Arte: Una amistad encuadrada en blanco y negro

No, no es una comedia sobre arte contemporáneo. Arte, de la dramaturga francesa Yasmina Reza —ganadora del Premio Molière—, es una pieza que desde su estreno en 1994 ha recorrido los escenarios del mundo con enorme éxito, traducida a más de 30 idiomas y montada en teatros de renombre en Europa, América y Asia. Actualmente en cartelera en la Ciudad de México, esta versión —dirigida por Cristian Magaloni y producida por Kupfer Productions— encuentra en la amistad masculina su verdadero lienzo: uno lleno de fracturas invisibles, silencios incómodos y batallas de ego camufladas de conversación casual.

Sergio ha comprado una pintura por más de tres millones de pesos. Se aprecia blanca, sobre fondo blanco. Este gesto aparentemente banal desata una tormenta de desacuerdos entre tres amigos de toda la vida. No es una crítica al arte lo que se pone en juego, sino una crítica a sus decisiones, estilos de vida, parejas… en otras palabras: una crítica a sus apegos. Ninguno de ellos es especialista en arte, pero eso no impide que el lienzo blanco sirva como detonante de juicios cruzados. Lo que emerge es una triangulación de amistad que, básicamente, se sostiene hablando mal del que no está presente. A sus pasados cuarenta años, los personajes siguen buscando aprobación entre pares.

¿Qué clase de amigo no cree que sus amigos son especiales?

Fernando Bonilla, Alfonso Borbolla y Mauricio Isaac dan vida al trío protagónico con una maestría contenida. Hay tensión, hay desacuerdo, hay dolor… pero no gritos. Cada actor maneja su energía con inteligencia, haciendo que los quiebres sean más elocuentes que cualquier explosión. Mauricio Isaac encarna con precisión esa rigidez gestual que se funde con la intransigencia de su personaje Sergio. Fernando Bonilla, interpretando a Marco, aparece con una cazadora militar con la bandera de Alemania cosida al brazo: una elección de vestuario que revela mucho sobre lo que aspira a ser y cómo se representa frente a los otros. “Yo era tu novedad, tu Antrió, me gustaba tu mirada”, le recrimina en forma confesional a Sergio. Porque eso es lo que está en juego: ser visto como único, como excepcional. Ser tratado como si su existencia fuera una obra de arte en sí misma —singular, valiosa, inigualable. Por eso le duele tanto a Marco que Sergio tenga ahora otras figuras más grandes a las cuales admirar. Hay en su corporalidad una tensión contenida que hace eco de esas masculinidades heterosexuales formadas bajo el mandato de la autosuficiencia: hombres educados para no necesitar, pero que en el fondo están hambrientos de reconocimiento.

El trabajo actoral de Poncho Borbolla, en el papel de Iván, es especialmente destacable. Su personaje se atreve a moverse en el piano de distintas notas emocionales, buscando una armonía que nunca llega, hasta que la triangulación afectiva lo encierra en una esquina. El hecho de que aparezca con la mano enyesada y un cabestrillo realza esa fragilidad, la rectifica, la hace visible. Su interpretación es un despliegue técnico: su voz atraviesa la ironía, el desconcierto, el reproche, sin dejar nunca de ser precisa. Es el personaje más dispuesto a negociar con el afecto, y por eso mismo, el más desestabilizado cuando la conversación se vuelve juicio.

La escenografía de Jorge Ballina es otra de las grandes virtudes de la obra. Con marcos de luz blanca que se encienden y apagan, encuadra las escenas como si cada momento fuera un cuadro en sí mismo. El escenario, suspendido en un fondo negro, parece flotar en el vacío, acentuando un dejo de aislamiento. Es una escenografía astuta que no roba atención, pero subraya el sentido de cada escena milimétricamente. La iluminación, por su parte, acota los soliloquios con delicadeza, permitiendo que un personaje tome la palabra sin expulsar del todo a los otros cuerpos en escena.

Los trazos escénicos de la dirección de Magaloni son claros, sin adornos superfluos. Este minimalismo refuerza la tensión subterránea de una amistad que se tambalea entre el afecto y la competencia, entre el hábito y el juicio. En ese sentido, la obra también parece hacernos la pregunta de si la amistad entre hombres puede realmente sostenerse sin confrontar esos pequeños desprecios acumulados, esas humillaciones no dichas, esos silencios que se han vuelto rencor.

¿Pagaría tres millones y cachito por esa pieza? Definitivamente no. Pero cuando la obra termina, y esa pintura cuelga en el muro —como también cuelga nuestra historia compartida con otros—, hay algo que se vuelve visible. Yo sí noté diferentes tonos, además del blanco. No es solo el arte lo que importa, sino lo que somos capaces de proyectar en él. Y esa pregunta, ¿qué es arte?, se convierte en otra más inquietante: ¿qué somos capaces de ver en el otro cuando lo hemos dejado de mirar con complicidad?

Arte se presenta todos los miércoles a las 8:30 p.m. en el Nuevo Teatro Libanés, un espacio cómodo ubicado en Mixcoac, ideal para captar cada matiz interpretativo y cada transición luminosa.

  • Sara Camhaji (Ciudad de México, 1986) es escritora, docente y mamá. Tiene una maestría en creación literaria, dos hijos y dos publicaciones liberadas; Maleza (Alboroto Ediciones, 2022) y No tomes fotos del paisaje, toma retratos y, si quieres, pon una vista de fondo (Elefanta Editorial, 2023). Fue becaria en el 2017 por Asylum Arts y ganadora de la residencia artística The Peleh Fund en Berkeley, California en 2023.

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