El festival judío más grande del mundo funciona cerca de Auschwitz

¿Y qué si dijéramos que existe un festival de cultura judía en Polonia desde hace 37 años? ¿Y qué si notáramos que ese festival se lleva a cabo apenas a 70 km de distancia de Auschwitz? ¿Y qué si descubriéramos que el festival fue fundado por un hombre nacido en un pueblito sin judíos y que él mismo no era judío?

Ese festival existe y se llama Festival de Cultura Judía de Cracovia (KJCF). En esta, la segunda ciudad más relevante de Polonia, antigua capital del reino entre 1038 y 1596, cada año se organizan más de doscientos eventos. Hay conciertos, talleres y conferencias; seminarios, exposiciones y arte callejero en vivo; fiestas con DJ, visitas guiadas y, el último día, la deslumbrante “Bicicleteada por los vivos” (Ride for the living), en donde decenas de personas cubren el espacio entre el antiguo campo de concentración Auschwitz-Birkenau y la sede del evento.

Cada año, 30.000 personas de todo el mundo vuelven no solo para escuchar la música judía —antigua y contemporánea— más refinada de la actualidad, sino a encontrarse en lo diverso del judaísmo.

Por el escenario de la calle Szeroka, en cuya espalda se erige la Vieja Sinagoga del siglo XV, pasaron enormes músicos. Nominados o ganadores del Grammy, como los norteamericanos David Kracauer (clarinetista) o Frank London (trompetista); el derbakista marrocano-israelí Shlomo Bar; la cantante de origen iraní Liraz (que en 2023 cantó en farsi) o el fabuloso Bastarda Trio de Polonia, que en la última edición presentó un disco inspirado en el legado de los nigunim, las melodías místicas sin palabras ni rezos, de tres dinastías jasídicas.

El proyecto de Ravid Kahalani, Voices of Yemen, en la última edición del Festival. Foto: Michal Ramus.

La mayor celebración judía del mundo

El festival no es sólo música, aunque esta sea su principal apuesta. Participé del festival como espectador en 2023 y quedé alucinado. Por la fuerza en la celebración de la vida judía. Por la naturalidad con que la expresión artística e intelectual judía chispean en Polonia.

En 2024 volví como invitado para hablar sobre cine judío argentino contemporáneo en el Jewish Community Center de la ciudad, que preparé -nobleza obliga- con la ayuda del libro Un judaísmo propio y de su autora, Débora Kantor, especialista en el tema.

Fundado en 1988, un año antes de la caída del comunismo en Polonia (el 4 de junio del ‘89 fueron las primeras elecciones), el KJCF se fue transformando de un pequeño evento que conmemoraba el pasado judío en el país a ser la mayor celebración mundial de la cultura judía contemporánea de toda la diáspora.

Este año se celebrará entre el 24 y 29 de junio la 34ª edición del festival. Este video es una pequeña muestra de lo que allí acontece:

Janusz Makuch: el fundador que no tenía la marca de Abraham

El origen del festival tiene un mito viviente: la obstinada curiosidad de Janusz Makuch, un polaco que habiendo nacido no judío en Puławy, un pueblito cercano a Lublin (de donde también era oriundo el gran escritor judío polaco-argentino Simja Sneh), se reveló contra el olvido y asumió la herencia de los tres millones y medio de judíos que gritaban desde las fosas del tiempo y las ausencias negadas en su propio shtetl.

El escenario del festival en 2023. Foto: Michal Ramus.

“En Puławy —cuenta Makuch, ahora sentado en el bar Cheder del barrio judío de Kazimierz, donde se celebra el festival—, conocí a un hombre muy sabio que había nacido antes de la Primera Guerra Mundial y, por suerte, no era antisemita. Sabía mucho sobre los judíos de mi ciudad natal porque, antes, al menos el 30 o 40 % de la población de Puławy era judía. Cuando mencionó la palabra «judío», para un joven como yo, tan interesado en la historia de su pueblo, fue un shock.”

—¿Por qué?

—En mi escuela me enseñaron que las víctimas de los campos de concentración eran ciudadanos polacos; nadie mencionó que fueran judíos. Lo cual también era cierto: los judíos eran polacos. Pero nunca me hablaron, por ejemplo, del levantamiento del gueto de Varsovia, que fue el primer levantamiento contra los nazis en la Polonia ocupada.

—¿No había rastros de la historia judía en la educación escolar?

—No. Cuando llegué a Cracovia en 1980, con 20 años, tomé una decisión inmediata: tenía que encontrar este lugar, ¡este barrio judío de Kazimierz! Sabía que Kazimierz aún existía, pero desconocía sus condiciones. Para entonces, estaba completamente abandonado y era peligroso, casi sin rastro de la vida judía que alguna vez se había desarrollado aquí.

—¿Y el casco antiguo? Porque está a la vuelta de la esquina.

—¡Sí! Toda la ciudad existía porque, gracias a Dios, Baruj Hashem, no fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial. El gueto se construyó al otro lado del río, en Podgorze. ¡Tan vacía estaba! Calles vacías, casas vacías, ventanas cerradas en shabat, oscuridad, ninguna señal de presencia, ninguna luz, nada. Poco a poco fui conociendo a judíos cracovianos que eran básicamente supervivientes que sobrevivieron milagrosamente, todos ancianos. Entonces pensé: este es el fin.

—Lo que obviamente no ocurrió.

—Claro, porque también conocí gente de mi edad, de 20 a 25 años, algunos judíos, otros mitad judíos, otros un cuarto judíos y el resto nada judíos, como yo. En algún momento, llegamos a tener un minián. Así que empezamos a aprender el alfabeto hebreo, la historia de este increíble lugar llamado Kazimierz, donde los judíos han vivido durante 800 años. Eso creó esta profunda cultura actual.

—¿Qué representaba Kazimierz para la vida judía en la Polonia medieval?

—Por un lado, grandes intelectuales: teníamos al rabino Isserles (ReMu), y por otro al renombrado cabalista del siglo XVI, Nathan Spira. En el siglo XV, cuando los judíos fueron expulsados ​​de España y Portugal, no muchos aunque sí unos pocos, encontraron su lugar en Cracovia.

Pero luego, cuando descubrimos la multiculturalidad de los judíos seculares que vinieron a posteriori, comprendí que estos habían desempeñado un papel muy importante en la construcción de Cracovia. Arquitectos, abogados, escritores, médicos.

Así que me dije: «Un momento: soy polaco y acabo de descubrir la cultura judía. Y esta cultura es mi cultura. ¿Cuál es la diferencia? Estas personas sentaron los cimientos de mi propia identidad». Desde allí, comenzó un proceso. Y luego tuve suerte.

Janusz Makuch toca el shofar en el escenario del festival en 2023. Foto: Michal Ramus.

El barro en el que está hecha la fiesta

—Tengo la sensación de que esto no es solo un festival. Ayer empecé el día cantando en idish, en un taller de canto, y terminé el día antes de Shabat cantando en árabe en una especie de hangar convertido en teatro.

—Creo que fue en 1994 cuando finalmente me di cuenta de que el festival aquí en Cracovia, en Polonia, un suelo lleno de sangre y cenizas, no podía ser simplemente una colección aleatoria de eventos culturales. Cualquier idiota puede hacer eso.

Aquí, si se quiere rendir homenaje a las personas asesinadas, si se quiere reconocer a quienes vivieron 800 años, hagámoslo de una manera más sofisticada. Lo que significó que el festival se haya convertido en un proceso infinito.

Hay una frase en el Talmud: «No soy yo quien terminará (lo que he iniciado)». ¿Qué significa? Por un lado, que estoy presenciando la tercera generación. Tenía 28 años en 1988 cuando organicé el festival durante el régimen comunista; no pensé en las consecuencias porque pensaba en mi vida y en mi amor por la cultura judía.

Ahora tengo 64 años. Durante este tiempo nacieron mi hija y mi hijo, y trabajo con jóvenes que tienen 20, 22 años. Les digo: esto no es un festival, es algo mucho más profundo. Como dice la Torá: L’dor vador, de generación en generación.

Por otro lado, el objetivo principal no es cuántas personas podemos reunir cada año. No es una cuestión matemática, sino ética: qué tipo de personas reunimos.

Hebrew Tangos / Warszawskie Combo en la última edición del Festival. Foto: Michal Ramus

—En ese sentido, ¿cómo definen el line up?

—Cuando pienso en quién debería participar, tengo en mente dos aspectos. Primero, el mensaje: lo que enviamos al mundo debe provenir del más alto nivel intelectual y artístico, porque provendrá de una fuerza más pura y poderosa. ¡No intentes ser judío: selo! No son el hombre o la mujer quienes cambiarán el pasado, nadie puede hacerlo. Aquí están en una bella ciudad, junto a una cálida chimenea, escuchando música klezmer y comiendo guefilte fish. ¡Mazel tov!

Desde que crucé la puerta de Israel —en 1991— me enamoré del país y de la cultura que lo construyó. Entonces comprendí que la única respuesta al antisemitismo es centrarse en la vida judía.

No me digan “¡Nunca otra vez!” (Never again!), ¿de acuerdo? Tenemos un día al año para conmemorar la muerte: Iom Ha Shoá. El resto del tiempo mostramos al mundo que estamos aquí, que existimos. Nunca nos rendiremos, estamos construyendo nuestra vida para las próximas generaciones. ¡Midor Ledor!

Durante el concierto de MLDVA y Petra Nachtmanova en 2023. Foto: Michal Ramus.

El Rebbe de Puławy

Janusz habla con fruición. Hace pausas, gesticula con las manos y las cejas, cita la Torá. Los platos del bar Cheder van y vienen: huele a hummus, a tés importados en esta fonda en que predomina la madera y la luz tenue. Pero él -barba canosa candado, ojos transparentes- está tan activo en la conversación que parece incluso evocar en sí mismo, en su propia piel, a un rabino que viene del fondo de la literatura ídishe. Para sus presentaciones, usa una kipá de estilo marroquí negra con hilos claros, toca el shofar. En el pecho lleva colgada una chapita con un Maguen David y la inscripción hebrea “Juntos venceremos”.

—Janusz, ¿no naciste judío, verdad?

—Escuchame: hay mucha gente que no cree que yo sea judío. Baruj Hashem, yo soy quien soy. “¿El joven Janusz Makuch, que organiza el festival judío más grande del mundo, es un goy? ¡No, eso es imposible! Su madre no era judía. ¡Qué interesante! ¿Y su abuela?»

Me da igual, yo soy quien soy, Baruj Hashem. El rabino Meshulam Zushia, de Annopol, un tzadik, dijo: «Cuando muera, no me pregunten si fui Moshe Rabenu; pregúntenme si fui Zushia. Me preguntarán si fui yo mismo, así que aquí estoy».

No tengo que demostrar nada. Mi corazón pertenece a Jerusalem, mi alma pertenece a Israel. Ani Yakir Israel (soy Amigo de Israel): el Estado de Israel me reconoció con este título honorífico.

—¿Cómo te definirías?

—Lo he pensado muchísimas veces. Sé que desde hace casi 1000 años no vivimos juntos, sino codo con codo con los judíos polacos, ¿verdad? 3,5 millones de judíos polacos. De repente, después de la Shoá, hubo un mishigue como yo que se definía como judío polaco, así que eso es lo que soy. No preguntes por mi nombre.

Cuando Moisés le pregunta a Dios, Él responde: «¿Por qué me preguntas por mi nombre? ¡Soy el que soy!». Así que, estando a la sombra de Hashem, solo puedo repetir: no me preguntes si soy judío o no, mirá lo que hago y dejame en paz. Zéu! ¡Fin!

Janusz Makuch presenta la 32ª edición del Festival de Cultura Judía de Cracovia. Foto: Edyta Dufaj.
  • Exequiel Siddig (Buenos Aires, 1974) es comunicador digital y periodista. Estudió Relaciones Internacionales (USAL) y la Maestría en Periodismo (Clarín/UTDT/Columbia). Trabajó como cronista, editor y/o guionista para la revista Ñ, Semana (Colombia), GQ (México), Newsweek Argentina, Miradas al Sur, Endemol y editorial Planeta, entre otros. Fue corresponsal en Israel, Tailandia, España, Rusia y China. Escribió artículos sobre cine, teatro, ciencias sociales, turismo y gastronomía. Co-guionó y condujo el programa “A Big Shtetl. Las huellas judías en Buenos Aires” (Canal Encuentro). Escribió el libro colectivo Voltios (ed. Leila Guerriero), y participó como actor de las obras “La tribu” y “La boda de Fanny Fonaroff”. Trabajó en estrategias SEO y desarrollo de contenidos de educación financiera en Nubank (EEUU, Brasil y Colombia). Actualmente es asesor de comunicación para empresas y speakers internacionales.

    Ver todas las entradas
Compartir