicen que hay que mantenernos en un perfil bajo y no llamar la atención, intento romper con esa idea de que lo judío solo debe ser puertas adentro.
- ROMPER LA BURBUJA:
Muchísima gente visitó la muestra, especialmente en la Noche de los Museos. Tanto judíos como no judíos. Todos hacían preguntas con mucho interés. No recibí nada de odio, ni siquiera en Instagram. Sentí que el antisemitismo había sido una moda que creció durante la guerra y que ya pasó, “ya no les importamos”. Y pensé que era un increíble gusto poder sentirnos tan seguros de compartir arte judío en un espacio público.
- NO SER BIENVENIDO:
Pero una semana después, yo participaba de un evento en la Semana del Arte con una instalación lumínica. Y un grupo de activistas la rompieron mientras aventaban sandías y papeles con mensajes bastante agresivos: que no soy bienvenido, que este no es un espacio para fascistas. Me asusté mucho. Afortunadamente no fui atacado físicamente, pero esas amenazas no se sintieron nada cómodas [María Andrea Araujo, quien lideró la acción, negó la acusación de vandalismo y afirmó que se trató de “una intervención artística iconoclasta contra un artista que apoya y perpetúa la violencia y opresión en Palestina”].
- DISPUTAR EL SENTIDO:
Compartí en redes lo que me pasaba. Dije que no me iba a quedar callado; no está bien normalizar ser vandalizado por ser judío. Surgió una ola impresionante de antisemitismo —comentarios ofensivos contra Israel, contra los judíos y contra todo—, gente de la comunidad empezó a responder, y se armó toda una batalla en mi Instagram. Y se volvió una bola de nieve.
- ABRIR (OTRAS) PUERTAS:
Y de lo malo surge lo bueno. Así como se me cierran muchas puertas, recibí un mensaje de Pola Lobatón, que tiene una galería a la calle en Durazno, una zona residencial donde hay muchísimas familias judías. Decía que les encantaría mostrar mi arte “porque somos judíos y apoyamos mucho lo que estás haciendo”. Es que en los grandes museos y ferias hay muchas manifestaciones artísticas sobre Palestina, pero los judíos que mostramos lo nuestro con orgullo somos pocos.
- REDOBLAR LA APUESTA:
Con Pola decidimos mostrar las piezas que me rompieron, pero también invitar a otros artistas mexicanos y mostrar todo este orgullo judío. Ese orgullo fue el hilo de la exhibición, y por eso, aunque todo lo que hagas como artista va a ser judío porque esa es tu identidad y tu manera de ver la vida, cuando sumamos a Pedro Friedenberg (uno de los artistas más importantes de la historia: mexicano, judío y mi artista favorito), de las cientos de piezas de él que teníamos a disposición seleccionamos las que tienen letras en hebreo. Nuestro arte representa nuestros valores, refuerza nuestro sentido de comunidad y nuestra noción de quiénes somos y dónde estamos como judíos. Siempre con un mensaje de paz, diciendo que solo queremos vivir en paz y tranquilos; solo que, después de tantos miles de años perseguidos y atacados, es momento de defendernos y unirnos.
- COSECHAR FRUTOS:
Como el Festival de Cine Judío de este año acababa de inaugurar y yo fui elegido para crear la identidad de este año, decidimos nombrar a la exposición “Diáspora”, igual que la temática del festival, e incluir en la muestra las piezas que hice para ellos. Todo se unió muy rápido, y aquí estamos solo una semana después inaugurando esta exposición.


Dedicamos este artículo a la bendita memoria de Pedro Friedeberg Z’L.
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AJLA es una organización independiente, apolítica y sin fines de lucro dedicada a consolidar una red plural de agentes culturales vinculados a la comunidad judía en América Latina e impulsar la industria cultural de la región.
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