El Libro de Oro

Recortes, libros, fotografías, papeles de todo tipo que hacen parte de un archivo; a veces parecen apenas un rejunte destinado a desaparecer. Sin embargo, entre esas hojas amarillentas suelen esconderse objetos de un valor inestimable. Este libro del que hablaremos, de hecho, nació ya como una joya. Por algo lo llamaban el Libro de Oro.

La historia comienza en la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires. A mediados del siglo XX, toda sinagoga, escuela o parroquia tenía un libro en el que se registraban, renglón por renglón, los sucesos comunitarios vinculados a una persona. Corría el año 1951 cuando las mujeres de la Comisión de Damas de la Escuela Popular Israelita Domingo Faustino Sarmiento tuvieron una idea brillante: a cambio de una contribución para las arcas de su club social, el Max Nordeau, permitirían a los socios registrar de una manera muy peculiar una circuncisión, el bat o bar mitzvá, un casamiento o la obtención del título universitario de m’hijo el dotor

Así, hasta 1963 una generación de zeides y bobes incentivaron a que las damas con mejor caligrafía dejaran huella del orgullo familiar con adornos de tinta negra y dorada en un libro gigante. Hasta donde sé, ninguna otra institución produjo esta clase de registros como si se tratara de afiches a los que se destinaba no una línea, sino una página entera. Hoy este documento histórico se erige como una pieza de comunicación visual única, un Instagram colectivo y analógico donde se pasa revista a los momentos más relucientes de la comunidad. Un libro de oro. 

La joya en ídish

La otra innovación de las Damas es que el archivo está escrito íntegramente en ídish. Ese era precisamente el sentido por el cual los socios y socias del “club”, el Centro Literario Israelita y Biblioteca Max Nordau, elegían compartir sus vidas privadas en aquel libro. Se trataba ante todo de enlazar sus historias con las de sus antepasados, aquellos que habían traído esa lengua a Argentina y cuyo legado se proponían preservar. El ídish se constituyó, así, como una tecnología de pertenencia, un acto de resistencia cultural en un país que buscaba homogeneidad, que las identidades se fundieran en un crisol.

Aunque llevo dos años como bibliotecaria del “Max”, todavía no puedo leer ídish, pero sí apreciar el cuidado en los trazos del Libro de Oro, que refleja tanto el trabajo manual de quien escribía como las diferentes etapas que implicaba la escritura en cada página. Por caso, se puede llegar a distinguir el primer borrador en lápiz sobre el cual se aplicaba luego la tinta. Hay jerarquías tipográficas, misceláneas decorativas y letras con sombreados. Una verdadera joya de la artesanía.

Hoy hay socios y socias del Max que sí leen y escriben en ídish. Por eso, para recuperar esta obra no sólo fue imprescindible el trabajo de especialistas en el rescate de este tipo de documentos —archivistas e historiadores—, sino también la participación de voluntarios y voluntarias que se acercaron al club a traducir, como Delia Galagovsky de Reshes e Isaac Meschiany. 

Ahora, semana a semana, continuamos trabajando con Delia, que tiene 82 años, en la traducción de este y otros documentos en ídish que alberga el Archivo Histórico del Max. Este trabajo nos acerca tanto a las vidas que quedaron inscriptas en ellos, como a reforzar nuestra pertenencia a la comunidad maxnordense actual. Cuando nos sentamos juntas puedo ver la sorpresa o la alegría de Delia al encontrarse a familiares, amistades o personas que conoció desde que es parte del club. 

Una tarde, por ejemplo, nos encontramos con la inscripción de una de sus sobrinas: “Paie y Leizer Resches destacan la fecha del nacimiento de su nieta Blime Hinde Hirsch (19-2-64)”. Delia, que no pudo ni quiso disimular su emoción, sacó su celular y fotografió la página para compartir el hallazgo con su sobrina Blanca. De eso se trata también: de la pervivencia del legado.

Una voz vive

Delia no es la única persona que se emociona al abrir el libro. Como bibliotecaria, soy testigo de la alegría y la sorpresa en los ojos de tantas otras personas que encuentran los nombres de seres queridos, de conocidos o incluso de sí mismos, y así poder reconstruir el relato probable de una vida. 

También están los investigadores, que encuentran material para reconstruir las diferentes épocas de un club en el que se forjó una comunidad con pasado inmigrante y tradiciones que permitieron crear una identidad judeo-argentina en La Plata.

Cuando todo eso ocurre, entendemos el propósito de la labor cotidiana con este Archivo Histórico, un trabajo colectivo y heterogéneo que se sostiene y representa gracias a los socios y socias del Max. Preservar estos documentos es resguardar la historia común. Y sobre todo, es permitir que cada nombre inscrito deje de ser tinta sobre papel y adquiera nuevamente una voz.


Giuliana Vargas es bibliotecóloga, profesora y licenciada en historia. Trabaja como docente y coordina la Biblioteca y Archivo Histórico del Centro Literario Israelita y Biblioteca Max Nordau. 

La institución fue fundada en 1912 en la ciudad de La Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina) por  inmigrantes judíos de origen ashkenazi y que pertenecían al partido bundista, la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia. Se estableció como espacio de aprendizaje, formación y cooperativismo para continuar las tradiciones judías y la cultura idishista. 

Su biblioteca se conformó con publicaciones en ídish, hebreo y español, conformando un acervo especializado en historia y cultura judeo-progresista. La colección se complementa con el Archivo Histórico de la institución. 

Además, el Max desarrolla una intensa actividad cultural, deportiva y recreativa. En sus orígenes funcionó como escuela popular israelita, albergó el primer jardín de infantes de la ciudad y llevó adelante propuestas educativas no formales. En la actualidad, impulsa acciones orientadas a la difusión del judaísmo desde una perspectiva laica, la formación de un sentido crítico, la reivindicación de la memoria y las tradiciones tanto del pueblo judío como del argentino, la preservación documental, la promoción del entendimiento intercultural, la lucha contra la discriminación y la defensa de los derechos humanos.

  • Giuliana Vargas es bibliotecóloga, profesora y licenciada en historia. Trabaja como docente y coordina la Biblioteca y Archivo Histórico del Centro Literario Israelita y Biblioteca Max Nordau. 

    La institución fue fundada en 1912 en la ciudad de La Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina) por  inmigrantes judíos de origen ashkenazi y que pertenecían al partido bundista, la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia. Se estableció como espacio de aprendizaje, formación y cooperativismo para continuar las tradiciones judías y la cultura idishista. 

    Su biblioteca se conformó con publicaciones en ídish, hebreo y español, conformando un acervo especializado en historia y cultura judeo-progresista. La colección se complementa con el Archivo Histórico de la institución. 

    Además, el Max desarrolla una intensa actividad cultural, deportiva y recreativa. En sus orígenes funcionó como escuela popular israelita, albergó el primer jardín de infantes de la ciudad y llevó adelante propuestas educativas no formales. En la actualidad, impulsa acciones orientadas a la difusión del judaísmo desde una perspectiva laica, la formación de un sentido crítico, la reivindicación de la memoria y las tradiciones tanto del pueblo judío como del argentino, la preservación documental, la promoción del entendimiento intercultural, la lucha contra la discriminación y la defensa de los derechos humanos.

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