Algunas familias solo celebran su judaísmo en las fechas importantes. No respetan shabat, tal vez no recuerdan cuándo es Pésaj, pero eligen honrar la tradición en momentos clave: el bris, el casamiento, el funeral. Es decir que cuando nacen, cogen y mueren son judíos. Y en el bar mitzvá, claro, ese rito de pasaje a la adultez. Aunque para esas familias que no respetan tanto, como la mía, también puede significar la puerta de entrada al judaísmo.
Yo quise hacer el bar por la fiesta y los regalos. Y, como decía Adam Sandler en sus primeros stand up: “Fue la mejor noche de mi vida, nunca gané tanta plata en un mismo día” —perdón por parafrasear, no encontré el video en youtube; en compensación les dejo su canción del bar mitzvah boy y, para las chicas, la comedia You are so not invited to my bat mitzvá, que está en Netflix—. Lo cierto es que no le di importancia al evento más allá de juntar a todos mis afectos en un lugar para decretar el fin de mi infancia, a pesar de que aún no había cambiado la voz y medía medio metro menos que mis compañeros. La fiesta tuvo de todo, incluso el drama: mis dos mejores amigos olvidaron ir y hubo que seleccionar nuevos BFF en el momento para completar la mesa principal. En las velas dedicadas a ellos, mentí que tuvieron un accidente de tránsito: “Pero están bien, por suerte”. Si no eran católicos, tal vez se acordaban de venir. Todavía somos amigos, pero desde aquel momento, mi galería de amistades curiosamente se empezó a llenar de judíos.
No fue planificado. Sucedió gracias a la canchita de fútbol del templo NCI que me tentaba después de mis clases de Talmud Torá. Una pelota llevó a la otra y al tiempo ya participaba de campamentos con personas que hasta el día de hoy son parte fundamental de mi vida. En su momento no comprendí por qué Matías me invitaba a su bar mitzvá, si apenas habíamos recitado juntos unas palabras en hebreo (de memoria y en fonética). Por puro compromiso tuve que invitarlo al mío, dejando afuera del festejo a amigos reales de los que hoy no recuerdo el nombre. Matías mencionó este dato como una jugada del destino, cuando hizo su discurso como testigo de mi casamiento, hace dos meses. Tal vez el bar mitzvá era más importante de lo que pensaba.

Nunca es tarde para hacer tu bat
En la película Between the temples (en HBO Max y Apple TV) el personaje de Carol Kane quiere hacer su bat mitzvá a sus sesentas. La idea le aparece después de rescatar del suelo de un bar a un borracho sensible que solía ser su alumno de canto. Ahora él es profesor de Talmud Torá y, aunque él se niega, ella insiste: nunca es tarde para conectar con sus raíces judías. Así generan una conexión profunda a pesar de la diferencia de edad, como una versión menos extrema de Harold and Maude (1971), la gran comedia existencial de Hal Ashby donde un adolescente con tendencias suicidas se enamora de una abuela llena de vida. Ben es un cuarentón deprimido que ha perdido su fe, al punto de entrar a una iglesia a preguntarle al cura qué onda ahí. No logra superar el duelo por la muerte de su esposa, hasta que encuentra en esa señora mayor el cuidado que necesita. El amor, a veces, tiene mejores respuestas frente a la muerte que la religión.
La película de Nathan Silver está dirigida de manera caótica, casi documental, lo que le otorga algo de realismo, como en el típico cine indie norteamericano, tan hijo de John Cassavetes. Y el tono de humor ácido y sensible se define por su protagonista: Jason Schwartzman es el punto medio entre la comedia y el drama. Está haciendo el camino inverso de los comediantes gorditos, que adelgazan a medida que alcanzan el éxito; Jason engorda y cada día es más gracioso (y actúa mejor). En Queer está excelente como secundario y acá encuentra un papel a su medida. Ben es el Jazán del templo, pero ya no puede cantar después de perder a su esposa. Al menos no las mismas canciones. Está perdido, no sabe quién es y hasta se ha quedado sin voz. Al gato del rabino le pasa exactamente lo opuesto después de comerse al loro: “Ahora sé hablar”.

El arte de discutir
El Gato del Rabino es una novela gráfica de Joann Sfar, un dibujante francés licenciado en filosofía. La saga comienza con El bar mitzvá, el primero de tres cuentos autoconclusivos escritos con elegancia y una gracia encantadora. El gato es irreverente, sagaz y está enamorado de su ama, la hija del rabino, pero cuando adquiere el habla le prohíben verla. El rebe quiere enseñarle Torá para educarlo y el gato (que tiene una respuesta para todo) exige antes hacer su bar mitzvá. Así podrá casarse con su ama, como un buen judío. El amor y la religión, otra vez entremezclados. Pero los gatos, como las señoras grandes, no pueden tener su bar mitzvá. “¿Por qué no?” El rabino no está seguro: deben preguntarle al suyo.
El rabino del rabino explica que el gato no puede hacer bar mitzvá por no ser humano. “¿Cuál es la diferencia entre humanos y gatos?” Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, explica el rabino del rabino. “Muéstrame una imagen de Dios”. Dios es palabra, sigue el rebe, pero este gato sabe hablar, y mentir: asegura que él es Dios y tomó la apariencia de gato para probarle que es demasiado dogmático. Cuando el rabino se arrodilla, el gato admite la broma. La conclusión del rabino es clara: no se puede confiar en gatos. El autor expone así argumentos teológicos con retruques filosos. El gato me recuerda a mi alter ego en mi novela Persiguiendo a Yosef, que cuestiona con lógica y escepticismo el paso a la ortodoxia de mi hermano mayor. Joann Sfar fue criado por un padre sefaradí y una madre asquenazí (justo al revés que yo), y se inspiró en el contraste con su familia religiosa para escribir su novela (justo como yo). También llevó al cine El Gato del Rabino y, curiosamente, yo ya tengo el guion de la adaptación de mi libro a película (que busca financistas). Jason Schwartzman sería perfecto para el papel de mi hermano Yosef.
Tres sobrinos entran a un bar
Justo este año, los hijos de mi hermano tendrán su bar mitzvá. Uno ya se puso Tefilín por primera vez y sintió cosquillas en el estómago. Pronto serán responsables de sus actos. En mi época eso era tomarme el bondi solo para ir al colegio secundario. En otra época cumplir trece años implicaba poder contraer matrimonio. A mí me costó la decisión de casarme, admití frente a los invitados de mi boda: “Porque yo te elegí hace tiempo —así empezaron mis votos—. Si nuestra relación fuera una persona, ya estaría terminando la primaria”. Entonces señalé a otro sobrino (hijo de mi hermana) y le pedí que se parara para ilustrar la edad de nuestra pareja. “Más que una boda, lo siento como nuestra fiesta de egresados”. Pensé en decir “el bar mitzvá”, pero mi sobrino no va a hacer el suyo. Nadie alrededor lo está incentivando y me pregunto si no será mi responsabilidad.
A mí tampoco me importaba el judaísmo a su edad y no sé cómo explicarle que, en retrospectiva, puede ser importante. Mi bar mitzvá fue el primer gran evento familiar después del funeral de mi mamá. Elegí dedicar la primera vela a ella, en vez de la última, para no cerrar con un drama (después venía una tanda de baile). Invité al que quisiera a encender la vela conmigo; y esa foto, con una multitud de ojos rojos rodeándome, es tal vez un indicio de la vocación que tanto tiempo me llevó descubrir: los dejé a todos llorando. Fue mi debut como escritor, aunque en ese entonces no lo sabía. Me gusta pensar que fue mamá quien me inició en el oficio de escribir.

Viaje al corazón de mi infancia
Este domingo fui de visita a Campo Chico, el country donde solía pasar de niño los fines de semana. Al terminar el asado pedí una bicicleta y salí a pedalear por mis recuerdos, después de treinta años. Muchos de ellos revivían a medida que atravesaba cada lugar, como si estuviera dentro de un sueño lúcido. En el playón vi el partido en que hice de pelota, porque no teníamos una, y a mis amigos empujándome de un lado a otro, hasta que pegué en el palo. La cancha de bochas había desaparecido, la de hockey ya no tenía el pasto quemado, pero el ombú estaba intacto, lo comprobé dando los tres saltos para subir hasta mi rama favorita. Dando el rodeo a las canchas de tenis apareció el frontón, hasta entonces perdido en mi memoria, y siguiendo el caminito llegué hasta la vergüenza de no obtener mi carnet de pileta (piojos) y al orgullo de tirar la bici, nadar un largo y salir corriendo mojado, el día del triatlón. Debajo del Club House apareció la columna donde picábamos para todos los cumpas y, subiendo las escaleras, la ladera donde hacía flexiones de brazos y comía pasto para jugar a ser esclavo de mis primos mayores. El atajo a través de los pinos ahora era ilegal (al fin construyeron en el lote abandonado), pero aún estaban de pie las tres casas que rodeaban a la de mi abuela, que ya no existía. Mejor así, que el pasado sea inaccesible: no quisiera ver a extraños viviendo en esa casa. En ese country había quedado mi infancia. Si no hubiera muerto mamá seguiría yendo al club, mis amigos serían otros y tal vez nunca hubiera conectado con mi judaísmo.
Esa noche me acosté triste, naturalmente, y agarré un libro a medio leer de mi mesita de luz. Amar es arder en preguntas, de mi amigo Iván Chausovsky, plantea sus inquietudes mientras él atraviesa un desamor. Los días después de esa pérdida fueron tan confusos como los del personaje de Jason Schwartzman. Estaban numerados y desordenados. Me recordó que el duelo no es lineal. Yo también ando como perdido, vacío y nostálgico estas últimas semanas. ¿Estaré duelando la luna de miel o el fin de la juventud? Según el bar mitzvá uno alcanza la madurez personal a los trece años, pero en aquel entonces la expectativa de vida era de 28 y ahora es tres veces más. Haciendo las cuentas, el pasaje a la adultez debería ser a los 39 y yo me casé cinco años después de eso. No soy tan inmaduro, después de todo. Pero no estaría mal tomar como despedida ese reencuentro conmigo mismo. Tuve una infancia feliz, podría vivir toda mi vida ahí, pero no es necesario seguir siendo el que fui cuando mamá estaba viva, para que me reconozca en caso de que regrese. Quizás esta nota sea una forma de reescribir aquella vela de mi bar mitzvá. Hasta que el próximo duelo me asalte por sorpresa, en algún momento, en alguna edad.

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Fernando Milsztajn es periodista, escritor, guionista y director. Hace una década realiza series de comedia; entre ellas las premiadas Un año sin nosotros, Gorda y El sueño del pibe. También colaboró en División Palermo (Netflix). En 2023 publicó Persiguiendo a Yosef, su primera novela.
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