“Yo escribía libros con la idea de que fueran impublicables”


Desde su debut con Sandra hace ya veinte años (debut literario, aclaramos), Ariel Magnus ya publicó más de veinte libros, lo tradujeron a más de ocho idiomas y no parece detenerse, porque este año presenta Nazis y judíos y ganó un premio en España por Mentir la verdad (¿cerrando su trilogía nazi?). Así sigue traicionando al joven que fue, que se proponía no publicar jamás. Quizás para reconciliarse con aquella versión suya, anunció su renuncia a la literatura en Soy la Peste, la adaptación de un relato que firmó junto a ChatGPT, su inminente reemplazo. Aunque, conociéndolo, no habría que tomarlo tan en serio. 

“La vida es una tragedia vista de cerca y una comedia vista de lejos”. La cita de Chaplin calza justo en la historia de aquellos alemanes que, después de la Segunda Guerra Mundial, huyeron a las recónditas tierras de Argentina para terminar a las puteadas con los vecinos de arriba. De ironías como esa se nutre Nazis y judíos, el nuevo libro de Ariel Magnus, un escritor prolífico, gracioso y creativo que sabe observar el absurdo de la vida cotidiana. Aquí también se disfraza de periodista e historiador para relatar las múltiples aristas de la comunidad alemana que jugó un papel importante en el progreso de nuestro país, más allá de que nos sacaran del Mundial varias veces. 

“Con gente como mi abuelo surgió en Buenos Aires una Little Germany de características únicas, llena de tensiones y hostilidades internas, en el que los alemanes volvieron a vivir en un mismo espacio vital, puerta con puerta”, se lee en el libro, que da cuenta de esas comunidades paralelas. Su abuelo Heinz era un ieque (alemán judío que vive fuera de Alemania) y Ariel hizo el camino contrario, porque actualmente vive en Berlín; por eso en el libro se mezcla lo informativo con lo personal. Desde el acto que juntó a veinte mil nazis en el Luna Park hasta el partido de fútbol en el que su hermano se tomó revancha del Holocausto o la historia del Pestalozzi, el colegio donde estudió y al que regresó para presentar el libro. Allí, en una sala repleta (tuvieron que sacar las puertas para que vieran los de atrás), debió hacerle frente más de una vez a la pregunta clave: ¿Perón era nazi? Spoiler: es complejo. Para más información, compren el libro. 

¿Qué hallazgo te sorprendió más durante tu investigación? 

El espíritu de resistencia con que fue fundado el Pestalozzi me causó mucha impresión. Fue importante presentarlo ahí (era la primera vez que hacía algo desde que me egresé, hace casi 30 años), porque fue una revelación conocer la historia del colegio, de su lucha antinazi de la que ahora estoy bastante orgulloso. O sea, ahora te defiendo el colegio fuerte. De los tres eventos que hicimos por el libro ese fue el más importante. Los otros fueron en la Embajada Alemana y en la DAIA, que fue muy extraño, porque era medio formal, y no me sentí muy cómodo. 

Y también me impresionó descubrir El Sendero, la revista que sacaban los nazis en Argentina después del 45. Para dar real dimensión de lo que era me propuse agarrar un volumen al azar y escribir artículo por artículo, porque es una cosa increíble. Al final me la recortaron bastante, pero yo quería mostrar cuán nazis eran algunos alemanes argentinos en el momento posterior al Holocausto, porque no aprendieron nada después de la guerra. Eran los mismos que les enseñaron a otros y van a ser los mismos que están ahora, ¿no? No hay ningún progreso, ni se ha diluido. 

Según Nazis y judíos, ya en 1934 la Goethe izaba banderas con esvásticas en el patio del colegio y hasta obligaban a los alumnos a hacer el saludo nazi. Por esa razón, el periodista Ernesto Aleman sacó a sus hijos de la escuela y lo acompañaron cien personas más que luego fundaron el Pestalozzi. Heinz, el abuelo de Ariel, fue miembro de la comisión directiva. Y muchos años después, su hermano Ricky disputó aquel partido de fútbol once contra la Goethe, donde, como Maradona contra los ingleses, recuperaron el honor de su pueblo, ganando el cotejo e insultándolos al mismo tiempo.

En tu novela El desafortunado, escribiste sobre la vida de Adolf Eichman en Argentina en primera persona. ¿Cómo fue meterte en la piel de uno de los ideólogos del Holocausto? 

Lo más horrible fue leerlo, porque Eichman escribió un montón. Hay cosas que ni están publicadas, son manuscritos, y yo leí todo, también sus reportajes, interrogatorios… Y nada, es un cínico que se la daba de intelectual, de haber pensado el asunto, de estadista incluso, y era un hijo de puta…. como Mengele o Hannibal Lecter, viste, unos enfermos mentales totales. Entonces estar prestando atención a un tipo así te angustia, te preguntás por qué lo estás haciendo. Yo quería saber cómo un tipo así, más o menos articulado, no podía comprender lo que hizo. Y cuando entendí cómo pensaba me lancé a escribir y ahí cambió todo… realmente te podría decir que lo gocé. Escribir desde el punto de vista de un hijo de puta casi que me dio miedo, porque realmente me pude poner en su piel. Y mi próximo libro Mentir la verdad está libremente inspirado en Heinrich Jürges, otro cínico nazi, así que evidentemente los hijos de puta me salen con bastante naturalidad.

Nazis y judíos fue una propuesta que te llegó. ¿Es distinta la experiencia de escribir por encargo?

Traduje antes por encargo, obviamente, y en periodismo me han pedido notas. Me lo tomé como un trabajo… Era un tema muy amplio, por eso intenté recortar. El tema era sobre el judío-alemán, si tu padre era de Polonia, listo, no me interesa, porque en Argentina se mezclan todos. Me lo tomé con profesionalismo, leí un montón. 

Mencionabas en la presentación que querías posicionarte como historiador y la editora te pedía que te metieras más en el libro, pero te aburría hablar de vos mismo, ¿fue así?

El problema con la editora era que ella tenía un poco de miedo de que el libro fuera demasiado formal, y como lo primero que escuchó fue la parte anecdótica, quería que contara lo que yo sentía… y yo metí lo que pude. Yo no quería indagar mucho en mí porque no tengo cultura de psicoanálisis, soy más pragmático, me concentro en detectar defectos y tratar de solucionarlos, no en analizarme a fondo, digamos. Si la angustia no me deja vivir, lo haré… no sé, la pastilla para dormir me encanta que exista, pero nunca tomé, porque hasta ahora puedo dormir. Y esta falta de autoanálisis, cuando se mezcla con la escritura es interesante. Ser sincero me parece aburrido… no veo por qué tengo que estar desnudándome con cosas mías, porque puedo ser súper cruel conmigo mismo, de una crueldad gratuita e incluso injusta, entonces, ¿para qué? Prefiero ponerme en personaje. A mí me gusta mucho la ficción, ficcionalizarme a mí mismo también.

Sin embargo, me parecía que el libro fluía mejor cuando contabas anécdotas porque no tenías que citar datos ni bibliografía, y uno podía meterse de lleno en la ficción. 

Eso también tiene que ver con qué esperas del libro. Las anécdotas podrán fluir mejor y sonar literarias, pero son verdaderas. Pero después si me decís cuál es tu opinión sobre esto, ¿a quién carajo le importa qué pienso yo sobre si Perón era nazi o no? No soy historiador, no soy politólogo. Y no es que soy reservado, ni tímido, simplemente tengo suficiente experiencia como periodista y escritor para saber qué es interesante y qué no… entonces las anécdotas que investigué las amplío y utilizo recursos literarios para contarlas. Cuando soy traductor, yo te traduzco lo que lo que dice el original. No le agrego cosas mías. Y con la crónica lo mismo. Me da mucha vergüenza la gente que escribe sobre sí misma porque sí… Vos sos un buen ejemplo, por caso, porque tenés un libro sobre tu vida, pero lo que tenías para contar estaba buenísimo. Entonces ahí vale la pena. No sé si eso lo califica como literatura del yo. 

A mí me cuesta más detectar qué es interesante cuando escribo sobre mí mismo, porque hay que ser muy autocrítico, y la literatura del yo está asociada a un género menor. ¿Cuánto mejor disfrazamos lo biográfico mejor es el libro? 

Es una cuestión de cómo lo medís. O sea, yo soy de la vieja escuela: hay literatura autobiográfica y otra que no. Todos los inventos que hay en el medio son para absorberle a la novela su prestigio y vender mejor. Cuando hablan de novela de no ficción, ni ellos saben lo que quieren decir con eso. El problema es cuál es el parámetro en la literatura del yo. Hasta donde yo entiendo es casi previo a la lectura: acá hay alguien que me va a hablar de su vida. Yo, ante un libro en donde alguien me va a hablar de su vida, lo primero que siento es un profundo desinterés. A mí me gustan los libros de ficción donde la unidad, el interés, la atención, etcétera, están construidos en base a recursos literarios. Después, por supuesto, si quiero leer la biografía de Schumacher, la compro. Ahí el libro no se mide en términos literarios. Enseguida te tildan de elitista, pero la verdad que, si eso es ser elitista y bueno, habrá que serlo.

La cuestión es medir no solamente la calidad, sino el interés de un libro, y no de acuerdo la cercanía entre el narrador y el autor. Si vos querés analizar una novela en cuánto hay de verdad con respecto al autor me parece pobrísimo, no sé qué vas a aprender de eso. Por eso me encantan cosas de Aira, que te cuenta cualquier verdura, que con su vida no tiene un carajo que ver, pero es interesante y él aprovecha la idea que tenemos de que hay un autor detrás. Es una discusión de teoría literaria, que no sé cuánto incide acá. Yo lo discuto porque me interesa después confundirlos, me encanta agarrar la literatura y presentarla como si fuera de verdad. Mi libro Mentira la verdad es una autobiografía ficticia. Me encanta jugar con eso, pero para hacerlo tenemos que distinguirlos bien, marcar la diferencia. De hecho, me pasa al revés, yo meto muchas crónicas en mis libros de ficción. 

Los ieques de San Miguel tenían domicilio argentino, el corazón en Israel, pensaban como alemanes y tenían su cuenta bancaria en Suiza. También están los judíos de los tres días (solo en festividades importantes), ¿vos qué tipo de judío sos? 

Ah, ni siquiera de tres días. Hice mi Bar Mitzvá, terminé de abrir el último regalo y le dije a mi viejo: no voy nunca más al templo. Después volví, qué sé yo, pero en términos de religión, cero. Lo que sí, sobre todo desde que vivo en Alemania, empecé a interesarme más porque ellos tienen tan pocos judíos que, si viene uno y escribe, te meten en ese casillero. Y hacer chistes sobre judíos me encanta. 

Después qué es ser judío, la típica pregunta… en la novela de Jonathan Safran Foer Aquí estoy, que me gustó mucho, en algún momento explica que un judío es alguien que no va al templo, no cree en Dios, no educa como judíos a sus hijos, pero cuando se junta con otros judíos, si alguien canta el Hava Nagila se arma algo y están todos juntos. Yo vengo de una casa donde se festejaban cosas judías, fui a una comunidad, a majanot, hace poco me compré el Talmud y me gustaría escribir sobre eso… No me interesa en un sentido religioso, pero soy consciente de mi historia y evidentemente despierta algo en la identidad. Voy a decir una pavada, pero es como ser de River, no sé… 

¿Y cómo fue evolucionando tu relación con Alemania con el correr de los años?

Antes era más retraído, pensaba que eran todos nazis. Después cambió mi actitud, porque la primera etapa fui a estudiar y luego volví como escritor. De sufrir el idioma pasé a disfrutarlo. La autoridad y el gusto con el que escribo sobre estos temas es distinto. Al empezar el libro no era tan consciente de mi identidad tripartita, argentino-alemana-judía. Y después del 7 de octubre en Berlín cambió mucho también… hay que pensar a dónde vas y qué decís. Yo vivo en el barrio turco. Se volvió raro y no sabemos a dónde va.

Se cumplen 20 años de Sandra, tu primer libro, ¿qué recuerdo tenés de esos comienzos y cómo imaginabas que iba a ser tu carrera literaria?

Ese libro me lo publicó Juan Forn; él me buscó, porque le gustaba lo que yo escribía en RADAR. Le mandé el libro que estaba escribiendo, que se llama Relación, y me lo rebotó. Sandra fue el primer libro que escribí pensando en publicarlo. Para mi percepción de aquel entonces, me traicioné completamente. Básicamente me maté y pasé a ser otra persona, porque yo hasta los treinta años escribía libros con la idea no solamente de no publicarlos, sino de que fueran impublicables. No leía autores vivos, toda la industria editorial me parecía una mierda, no sé… tenía una visión totalmente negativa del quehacer literario de los autores. Y bueno, tuve que cambiar. Dije vamos a publicar, voy a tener que hacer las concesiones que haya que hacer. 

Siempre trato de recordar el abismo que hay entre no haber publicado y publicar. Es como cuando no manejás, que no te salen los cambios y sentís que nunca vas a dominar el sistema. Yo por lo menos tenía esa sensación, que estaba completamente fuera de mis capacidades llegar a publicar. Por más que he tenido un montón de libros escritos y todo… Después aprendés que publicar es solamente el primer paso, pero sin ese primer paso no arranca nada.

¿Algunos de esos libros los publicaste finalmente o todos quedaron inéditos? 

No publiqué ninguno. Ni los miré. Y están impresos. O sea, yo desde chico armaba los libros y los imprimía, todo. Pero desde que empecé a publicar, ya me zarpo para el otro lado, quiero publicar cualquier cosa… cualquiera que me pida le tiro libros por la cabeza y todo bien. Una forma de no tomar muchas decisiones: tomás una y decís listo, sigo por ahí.

Escribir es una ardua tarea. ¿Cuándo los escribías estaba convencido de no publicarlos?

Es que no era un divertimento, es lo más importante de la vida. Yo estuve por lo menos diez años, todos los días escribiendo libros. Y habré escrito 5 o 6, no sé cuántos, sin la idea de publicar, sino simplemente de hacer un buen libro. Con terminarlos ya era suficiente. Y los dejaba en el cajón… o sea, tenía ideas talibanes, y realmente lo pensaba para siempre. Siempre fui así, con mis ideas, de muy chico sé lo que quiero. Después, por suerte puedo cambiar, pero soy muy radical y no acepto ninguna autoridad más que la que yo mismo impongo. 

Ahora siento un inmenso placer físico cuando sé que un libro mío se va a publicar, son 24 horas de intensa satisfacción interna, es casi toda la alegría que me da un libro… después me gusta si hablan bien, no es que no, pero el único goce físico es ese. Igual creo que el único momento por el cual vale la pena hacer libros es el momento de la escritura… todo el resto, aún ir a recibir un premio internacional, ir a la televisión a hablar, no sé, esas cosas me parecen trabajo. No extraigo de eso el placer vital. Pensar un libro, desarrollarlo, terminarlo, eso sigue siendo el placer, como cuando era chico. Lo que sí ahora cuando me embarco en un proyecto trato de pensar en cosas que puedan interesarle a un editor, o sea me súper aggiorné… si mi versión de los veinte años apareciera me diría traidor… y sí, sí.

Muchos de tus libros parten de una idea muy fuerte, ya sea el de Los Redondos, el relato de Víctor Hugo, las Cartas a la vecina.  Incluso en Ideario Aira resaltás la importancia de las ideas, ¿ese suele ser tu punto de partida? 

Bueno, cada libro tiene un punto de nacimiento distinto. En el de Los Redondos, por ejemplo, era burlarse de la crítica literaria, básicamente. Escribir una interpretación de algo que sea completamente falsa, pero que parezca verdadera. O coherente. Simplemente pensar mal. O sea, eso lo une con el de Eichmann, un interés por gente que piensa mal, en su caso criminalmente. 

Yo lo compré para leer interpretaciones de las letras de Los Redondos, y te ibas a cualquier lado. 

Cualquier cosa, pero porque la primera idea fue hacer crítica aberrante, recién después llego a Los Redondos. Es como cuando escribí El Hombre Sentado, la idea era hacer el libro de una película, recién más tarde encontré Canciones del segundo piso. Y las Cartas a la vecina de arriba nace de una gran hija de puta que vivía arriba mío… cuando tuve la discusión en que la llamé para ofrecerle comprarle pantuflas, no sé qué mierda me dijo, porque además era bastante inteligente. Después apareció lo de la carta como medio… vienen las derivas. Así que cuando está la chispa, después viene el marco, y ahí sí, se vuelve un trabajo, pienso cuál es el contexto, el mundo en el que me voy a mover, de qué me nutro… y el día a día es agotar el tema, cada cosa que agarro, el ajedrez por ejemplo en El que mueve las piezas, quiero llegar al punto de que el que lo lea diga, puh, este tipo se dedicó toda su vida al ajedrez…

Sos muy obsesivo y estudioso de tus temas. 

Siempre fui nerd y no concibo otra forma… sí, me obsesiono, pero porque de eso primero extraigo y después quiero escribir desde un lugar de autoridad, decir cosas inteligentes, demostrar que estoy a la altura del tema, un poco como un periodista muy profesional, digamos. Yo trato de estudiarlo porque el lector se engancha más cuando está dentro de esa cosa, y cuanto más sabes de un tema, también más podés hacer con eso.

¿Fue evolucionando tu estilo con el tiempo? ¿Algún libro te enseñó algo distinto?

No, lamentablemente no. No siento que aprenda mucho. Siento que cometo siempre los mismos errores. 

¿Cuáles son? 

No, no te voy a decir.

Nadie está obligado a declarar en su contra.

Como que vuelvo a cosas porque me gustan y sé que es un error porque quizás no enganchan tanto, necesitan de un lector más atento, por ejemplo. 

Te enredás al ponerte en muy detallista sobre algo específico.

Me pongo demasiado intenso, o sea. Tengo una intensidad insoportable. Y me derivo, también.

Como cuando quisiste copiar todos los artículos de la revista El Sendero y te la recortaron. 

Bueno, eso, no te voy a poner un parrafito, te voy a poner veinte porque solamente así se entiende y debe experimentarse. No me importa cansar… o creo que no canso, que es peor todavía. Yo creo que aprendo igual, tampoco sé bien cómo, creo en mi intuición… aprendo en qué embarcarme y en qué no.

Hay un prejuicio de la literatura como algo serio, pero el humor está presente en toda tu obra. ¿Te moderás para no pasarte de gracioso? Uno a veces hace todo un rodeo para encajar un chiste. 

Es una lucha constante. Trato de seguir haciendo las humoradas que me parecen. La literatura nace en algún punto en el Quijote, así que no me jodan con que el humor y la literatura están peleados. Para nada, pero es verdad que el chiste que vos estás haciendo puede tener el mismo nivel que un chiste de publicidad o de programa de televisión. Vos le estás dando otro nivel por ponerlo en este contexto, pero hay que saber tacharlo. Bueno, a veces tengo buenos editores que me lo tachan, idealmente espero que ni se me ocurran. 

Claro, porque si aparecen es tentador, pero a veces no conviene.

El chiste aparece, el juego de palabras, la ironía, pero yo me lo tomo tan en serio que me tuerce la narración. Y yo quiero eso. Quiero que el humor me sirva para pensar, que me dictamine lo que va a pasar, o sea, quiero un humor activo, no un humor como ingrediente, ¿entendés? Yo me derivo hacia ahí, pero eso también hace que se derive lo que estoy haciendo. Entonces es una negociación constante, como un golpe bajo. O sea, ¿lo pongo? ¿Esto le baja el nivel?

Entonces el humor puede guiar tu narrativa.

Yo confío en el humor, sobre todo porque es lo que me sale, el absurdo es mi forma de pensar. El humor tiene varios matices igual. Pero sí, confío… o estoy resignado. Si yo quiero ser solamente serio, escribo un ensayo. Ahora voy a hacer un libro sobre arqueros de fútbol. Es bastante serio el libro, porque yo fui arquero. Ahí no hay tanto humor, aunque incluso en esos lugares me derivo hacia un pensamiento absurdo. Hay una estructura del humor que sirve para el pensamiento serio. Aplicado en un contexto te da humor y en otro son pensamientos tangenciales que pueden ser sorpresivos.  La estructura, en el fondo, es medio la misma. Eso trato de aprovechar.

Vamos a un ping-pong cortito. ¿Qué libro te dio más alegrías de lo que escribiste?

¿Alegrías en qué sentido?

Premios, placer al escribirlo, felicidad de haberlo publicado.

Hay libros que ni siquiera se publicaron, no sé… Hay uno, por ejemplo, que era una ideíta que se publicó en una editorial, que abrió, publicó mi libro y cerró. Eso me parece espectacular.

¿Cuál libro le tenías fe y no pegó? 

Uy, todos, la mayoría. La mayoría. Hay uno de monjas asesinas que es como un policial, que no pasó nada, vamos a ver si logro publicarlo, no sé. 

¿Cuál de tus libros adaptarías al cine? 

Si me pagan, todos. Vender te vendo cualquiera, ya me pidieron varias veces, pero encárgate vos, leelo y fíjate si funciona, a mí no me hagas laburar. El de Eichmann, hay un montón de películas de él, pero ninguna desde su punto de vista. El de un chino en bicicleta, con el barrio chino…

Ese te iba a decir, para mí. 

Estuvieron a punto de comprarlo más de una vez, firmé pre-contrato, qué sé yo, pero ustedes, la gente del cine, me rompen las pelotas porque al final nunca hacen nada… 

¿Cuántos libros se pueden escribir al mismo tiempo? 

Yo soy más bien de escribir uno, terminar y empezar el otro, no de superponer. Sí he escrito al mismo tiempo, mañana y tarde, dos. Soy medio prolijito y ordenadito.

Bueno, cumpliste veinte años publicando y el premio de 25 mil euros por Mentir la verdad parece un regalo acorde a tu trayectoria. ¿Qué balance hacés de tu recorrido?

Gané dos premios ni bien empezando (por Un chino en bicicleta y Muñecas), y eso te genera como un trauma invertido. Pensás que te va a ir bien siempre y desde entonces pasaron 18 años de que no gané nada, hasta ahora que volví a embocar alguno. Pero como las ganas de escribir siguen estando en la escritura misma… obvio que eso te da vaivenes emocionales, sentís que no servís para nada, bla bla bla, pero cuando te sentás y te gusta lo que escribís, listo, ya está. Así como te baja los humos si te está yendo bien con un libro, te los sube si te está yendo mal. Así que el balance está en la escritura.

  • Fernando Milsztajn es periodista, escritor, guionista y director. Hace una década realiza series de comedia; entre ellas las premiadas Un año sin nosotros, Gorda y El sueño del pibe. También colaboró en División Palermo (Netflix). En 2023 publicó Persiguiendo a Yosef, su primera novela.

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