Fin de análisis

En otras ocasiones, el implacable tic tac del reloj me crispaba los nervios, como si quisiera señalarme arteramente que la sesión estaba siempre a punto de terminar. Pero esta vez su sonido actuaba en mí de una forma distinta, como si me envolviera con una fuerza lánguida, arrulladora. Desde un rincón del consultorio, junto a montones de libros de lomo desollado, Freud me lanzaba una mirada adusta parapetado en un portarretratos ya ajado y herrumbroso.

Una voz, la de mi analista, desgarró el silencio pesado de la habitación: “Todo tu relato de hoy remite —dijo con tono grave, casi academicista— a tu profundo miedo a la muerte”. Con estas palabras, acaso una estocada final, concluyó la última consulta antes de mi inminente cirugía de cráneo, que estaba programada para la semana siguiente. Me levanté perturbado, casi furioso, mientras recordaba una cita de Bleger que mi madre, psicoanalista, pero de las poco ortodoxas, me había enseñado una vez: “Toda interpretación fuera de contexto es una agresión”.

Hacía un mes me habían descubierto un tumor dentro de mi cabeza, en apariencia benigno, aunque bastante hijo de puta porque no paraba de crecer y de comprimir estructuras vitales como nervios, glándulas y otras cuestiones por el estilo. ¿No era acaso sensato que el miedo a la muerte, o mejor dicho, a una muerte intempestiva (aunque la muerte, diría Levinas, siempre lo es), me estuviera consumiendo por completo? ¿Quién podría sustraerse a sus miedos más aciagos cuando está por entregarse a las manos de los cirujanos para que le remuevan una bola informe y escurridiza que trepida entre las cuencas y valles de su cerebro?

Las imágenes más umbrías me perseguían: mis hijas llorándome en mi funeral; mi rabino de la juventud caminando junto a mí los senderos del cementerio de la Tablada para elegir la lápida del granito más noble; mi cuerpo exánime sobre la camilla del quirófano y una etiqueta con mi nombre colgando del dedo gordo del pie. En el mismo dedo, pensaba, se solía hacer una pequeña incisión en la vieja Europa de mis abuelos para que un dibuk deshabitara al poseso. Aunque, en verdad, aún no había reparado en que era yo quien estaba siendo presa de una suerte de dibuk de la psique, un espíritu de pensamientos fatalistas. El destino inexorable de mi muerte se me representaba como en una revelación: si eso era lo único que podía vislumbrar, entonces era lo que habría de ocurrir.

Imágenes cedidas por Elián Stolarsky

Mi neurosis, azuzada por la embestida de un diagnóstico inesperado, me estaba haciendo tocar fondo. Debía buscar ayuda, pero —ya me había quedado claro— no la iba a encontrar en la mirada de Freud y de sus discípulos, que se empecinaban en señalar mis miedos atávicos desde su ufana poltrona de arqueólogos del alma humana. Hice entonces algo que pensé que jamás habría de hacer: me dirigí a la librería más cercana y con una avidez irrefrenable comencé a hurgar en los atestados anaqueles de autoayuda. “Prepárese para su cirugía”, “Gánele a su miedo”, “Controla tu ansiedad en tres pasos” (¿o acaso eran cuatro?), “Vive con esperanza”, “Cúrate a ti mismo”, entre otros títulos que los lectores del género habrán de conocer. Los nombres, prácticos e inequívocos, llamaban mi atención; me atraían con el poder inefable de un talismán. Eso era justamente lo que yo procuraba: un antídoto secreto para desbaratar mis miedos y gobernar mi ansiedad, por lo que tuve la intención de llevarlos todos. No estuve tan lejos, de hecho. Volví a casa con tres ejemplares bajo el brazo.

Esa misma noche, después de acostar a mis hijas, comencé a leer vorazmente: “Si usted tiende a sobrestimar los riesgos y a pensarse constantemente en peligro, es posible que esté padeciendo fantasías ansiosas”, decía uno de ellos, el de los tres o cuatro pasos. Recuerdo la dicha que me invadió al leer esa frase: jamás pensé que iba a sentirme tan venturoso al ser señalado (¡hasta diagnosticado!) como un sujeto con inclinaciones alucinatorias. Lo que leía quería decir que mis pensamientos eran sólo eso: especulaciones sin asidero; conjeturas de una personalidad típicamente rumiante y ahora, además, estremecida por las circunstancias. Las proyecciones de mi mente, insinuaba el autor, sólo vivían en el orden de las ideas —o mejor aún, de las fantasías—. Nada tenían que ver con oráculos de un destino fatídico e inapelable. No eran fruto del ingenio de un profeta, sino del desasosiego de un hombre aterrorizado.

Esas lecturas, que un tipo soberbio y prejuicioso como yo habría considerado estúpidas y superficiales en cualquier otra fase de su vida, me fueron apaciguando, brindándome ciertas armas para paliar los desvelos de esa semana incierta. Si esa era una sensación franca o si se trataba de una pantalla bajo la cual intentaba ocultar mi verdadero sufrimiento, no lo sé. Lo que sí puedo aseverar es que llegué al día de la operación, si no de ánimo apacible, de un modo más equilibrado y menos atormentado psíquicamente.

Pero la realidad es que cuando entré al quirófano, desnudo e inerme, todo mi ser a merced de los médicos, no pude evocar ni una sola línea de cualquiera de aquellos libros. Ni el de los miedos ni el de la ansiedad; ni siquiera el de la esperanza acudió a mi mente. Sólo oí la voz de mi padre, que en una conversación telefónica unos días atrás me había dicho: “No te olvides, a pesar de la incertidumbre, de que sos un hombre de fe“. Mientras esas palabras rondaban mis pensamientos, a punto de ser sometido a la dulce duermevela de la anestesia, lo entendí todo: no fantaseé con que las cosas iban a ir bien, con que no habría ninguna complicación ni contratiempo (¿quién acaso puede afirmar esto en cualquier instante de su vida?). Simplemente tuve la seguridad, la fe irrebatible, de que Dios estaba allí conmigo. No de un modo infantil o salvífico; de una manera más heterodoxa y, quizás por eso, más apacible para el alma. El Dios Viviente de Buber y de los profetas bíblicos ardía en la pulsión de vida que corría por mi interior como un río ígneo y que no concebía, no al menos de momento, dejar de fluir por sus caudales. Dios se encarnaba, en un sentido levinasiano, en los rostros y en las manos de los cirujanos que buscaban insuflarme un segundo hálito de vida.

Cuando el efecto de la anestesia se disipó y desperté, miré el reloj que repiqueteaba en el silencio frágil, crispado del quirófano. Comprobé que, ciertamente, habían pasado unas horas. Comprobé otra vez que su tic tac no me enervaba, sino que me envolvía con una cantinela dulce, como aquella última vez en el consultorio de mi analista. Acompasada por el tempo de su tañido, musité entre dientes una bendición hebrea: “Bendito aquel que cura a los enfermos”, una plegaria que probablemente conocía también el bueno de Freud. Pero esta vez no había una foto suya que me devolviera una mirada ceñuda. En cambio, estaba la mirada del cirujano, su semblante desnudo. Al oírme balbucear algo, se inclinó sobre mí y me preguntó si todo estaba bien. Le dije que sí y me devolvió una sonrisa en la que —estoy seguro— logré vislumbrar un destello de la sonrisa de Dios.


Jordán Raber se desempeña como rabino en la Comunidad Bet El de Buenos Aires. Colabora con distintos diarios y publicaciones gráficas y digitales. En 2025 publicó su primer libro de poesía, Alejandría Jerusalem(ed. Milena Noiland).

Elián Stolarsky vive entre Montevideo y Madrid. Realizó 17 exposiciones individuales en 5 países y en 2018 se convirtió en la artista más joven en realizar una muestra individual en el Museo nacional de Artes Visuales de Montevideo.

  • Jordán Raber se desempeña como rabino en la Comunidad Bet El de Buenos Aires. Colabora con distintos diarios y publicaciones gráficas y digitales. En 2025 publicó su primer libro de poesía, Alejandría Jerusalem (ed. Milena Noiland).

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