“Dying
–Sylvia Plath
Is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.”
Anatomía de un suicidio es un drama contemporáneo que explora la estructura interna de una familia. Es también un espejo oscuro y astillado que nos devuelve la mirada a esos lugares donde el lenguaje ya no se sostiene y el cuerpo se convierte en campo de batalla. La depresión, como sabemos quienes la hemos estudiado —y acaso acompañado— implica una desconexión radical de la narrativa, la identidad y la posibilidad de vincularse con los demás. Una alienación de la vida en todas sus manifestaciones de goce. Sin embargo, paradójicamente, ahí también habita una forma cruda y oscura de gratificación narcisista. Ese refugio que puede volverse mortal.
Esta obra traduce ese estado psíquico a escena con una maestría casi quirúrgica. Con una dramaturgia afilada de Alice Birch (traducida por Paula Zelaya Cervantes), Anatomía de un suicidio despliega tres generaciones de mujeres —Caro, Ana e Ivonne— que transcurren simultáneamente, cada una atrapada en sus propios discursos, deseos y tensiones. Los subtítulos, que se deslizan de personaje en personaje, tejen un hilo que no sigue una línea recta, sino que avanza en cascada, marcando episodios clave de este linaje femenino que hereda una canción de cuna:
«Se fue el anzuelo, también la línea
al agua profunda.
No llores
a dormir, a dormir, a dormir.
Ya no hay anzuelo, tampoco línea,
ni tetera, ni agua, ni leche, ni luz.
La parte roja, la parte azul,
la parte quietecita.
No llores
a dormir, a dormir, a dormir.»
Ese canto aúlla mientras arrulla. Sostiene e hilvana lo que fue, lo que es y lo que podría ser cuando uno de los hilos se rompe y el vacío se instala en una jauría cuyo integrante la ha abandonado.
El ritmo sincopado de los diálogos —voces que rompen el tiempo y crean otro pulso— intensifica la tensión sin suavizar sus aristas. Lograr que el espectador articule lo que en esencia está fragmentado exige una precisión de relojero. El cuidado de lo frágil se convierte en una forma de conexión. Como si el director Cristian Magaloni tomara cada miembro de un cuerpo descuartizado y lo suturara con un hilo de seda. Una dirección que solo puede nacer de alguien que ha estado demasiado cerca de esos estados afectivos, que los ha vivido o ha caminado junto a alguien que los ha atravesado.

Las tres mujeres principales —Fernanda Castillo, Paula Watson y Diana Sedano— son monstruosas, en el mejor sentido: Caro, interpretada por Fernanda Castillo, es una figura enigmática, bella en cuerpo y presencia, con una voz que arrastra con su tristeza y llena el escenario de una intensidad hipnótica. Paula Watson despliega una destreza deslumbrante en el close-up: con un simple movimiento del rostro, su tono y el contenido de lo que expresa, logra transmitir más de tres cosas a la vez. Diana Sedano transita del agobio al éxtasis con una plasticidad estremecedora, capaz de mostrar el castigo propio y la excitación vital con la misma entrega. En ellas late la dualidad de Eros y Tánatos: la pulsión de vida que se enreda con la de muerte.
Los personajes secundarios —Amanda Farah, Montserrat Ángeles Peralta, Antón Araiza, Hamlet Ramírez, Santiago Zenteno y Lucía Ribeiro— se entregan con una generosidad que emociona. Sostienen y enriquecen esta disección dolorosa, ofreciendo matices esenciales y estando al servicio de lo que cada escena requiere.
La escenografía delimita con minimalismo los espacios físicos y psíquicos de cada mujer, enmarcando tanto su tiempo como su espacio interno y externo. La casa sobrevive, se hereda, y carga cicatrices invisibles, pero también preserva los árboles frutales que siguen dando vida. El simbolismo en el vestuario es certero: el rojo en Fernanda Castillo (Caro), el azul en Diana Sedano (Ivonne), el abrigo de piel de Paula Watson (Ana). También está el motivo de los globos, el columpio, la tina. Como en una disección, el cuerpo atraviesa distintos estados hasta alcanzar su máxima desnudez.
Anatomía de un suicidio no resulta fácil de ver. Pero a veces es necesario abrirse a verdades y medicinas amargas que, aunque duelan, también pueden curar. Gracias a este fabuloso equipo, encabezado por la producción de Ana Kupfer, que con atención minuciosa hizo posible una obra tan potente que el público no solo respondió con largas ovaciones. Desde los asientos intuimos que cada persona implicada dejó algo propio, algo que trasciende lo profesional y que no hay paga que lo retribuya.
En México se está haciendo muy buen teatro. Pero esto es algo más. Es un espacio donde se puede hablar y reflejar la salud mental con una honestidad descarnada. Un lugar donde el escenario permite asomarse a la desconexión, al trauma, a la depresión y, también, al permiso de anhelar la belleza de rearmarse, de renacer. Anatomía de un suicidio nos recuerda que, a veces, la creación —como decía Poe en The Philosophy of Composition— encuentra en la melancolía su materia más potente. Y que nadie sabe lo que puede un cuerpo, ni lo que puede un alma, cuando se le da el espacio para contarlo.
A veces me pregunto si devenir madre no es también una forma de morir, de desaparecer para renacer en el lugar del Otro. Quizá haya que cerrar aquí con la reflexión que atraviesa toda la obra: qué difícil es maternar cuando el equipo psíquico no es sólido. Hay que mirar con especial atención, no solo a quienes padecen en su salud mental, sino también a quienes, además, maternan.
CORTA TEMPORADA
16 de mayo al 22 de junio, 2025
Viernes y sábados, 19 h | Domingos, 18 h
Teatro Helénico | Av. Revolución 1500, Col. Guadalupe Inn, Ciudad de México
Boletos en helenico.gob.mx

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Sara Camhaji (Ciudad de México, 1986) es escritora, docente y mamá. Tiene una maestría en creación literaria, dos hijos y dos publicaciones liberadas; Maleza (Alboroto Ediciones, 2022) y No tomes fotos del paisaje, toma retratos y, si quieres, pon una vista de fondo (Elefanta Editorial, 2023). Fue becaria en el 2017 por Asylum Arts y ganadora de la residencia artística The Peleh Fund en Berkeley, California en 2023.
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