Colonia Mauricio

¿Por dónde empiezo? Tengo un vínculo intenso con este libro de Alpersohn y, aunque trato de pensar otras formas de entrarle, más objetivas, más periodísticas, a todo le gana el dato genealógico: Marcos Mordejai ben Israel Alpersohn es mi trastatarabuelo. O sea, soy su chozno. O sea, es el tatarabuelo de mi mamá, o sea el bisabuelo de mi abuela, etcétera. 

Nació en 1860 en Lantzkroin (Kamenetz-Podolsk, Rusia) y en 1891 llegó a la Argentina con algunos de sus hijos y su mujer (mi trastatarabuela, cuyo nombre me falta —volveremos a esto más adelante—) a través de la Jewish Colonization Association (JCA), fundada por el Barón Mauricio de Hirsch. Se instaló en Colonia Mauricio, un paraje de lo que más tarde sería Carlos Casares, en la Provincia de Buenos Aires, donde vivió 43 años. Durante los últimos trece años de su vida pasó los inviernos en la ciudad de Buenos Aires, donde murió el 24 de julio de 1947.

Este libro de memorias, que Marcos escribió y publicó en ídish a comienzos de los años 20, narra la llegada de un grupo de inmigrantes (exiliados) judíos europeos a la Argentina de 1891, y cómo pasaron de comerciantes, artesanos, estudiosos, obreros o lúmpenes a ser los famosos «gauchos judíos», agricultores y ganaderos en este país perdido de la mano del Señor. Marcos era uno de los pocos intelectuales de su contingente (eran pocos los que sabían leer y escribir, mientras que Marcos ya se dedicaba al periodismo desde la Madrecita Rusia), y según deja entrever su relato, esto le dio muchas veces un lugar de relevancia entre sus vecinos, siendo vocero frente a las autoridades o redactor de cartas al lejano Barón. En sus memorias, Marcos habla como quien a veces fuera testigo y otras protagonista. 

Marcos es un buen narrador: un poco redundante a veces, pero dinámico, divertido, dramático. Dicho esto, lo que motoriza realmente al libro, lo que para mí le otorga un verdadero interés, es que no es complaciente sino todo lo contrario: es un libro opositor, una denuncia contra la JCA y sus burócratas, filántropos y mandamases, casi contra todos salvo el Santo Barón, que aparece en el imaginario de los colonos tan bueno en sus intenciones pero tan mal rodeado. Como dice el capo de Eliahu Toker, traductor y comentarista de Colonia Mauricio: «Alpersohn es el anti-Gerchunoff; su libro está escrito con furia; sus protagonistas no son idealizados ‘gauchos judíos’ sino inmigrantes de carne y hueso, colonos desgarrados en la dura lucha con una tierra, con un país y con una estructura nada piadosos».

Sigue Toker, «Colonia Mauricio es, para algunos de los principales críticos de la literatura idish argentina, la obra más importante escrita en esa lengua en estas latitudes». No tengo mucho punto de comparación, así que vamos a creerle a Toker. Lo que es seguro es que este libro, más allá de su valor histórico, funciona como novela. Y digo más: como novela épica. El barco cruzando el océano, el cautiverio sanitario en el Hotel de Inmigrantes, la tormenta que destruye el campamento, por mencionar algunas imágenes. Tiene asesinatos, dictadorzuelos, revoluciones, ¡bígamos!, debates talmúdicos. Además, tiene eso de novela decimonónica onda folletín, con capítulos que terminan en cliffhangers. Sin ser entretenida todo el tiempo, tiene puntos muy altos. Y el final es excelente: no se los pienso spoilear. 

Termino con un par de ideas y datos sueltos:

✦ El lugar de las mujeres en esta historia: hay muchas, pero rara vez tienen nombre. El colmo es el personaje de la esposa de Marcos, por ende, mi trastatarabuela, que aparece todo el tiempo y nunca con nombre. Lo voy a tener que averiguar por otro lado.

✦ Colonia Mauricio es el primer tomo de una trilogía; según Toker es el tomo divertido (no lo dice así, pero entendí eso). Tengo que leer los otros dos. Los tres están publicados por Editorial Prometeo.

✦ La comparación con Gerchunoff que propone Toker es un buen punto por varios motivos. Además de la tragedia constante que es Colonia Mauricio en comparación con la belleza y felicidad con chispas de drama de Los gauchos judíos, no es un dato menor que Gerchunoff escribiera en castellano, en el contexto del Centenario y el crisol de razas sarmientino, y que Alpersohn escribiera en idish, les hablase sólo a sus paisanos y se hubiera podido leer en castellano recién a fines de los años 80. 

✦ En busca de los restos de Colonia Mauricio visité Carlos Casares, el terruño del paisano Grobocopatel y el hogar del Estadio Ofelia Rosenzuaig, uno de los únicos dos de AFA con nombre de mujer en Argentina (el otro es el Eva Perón de Sarmiento de Junín), el único con nombre de bobe (la bobe de Grobocopatel). Aunque está lejos de la espectacularidad de Moisés Ville con sus cuatro sinagogas, quedan en Casares y alrededores algunos restos interesantes de la colonización judía en la zona. Lo que en el Google Maps figura como Colonia Mauricio es una calle rural con cuatro casas, una que es kiosco, y está cerca del cementerio judío de Algarrobos. En cambio, en Mauricio Hirsch (según mi hipótesis, la locación original del pueblo) se encuentra señalizada la casa de Marcos Alpersohn, en la calle del mismo nombre. No se puede visitar, no es museo, está habitada, lo que, observando el resto del caserío, es una buena noticia para su preservación. 

Lo último que voy a decir, por si algún inversor de riesgo lee esta reseña, es que ando en la búsqueda de productores que me financien la adaptación de Colonia Mauricio a guión de largometraje. Les prometo una peli carísima, tipo Killers of the Flower Moon de Scorsese, con un toque de Las uvas de la ira de John Ford.

  • Alejandro Schonfeld (Buenos Aires, 1986) es docente y guionista. Estudió Historia (UBA) y Artes Audiovisuales (UNA). Participó del Programa de Cine UTDT y del Talents BA. Dirigió el documental Último México y escribió La Playita (Historias Breves 18) y muchas series documentales. Su largometraje Un orden posible (junto a Laura Preger) se encuentra en etapa de postproducción.

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